Una madre para mi hijo

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Capítulo 4 Intento de huida

Lilibeth

Despierto en una habitación que no reconozco, me duele mucho la cabeza y el rayo de luz que entra por la enorme ventana me lastima demasiado y no logro enfocar bien. Dirijo mi vista de un lado a otro y no puedo recordar cómo llegué hasta aquí, solo recuerdo que salí corriendo, dejando atrás a todos esos hombres cuando alguien cubrió mi rostro con un paño húmedo y de ahí ya no recuerdo más.

Me levanto rápido y me dirijo a la puerta, la cual está abierta. Salgo, pero no encuentro a nadie. Esto me provoca miedo, ¿quién puede secuestrar a alguien para luego dejarlo deambular por ahí?

Bajo las escaleras y veo frente a mí una puerta enorme de madera, salgo corriendo y me paro en seco cuando veo en el jardín como veinte hombres todos armados, pero como no me detienen trato de correr hacia la salida principal cuando escucho que gritan mi nombre en un acento raro, me giro rápidamente y veo al mismo hombre de ayer.

—Lili…beth.

—Lo siento, pero debo irme; mis padres deben de estar muy preocupados —miento esperando que no se dé cuenta de cómo me falla la voz—. Espero que el bebé esté bien. —No espero a que diga algo más y sigo mi camino corriendo. Cuando consigo llegar a la reja, suelto un suspiro de alivio. Lo bueno es que nadie me persigue, por lo que decido girar a la derecha y corro aún más rápido.

No he corrido ni cuatro metros cuando frente a mi sale este hombre rodeado de todos sus hombres apuntándome con sus armas. Volteo y veo que me han cerrado el otro lado, igual con una cantidad infinita de hombres que me sería imposible escapar de ellos, sin darme cuenta lo tengo frente a mí y me carga sobre su hombro como si fuese un costal de papas y mis cincuenta y cinco kilos no fuesen nada para él.

—¡Bájame maldito infeliz! ¿Quién te crees que eres? —pataleo tan fuerte como puedo y golpeo su musculosa espalda con mis pequeños puños; volvemos a entrar a su propiedad y escucho cómo cierran esa reja que me separa de mi libertad.

»¡Eres un canalla! ¿Cómo te atreves a secuestrarme?, ¡Te exijo que me bajes! —grito y le doy un golpe a la altura de sus riñones; siento cómo se le escapa el aire y enseguida siento cómo me da un fuerte golpe en el trasero, haciendo que me arda de dolor.

—Dice mi jefe que deje de golpearlo o cada golpe que usted le dé, él se lo regresará como hace un momento —responde uno de sus hombres y creo suponer que se trata del mismo que hacía de intérprete el día anterior.

—A mí nadie me amenaza. —Y vuelvo a arremeter con mis golpes a lo que él, enseguida, me da otros dos golpes en mi trasero haciendo que se me salga una pequeña lágrima de dolor, pero sobre todo de coraje. Cuando dejo de golpearlo, entramos a la habitación que abandoné hace un momento y me avienta sobre la cama. Rápidamente me alejo de él y me pego a la pared mientras que él me ignora y sale de la habitación, no sin antes lanzarme una mirada gélida y cerrar la puerta con llave.

Me acerco y trato de abrir la puerta sin éxito. Comienzo por gritar, pero nadie me abre. Las lágrimas amenazan con volver a salir y duro tanto tiempo llorando que no me doy cuenta y caigo rendida por el cansancio.

Cuando despierto estoy sobre la cama y ya es bastante tarde, pero lo que en verdad me despertó fueron unas manitas tocando mi cara y cuando veo al dueño de ese cuerpecito, me doy cuenta de que es el bebé de ayer. Él me sonríe y eso hace que mi corazón se alegre un poco al verlo mejor que ayer, mientras lo abrazo le doy unos besos en su carita lo cual lo hace reír aún más fuerte y pegarse más a mí.

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