Capítulo 4 4
El sonido volvió a repetirse. Una oleada de pánico me dejó inmóvil en medio de la sala.
Apreté el teléfono contra mi pecho con tanta fuerza que los nudillos me quedaron blancos. Mi corazón latía con un pulso desbocado que retumbaba en mis oídos de manera ensordecedora. Nadie debía saber que estaba allí. Nadie conocía mi alias ni el paradero exacto de aquella cabaña perdida entre las montañas.
Respiré hondo para obligarme a reaccionar. Dejé el celular sobre la mesa y avancé despacio hacia el recibidor. Apagué la única lámpara encendida, sumiendo la estancia en una penumbra protectora, y aparté la cortina apenas un milímetro para observar a través del vidrio empañado.
Una silueta alta esperaba bajo el techo, protegiéndose de la llovizna. Reconocí enseguida el cabello, la camisa verde oliva y esa forma despreocupada de quedarse quieto, como si el frío no existiera.
Era Bruno.
El aire volvió de golpe a mis pulmones. El alivio apenas duró un segundo antes de transformarse en irritación. Destrabé la cerradura con brusquedad y abrí la puerta apenas unos centímetros, sin dejarlo ver el interior.
—¿Se puede saber qué quieres a esta hora? —inquirí en un susurro hostil, intentando sonar lo más firme posible.
Él arqueó una ceja, paseando su mirada clara por mi rostro desvelado con una chispa de diversión.
—Vaya. Buenas noches para ti también, vecina amargada —saludó con su habitual tono perezoso—. Pensé que esto te interesaría.
—Estoy ocupada —repliqué de forma cortante.
Intenté cerrarle la puerta en la cara, pero él apoyó una mano sobre el marco de madera sin hacer apenas fuerza, deteniendo el movimiento.
—Solo me va a tomar diez segundos —aseguró con tranquilidad, sosteniendo mi mirada.
Resoplé, cruzándome de brazos.
—Te quedan ocho.
—Dejaste las luces del auto encendidas —soltó él sin rodeos, señalándolo con un ademán de la cabeza.
Parpadeé, completamente descolocada.
—¿Qué? —balbuceé.
—Las luces, Vera —repitió con una paciencia casi ofensiva—. Si siguen así toda la noche, mañana no vas a arrancarlo ni empujándolo cuesta abajo.
Sentí un vacío en el estómago.
Recordé perfectamente haber bajado del auto todavía alterada por la discusión en el almacén. Ni siquiera miré el tablero. Maldiciendo por lo bajo, lo esquivé y bajé casi corriendo los escalones del porche. La llovizna empezó a mojarme el cabello al instante, pero apenas le presté atención.
Bruno caminó detrás de mí sin decir una palabra.
El sedán seguía donde lo había dejado. Las luces traseras todavía permanecían encendidas, aunque con un brillo mucho más débil. Abrí la puerta del conductor con torpeza y giré la llave en el contacto. El tablero parpadeó, emitió un pitido lastimoso y se apagó por completo. Lo intenté otra vez, rogándole mentalmente al motor que reaccionara, pero solo obtuve un silencio absoluto. A la tercera, el motor respondió con un gemido metálico antes de rendirse definitivamente. Cerré los ojos un instante, dejando caer la frente contra el volante.
—No... —susurré con frustración.
Salí del vehículo despacio, intentando convencerme de que aquello todavía tenía solución. Bruno seguía apoyado junto a la puerta abierta, observando mis movimientos inútiles con los brazos cruzados.
—¿Sigues sin necesitar ayuda? —preguntó en un tono ligeramente burlón.
Le sostuve la mirada con toda la dignidad que me quedaba.
—El auto solo necesita... unos minutos para reaccionar.
—Claro. —Asintió él con ironía.
Esperé unos segundos bajo el agua, como si realmente pudiera ocurrir un milagro de la física, y volví a girar la llave. El resultado fue exactamente el mismo. Bruno carraspeó para llamar mi atención.
