Estudia y entrena.
Envidia
Me tomé el tiempo de serpentear por las calles de Luna Roja antes de irme. Fueron solo unos minutos extra, pero de verdad quería ver cómo era la manada. Aleisha fue, sinceramente, muy amable. Está un poco fuera de forma, pero tiene buen potencial, y ahora mismo estoy vibrando de energía porque creo que acabo de hacer mi primera amiga de mi misma edad. Habíamos hecho planes para el fin de semana para pasar el rato bien, y estoy casi segura de que voy a divertirme muchísimo con este nuevo trabajo de entrenarla.
Entro como una bala en las tierras de mi propia manada. La manada Tolaris ha sido todo lo que he necesitado, hasta hoy, hasta que me di cuenta de que había más en la vida que solo trabajar duro y alcanzar metas. Estaciono mi nueva moto en el garaje, junto a la de Félix, y me cuelo por la puerta lateral. No tengo tiempo de cambiarme antes del ajetreo de la cena, gracias a mi pequeño desvío, pero no pasa nada.
—Hola, chica, gracias a Dios que estás aquí. ¿Puedes empezar con esas verduras? —me saluda Jenny.
—Sí, claro. —Me quito la chaqueta de cuero y los guantes, dejo puestos los pantalones de montar y las botas, y me pongo a trabajar, manteniéndome ocupada. La cena fue, como siempre, un éxito. Lo sé porque no queda nada en los recipientes térmicos. Me maldigo en silencio por no haberme apartado una porción para mí antes de sacar la comida. Miro la hora: ya es demasiado tarde para preparar otra cosa, así que agarro unas barras de granola y subo. Probablemente pueda estudiar como una hora y media antes de tener que dormir. Doblo por el pasillo con media barra de granola metida en la boca cuando me quedo clavada. Justo frente a mi puerta están el Idiota Uno y el Idiota Dos.
—¿Lista para estudiar? —Theo me sonríe con suficiencia.
—Creí que dije que no iba a ayudarlos a ustedes dos.
—Y yo creí que dije que nos veríamos aquí tarde —Zion da un paso al frente con un plato de comida—. Supuse que no habrías tenido oportunidad de comer algo.
—Eso es… ¿amable? —Inclino la cabeza, confundida.
—No lo malinterpretes, guerrera enana. No quiero que te desmayes mientras estás con nosotros.
Pongo los ojos en blanco y saco mis llaves de los pantalones de cuero. Meto la llave en la cerradura y empujo para abrir antes de entrar. Los dos gigantes me siguen, no como si los hubiera invitado, pero aquí están, parados en mi habitación, que ahora se ve más pequeña. Zion deja el plato de comida sobre mi escritorio y se toma un momento para mirar alrededor.
—¿Dónde están todas tus cosas?
Señalo una de las puertas.
—En el clóset.
Para mi sorpresa, el desgraciado va y abre ese clóset. La verdad, me da igual; no tengo nada que esconder.
—Aquí literalmente no hay nada más que equipo de entrenamiento y dos pares de zapatos.
—Y dos sudaderas —señalo yo.
—¿En serio? —Theo asoma la cabeza por encima del hombro de Zion—. ¿Dónde están todas tus cosas?
Me dejo caer en el escritorio y desenvuelvo la comida. No tiene sentido hacerme la orgullosa. Necesito comer para entrenar bien y mantener la resistencia.
—Es todo lo que necesito. Ahora, ¿querían estudiar o no? Me queda poco más de una hora antes de que tenga que caer rendida.
Ambos se acomodan en mi cama tamaño queen como si fuera suya. Tengo que contener la risa de lo ridículos que se ven encima. Pasó de ser de tamaño normal a verse diminuta. Después de unos veinte minutos se vuelve bastante evidente que estos dos sí necesitan ayuda. No sé por qué el Alfa Marcus decidió que era buena idea meterlos en clases avanzadas. El tiempo que han desperdiciado en la escuela de verdad les está pasando factura, y, sinceramente, a este paso me pregunto si siquiera podrían aprobar las clases regulares.
Theo resopla y se deja caer boca arriba.
—¿Cómo carajos le haces para seguirle el ritmo a todo esto?
Me encojo de hombros.
—Es importante.
—Sí, pero haces turnos de patrulla, turnos de cena, clases avanzadas, construyes motos con mi papá y ahora además vas y vienes de Luna de Sangre.
Zion levanta la vista de su libro, curioso.
—¿Qué haces en Luna Roja?
—Pensé que eras el futuro Alfa. ¿No se supone que ya lo sabes todo?
—Escuché a papá decir que le pidieron que entrenara a la futura Beta allá.
Zion arquea una ceja hacia mí.
—¿De verdad eres así de buena?
Pongo los ojos en blanco.
—Lo sabrías si decidieras mirar en lugar de estar poniéndome el pie y interrumpiendo mi entrenamiento cada vez que puedes.
Murmura algo por lo bajo que no alcanzo a oír, pero, por lo visto, el oído de lobo de Theo sí lo capta, porque se le disparan las cejas y casi se le salen de la cara.
—No estamos aquí para hablar de mí. Vuelvan a los libros o lárguense. No tengo tiempo para perder el tiempo.
A la mañana siguiente, casi me tropiezo al salir por la puerta. Para mi sorpresa, hay una cajita roja en el suelo, justo afuera. Me pregunto si será un error, pero la entro de todos modos, deshago el moño y le quito la tapa. Es una figura de una moto; no cualquier moto: mi moto. Es bonita, pero no sé qué hacer con ella, así que la pongo sobre el escritorio y le dedico una pequeña sonrisa antes de salir a entrenar. Me llevo a escondidas unas cuantas barras de granola más y lleno mi botella de agua, metiéndolo todo en mi mochila antes de correr al campo de entrenamiento, detrás. Otra sorpresa, aunque no estoy segura de que sea buena. Theo y Zion están en medio del campo apenas iluminado. Se quedan solo con la camiseta, y yo casi me doy la vuelta para irme; de verdad no necesito pasar más tiempo sufriendo cerca de ellos, pero Zion debió olfatearme, porque alza la nariz hacia el aire antes de girarse.
—Guerrera pequeña. Venimos a ver esas habilidades tuyas.
—Ya están empezando a invadir mi tiempo personal —murmuro, dejando la mochila en el suelo y empezando a estirar.
Él se encoge de hombros y empieza a imitar mis movimientos, igual que Theo, que apenas parece medio despierto.
