Capítulo 5 5
Desperté temprano con el repiqueteo de la lluvia contra los vidrios. El frío de la montaña se colaba por las rendijas de la madera, obligándome a acurrucarme un poco más bajo las mantas antes de reunir el valor para levantarme. Al asomarme por la ventana, el panorama no era alentador: el cielo seguía gris y mi sedán permanecía inmóvil bajo la llovizna. Solté un suspiro y caminé hacia la cocina para preparar café.
Mientras esperaba que la cafetera terminara de gotear, volví a mirar el auto. Suspiré otra vez. Mi orgullo era enorme, pero la realidad era otra. Si quería empezar mi negocio de encuadernación artesanal, necesitaba pasar por el correo del pueblo para retirar las herramientas y materiales que debían llegar ese día. Sin coche, estaba varada en medio de la nada. Mi resistencia duró hasta el último sorbo de mi infusión.
Me puse el impermeable amarillo, las botas de lluvia y salí de la cabaña antes de que mi cerebro tuviera tiempo de arrepentirse. Crucé el sendero embarrado que separaba nuestras propiedades y subí los escalones del porche de Bruno. Me quedé frente a su puerta, con el puño en alto durante unos segundos.
—No pienso golpear —me susurré a mí misma, sintiendo que cada fibra de mi cuerpo se resistía a ceder.
Pero el sentido común terminó ganando. Golpeé tres veces y esperé en silencio. Nadie respondió. Volví a intentarlo con un poco más de fuerza, pero el silencio seguía siendo absoluto. Fruncí el ceño. Justo cuando estaba por dar media vuelta para regresar a mi cabaña, una voz grave me hizo dar un pequeño salto.
—¿Buscas a alguien? —preguntó Bruno a mis espaldas.
Me giré de inmediato y lo encontré al pie de los escalones, como si hubiera aparecido de la nada entre la bruma. Vestía un impermeable oscuro y llevaba un pesado cajón de herramientas en una mano. Sus ojos claros brillaron con diversión al verme parada frente a su puerta.
—¿Se te perdió algo, vecina? —preguntó con su tono perezoso, dejando el cajón en el suelo.
—No —respondí a la defensiva, cruzándome de brazos.
—Entonces... —arrastró la palabra con una lentitud exasperante, arqueando una ceja y esperando que yo continuara.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. El tipo estaba disfrutando cada maldito segundo de mi derrota silenciosa.
—Mi auto —solté finalmente, desviando la mirada.
Bruno no dijo nada. Simplemente se quedó quieto, con una postura relajada y las manos metidas en los bolsillos de su impermeable, observándome con una paciencia infinita. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo: quería escuchar la frase completa de mi boca.
—¿Podrías... ayudarme? —balbuceé, tragándome el resto de mi orgullo.
Una sonrisa lenta y triunfal se dibujó en su rostro, haciendo aparecer ese maldito hoyuelo en su mejilla.
—Claro que puedo, Vera —admitió con suavidad, dando un paso hacia mí—. Pero me gusta más cuando dices "por favor".
Lo asesiné con la mirada, pero las opciones eran pedirle el favor o caminar ocho kilómetros bajo el agua helada.
—Por favor —mascullé entre dientes.
—Mucho mejor —concluyó él con un tono falsamente complacido, levantando el cajón de herramientas con una facilidad pasmosa.
Caminamos hacia mi sedán en un silencio tenso. En cuanto Bruno levantó el capó del auto y comenzó a trabajar, su actitud juguetona y burlona desapareció por completo. Se remangó la chaqueta y se concentró en la tarea sin hacer chistes ni comentarios hirientes. Lo observé de reojo mientras conectaba los cables auxiliares a las terminales de la batería con movimientos fluidos y precisos. Sus manos eran grandes, con la piel curtida por el clima y salpicadas de pequeñas cicatrices que denotaban años de trabajo físico real. Había una seriedad casi magnética en su concentración que rompió por un segundo la imagen del vecino insoportable que yo me había construido en la cabeza.
—¿A qué te dedicas exactamente? —preguntó de pronto, sin levantar la vista de los cables y rompiendo el silencio del bosque.
Tenía la mentira perfectamente ensayada en mi mente desde hacía semanas.
—Encuaderno libros de forma artesanal —respondí con voz firme, intentando sonar lo más convincente posible—. Trabajo desde casa.
Él asintió despacio, ajustando una de las pinzas metálicas.
—Eso explica el peso de las cajas que bajaste ayer de la parte trasera —comentó con total naturalidad.
Me tensé al instante, abriendo los ojos con sorpresa.
—¿Me estabas mirando? —inquirí con desconfianza.
Bruno soltó una risa baja y ronca mientras se enderezaba, limpiándose las manos con un trapo viejo.
—Vives a de veinte metros de mi ventana, vecina. Sería bastante más raro hacer de cuenta que no existes. Anda, sube y dale arranque al motor.
Me deslicé en el asiento del conductor y giré la llave. El motor rugió al instante y el tablero volvió a iluminarse. Solté un suspiro de alivio y bajé del coche con una sonrisa que no pude ocultar.
Bruno estiró una mano hacia mí con expresión completamente seria.
—Son cincuenta dólares.
Mi sonrisa desapareció de golpe.
—¿Qué? —balbuceé—. ¿Cincuenta dólares por pasar corriente? ¡Eso es un robo!
Me sostuvo la mirada durante unos segundos. De pronto, soltó una carcajada que resonó en el bosque.
—Era una broma, Vera. Tendrías que haber visto tu cara —se burló, divirtiéndose enormemente con mi reacción mientras guardaba los cables en su caja metálica.
Casi le tiré la llave inglesa que descansaba sobre el guardabarros, pero me contuve a tiempo. Le di la espalda y regresé a mi cabaña sin dignarme a mirarlo.
Una vez dentro, me quité el impermeable, preparé otra taza de té y me dejé caer en el sofá junto al fuego. Saqué el teléfono del bolsillo y, al encender la pantalla, encontré una notificación.
Cazador: ¿Al final sobreviviste al frío de la montaña sin matar a tu vecino?
Una sonrisa involuntaria y cálida se dibujó en mis labios de manera automática. Mis dedos volaron sobre el teclado táctil con rapidez.
Luna: Lamentablemente sí. Resulta que además de ser insoportable... sabe arreglar autos.
La respuesta de Cazador tardó apenas un minuto en llegar, trayendo consigo esa extraña sensación de cercanía que me devolvía la calma.
Cazador: Cuidado. Los mecánicos de montaña suelen cobrar tarifas bastante caras.
Dejé escapar una risa suave, acomodándome mejor contra los almohadones.
Luna: No tienes idea. Casi me cobra cincuenta dólares por pasar corriente. Un estafador total.
Cazador: Me cae bien. Suena a que sabe hacer negocios.
Puse los ojos en blanco, aunque la sonrisa no se me borraba de la cara. Bloqueé la pantalla del teléfono y lo apoyé sobre la mesita de café.
Era extraño. Había pasado toda la mañana discutiendo con el vecino más insoportable del planeta... y el único al que tenía ganas de contárselo era a un desconocido al otro lado de la pantalla.