—¿Eso era una técnica mecánica o una plegaria?
—Las dos cosas —mascullé, fulminándolo con la mirada.
Él dejó escapar una risa baja y ronca que vibró en el aire húmedo.
—No funcionó ninguna.
Resoplé con fastidio y cerré la puerta del auto con un golpe seco que resonó en el bosque.
—No necesito comentarios, gracias.
—No —corrigió él con una calma exasperante—. Necesitas una batería.
Lo miré con rabia contenida a través de la penumbra.
—¿Siempre eres tan insoportable?
—Solo con las personas que me reciben en su porche como si fueran a dispararme —replicó con una sonrisa de medio lado.
Desvié la vista, sintiendo que las mejillas me ardían por el frío y la vergüenza.
—No acostumbro recibir visitas a medianoche.
—Lo imaginé —admitió él.
El silencio que siguió no resultó incómodo; solo estaba lleno del sonido constante de la lluvia golpeando las hojas de los árboles y del agua deslizándose por la carrocería del auto. Bruno metió las manos en los bolsillos y suavizó un poco su postura.
—No era mi intención asustarte.
—No me asusté —mentí de inmediato.
Él no respondió, limitándose a levantar una ceja con incredulidad. Después, bajó lentamente la vista hacia mis manos.
Fruncí el ceño y seguí la dirección de su mirada. Mis dedos seguían temblando por la adrenalina del susto inicial. Los escondí dentro de las mangas de mi suéter antes de que pudiera notarlo más, aunque ya era demasiado tarde.
—Fue el ruido —murmuré con brusquedad, sintiéndome ridícula por tener que justificarme—. Pensé que...
Me callé antes de decir demasiado y delatar mi paranoia. Él no insistió, y por alguna extraña razón, agradecí que no lo hiciera.
—Vi las luces desde mi ventana —explicó con tranquilidad, señalando con la cabeza hacia su cabaña—. Pensé que preferirías enterarte ahora y no mañana.
Bajé la vista hacia el capó mojado del auto.
—Tengo cables para pasar corriente —ofreció él después de unos segundos de silencio—. Podemos hacerlo mañana temprano.
Negué con la cabeza por puro reflejo, permitiendo que mi orgullo tomara el control de la situación.
—No hace falta, de verdad.
—Tu auto opina distinto.
—Llamaré a una grúa —sentencié.
Bruno soltó una risa breve y descreída.
—Buena suerte con eso.
—¿Por qué todo el mundo en este pueblo habla como si estuviera ocultándome información? —reclamé, molesta.
—Porque la grúa más cercana está en la base de la ruta, a casi dos horas de acá. Y si sigue lloviendo así, probablemente los muchachos ni siquiera quieran subir cuando el camino se convierta en un río de lodo.
Sentí que el estómago se me hundía un poco más al procesar la realidad de mi aislamiento.
—¿Y el mecánico? —pregunté, buscando desesperadamente otra opción viable.
Él levantó un hombro con total naturalidad.
—Soy yo.
Lo miré de arriba abajo, incrédula ante su aspecto rústico.
—¿Tú eres mecánico?
—Entre otras cosas —respondió con un brillo misterioso en los ojos que no supe descifrar.
La respuesta solo consiguió irritarme más.
—Qué conveniente.
—Bastante —coincidió él.
Volvió a guardarse las manos en los bolsillos del pantalón, dando un paso hacia atrás.
—Mañana, cuando se te pase el orgullo, golpea mi puerta.
No esperó mi respuesta. Simplemente dio media vuelta y comenzó a caminar hacia su cabaña con la misma tranquilidad con la que había aparecido.
Lo observé desaparecer entre la oscuridad, escuchando cómo la lluvia amortiguaba el sonido de sus pasos. Cuando la puerta de su casa se cerró, volví la vista hacia mi auto. Solté un largo suspiro de frustración.
—Odio este pueblo —mascullé para mí misma.
Miré el sedán apagado y luego, de reojo, la cabaña de Bruno.
—Y a mi vecino todavía más.
