Vidas Paralelas

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Capítulo 6 6

El rugido del motor al encenderse todavía me parecía un milagro. Salí del camino de piedra con cuidado, esquivando los charcos que la lluvia había dejado durante la noche. 

Por primera vez desde que había llegado, bajé un poco la ventanilla. Intenté concentrarme en el paisaje, pero resultó inútil. No dejaba de pensar en mi vecino y en su insoportable sonrisa triunfal cuando me obligó a rogar por ayuda. Resoplé con indignación. Era un arrogante y, para colmo, el único mecánico en kilómetros a la redonda.

Estacioné frente al correo, apagué el motor y entré buscando refugio del viento helado. El lugar era diminuto, apenas constaba de dos ventanillas, un par de estanterías y un mostrador de madera desgastado. Detrás, una chica de mi edad acomodaba paquetes mientras tarareaba una canción alegre. Llevaba el cabello negro en una coleta alta y vestía un enorme suéter color mostaza. Al verme, levantó la cabeza y me dedicó una sonrisa como si me conociera de toda la vida.

—¡Tú debes ser la nueva vecina! —exclamó con entusiasmo.

Parpadeé, sorprendida por su efusividad.

—¿Tan rápido corren los chismes en este lugar? —inquirí con una sonrisa.

—Esto es Valle Escondido, querida —rio ella, acomodándose un mechón tras la oreja—. Si estornudas en un extremo del pueblo, en el otro ya dicen que tienes neumonía. Por cierto, soy Cielo.

Se inclinó sobre el mostrador para estrecharme la mano.

—Vera —respondí, adoptando mi alias—. Mucho gusto, Cielo.

—El gusto es mío. Hago un poco de todo cuando hace falta —explicó, consultando una planilla—. ¿Viniste por unas cajas pesadas?

Asentí.

—Sí, las estaba esperando con ansias.

—Perfecto. Llegaron en el primer camión de esta mañana —anunció, desapareciendo tras la puerta.

Regresó empujando un carro con tres cajas de cartón grandes. Leí las etiquetas para asegurarme de que todo estuviera en orden: papel libre de ácido, prensas de madera, pegamentos e hilos encerados. Dejé escapar un suspiro de alivio; al menos una parte de mi nueva vida empezaba a acomodarse.

—¿Te dedicas a esto hace mucho? —preguntó Cielo mientras me ayudaba a cargar el primer paquete.

—Algunos años —respondí con tono vago—. Es un trabajo minucioso.

—Debe requerir una paciencia de oro.

—Bastante más de la que imaginaba —admití, acomodando la caja en el asiento trasero.

Ella sonrió con picardía.

—Entonces elegiste el pueblo correcto. Aquí la paciencia es una obligación de supervivencia.

Solté una risa suave y honesta. Por primera vez desde mi escape, una conversación no me hacía sentir juzgada.

Mientras acomodábamos la última caja, Cielo apoyó los codos sobre el borde del vehículo.

—¿Y de dónde vienes, Vera? —indagó con naturalidad.

Mi cuerpo reaccionó a la defensiva. Sentí que los hombros se me tensaban de golpe.

—De la ciudad —solté de manera cortante.

—¿De la capital?

Asentí, forzando un gesto relajado.

—Sí, de allá. Es un cambio enorme.

—Me imagino. ¿Y a qué te dedicabas allá?

Mi respuesta tardó apenas una milésima de segundo más de lo normal en salir. Fue un titubeo casi imperceptible, pero suficiente para que yo misma lo notara con pánico.

—Diseño gráfico —mentí con facilidad, usando la historia que había ensayado mil veces.

Cielo simplemente asintió, satisfecha.

—Qué lindo. Aquí vas a tener toda la tranquilidad para concentrarte en tus proyectos. Vas a estar en paz.

Si supieras..., pensé para mis adentros mientras me despedía con la mano.

Antes de irme, decidí entrar al almacén de Marta para comprar algunas cosas básicas. Mientras esperaba frente a la caja, me distraje con el sonido de una televisión que transmitía el noticiero. No le presté atención a las imágenes hasta que una palabra específica golpeó mis oídos como un rayo:

«...prófuga...»

Sentí que el corazón se me detenía en seco. Levanté la vista, sintiendo cómo la sangre se me retiraba del rostro y mis manos se enfriaban de inmediato. Durante un segundo eterno, el ruido del almacén desapareció. En la pantalla aparecía la fotografía borrosa de una mujer junto a un patrullero.

Mi respiración se volvió errática mientras la periodista relataba los hechos de “la sospechosa”. Estaba paralizada, incapaz de apartar la mirada. De pronto, la cámara enfocó un plano más nítido y la pantalla mostró el nombre completo de la acusada en letras rojas gigantes. No era mi nombre. Ni siquiera conocía a esa mujer.

El aire volvió a entrar de golpe a mis pulmones.

—¿Te encuentras bien, querida? —preguntó Marta desde el mostrador, mirándome con preocupación.

Parpadeé varias veces para obligarme a regresar a la realidad.

—Sí... lo siento. Solo me mareé un poco.

—Debe ser este clima de montaña —concluyó la mujer, restándole importancia mientras embolsaba mis compras—. A veces la presión baja rápido con la altura.

Asentí en silencio, guardando las cosas a toda prisa. No era el clima. Nunca era el clima. Era la certeza de que mi pasado seguía pisándome los talones y de que, tarde o temprano, la pantalla de ese televisor mostraría mi verdadero rostro.

Al regresar a la cabaña, descargué las cajas una por una y las arrastré hasta la sala de estar. Abrir la primera con el cúter me devolvió la paz; el aroma característico a papel nuevo invadió el ambiente, actuando como un bálsamo para mis nervios. Durante las siguientes horas, trabajé sin mirar el reloj. Medí cartones, preparé tapas de lino, corté los pliegos y ordené los hilos sobre la mesa. El movimiento repetitivo de mis manos consiguió calmar el caos de mi cabeza. Por un rato largo, el mundo exterior desapareció y solo existieron los libros artesanos que nacían bajo mis dedos.

Cuando finalmente levanté la vista, el bosque ya se había sumido en una profunda penumbra. El invierno en la montaña parecía devorarse las tardes de un solo bocado. Estiré mis hombros adoloridos con un gemido y encendí la luz de la cocina para prepararme otra taza de café. Entonces, el sonido sordo de un motor rompió el silencio. Fruncí el ceño, intrigada. Me acerqué despacio a la ventana y aparté ligeramente la cortina para observar el exterior. Una camioneta blanca de vidrios polarizados acababa de detenerse justo frente al sendero de entrada de mi cabaña.

Del vehículo descendieron dos hombres vestidos con abrigos oscuros. Uno de ellos llevaba una carpeta rígida bajo el brazo. Entrecerré los ojos, intentando distinguir con desesperación algún logotipo, pero la distancia y la debilidad de la luz nocturna me lo impedían.

De pie bajo la llovizna, uno de los hombres levantó la mano y señaló directamente hacia mi puerta de madera. El otro asintió con un gesto serio y comenzó a caminar con paso firme por el sendero hacia mi porche.

Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.

Me habían encontrado.

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