Capítulo 3 3
Cerrar la puerta en la cara de mi vecino no había sido mi momento más maduro, pero era necesario para proteger mi salud mental. Después de pasar el resto de la mañana acomodando mis materiales de encuadernación y tratando de ignorar los golpes lejanos del hacha, decidí que era hora de enfrentar el mundo exterior. Mi despensa estaba vacía y, si planeaba sobrevivir en este pueblo, al menos necesitaba tener algo para cenar que no fuera café.
Caminé hacia el centro del pueblo. El almacén principal del pueblo resultó ser una mezcla entre fiambrería, ferretería y tienda de recuerdos. El sonido de una campanilla sobre la puerta anunció mi llegada y una señora de unos sesenta años, de mejillas rosadas y cabello canoso me observó con una curiosidad que no intentó disimular.
—Buenas tardes, jovencita —saludó con una voz cantarina y amable, apoyando los codos sobre la madera del mostrador—. No recuerdo haber visto tu cara por estos lados, y créeme que conozco a cada habitante de este lugar.
—Buenas tardes. Acabo de mudarme a la cabaña del final del camino, la que pertenecía a la familia Miller —respondí con una sonrisa educada, tratando de sonar lo más común y corriente posible mientras tomaba una canasta para hacer mis compras.
La mujer abrió los ojos con sorpresa y se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz.
—Así que tú eres la nueva inquilina. Soy Marta, la dueña de este rincón —se presentó, extendiendo una mano que estreché con rapidez—. Déjame decirte que ese lugar es hermoso, aunque un poco apartado. Y bueno... supongo que ya te habrás cruzado con tu único vecino.
—Si se refiere al hombre que destruye troncos con un hacha desde temprano para espantar la paz del bosque, sí, ya tuvimos el dudoso placer de conocernos —comenté con una mueca de fastidio, mientras seleccionaba unos paquetes de fideos y algunas verduras.
Marta soltó una risa cómplice y se inclinó un poco hacia adelante, bajando el volumen de su voz como si estuviera a punto de revelar un secreto de estado.
—Ay, querida, tenle un poco de paciencia. Bruno es... especial. En el pueblo algunos le dicen "el demonio" porque prefiere la compañía de los árboles a la de la gente, y tiene un carácter que puede congelar el agua en pleno verano. Apareció por acá hace un año, compró esa cabaña ruinosa y se aisló por completo. Nadie sabe realmente de dónde vino ni qué hace para ganarse la vida, pero te aseguro que es mejor no hacerlo enojar.
—No planeo tener nada que ver con él, Marta. Solo busco un poco de tranquilidad para trabajar en mis artesanías —aclaré, colocando mis cosas sobre el mostrador para pagar—. De hecho, me pareció un tipo bastante presumido.
—Atractivo sí que lo es, no podemos negarlo —añadió la mujer guiñándome un ojo con picardía—. Pero esos ojos claros esconden demasiados secretos. Si yo fuera tú, mantendría una distancia prudencial. No querrás meterte en la boca del lobo.
Justo cuando estaba por responder que la distancia era mi especialidad, la campanilla de la entrada volvió a sonar. Una ráfaga de viento fresco entró al local, acompañada por el aroma inconfundible de la madera de pino y la colonia masculina.
—Hablando del rey de Roma... —susurró Marta, enderezándose de inmediato con una gran sonrisa profesional en el rostro.
Me giré lentamente y me encontré con la figura imponente de Bruno cruzando el umbral. Ya no llevaba el hacha, pero seguía vistiendo la misma camisa verde oliva desabrochada en el pecho y unos jeans que parecían conocer muy bien el trabajo duro. Al verme junto al mostrador, sus ojos se iluminaron con una chispa de diversión instantánea y la comisura de sus labios se elevó en esa sonrisa que tanto me había irritado por la mañana.
—Buenas tardes, Marta —saludó con su voz grave, ignorándome—. Vengo a buscar el pedido de clavos que te encargué la semana pasada.
—Hola, Bruno. Claro que sí, ya te lo traigo —respondió la mujer con rapidez, antes de desaparecer por una puerta interna y dejarnos en un silencio que se volvió tenso al instante.
Bruno dio un paso hacia el mostrador, acortando la distancia entre nosotros. Apoyó un brazo sobre la madera y me miró de reojo, analizándome con una mezcla de curiosidad y descaro.
—Vaya, la vecina amargada finalmente decidió salir de su cueva —comentó en un tono burlón, lo suficientemente bajo para que solo yo pudiera escucharlo.
—Tengo cosas importantes que hacer, a diferencia de otros que solo se dedican a hacer ruido con un hacha —repliqué sin mirarlo, concentrándome en acomodar mis compras en la bolsa—. Y, por cierto, mi nombre no es "vecina amargada".
—Ah, ¿no? Qué lástima, te queda bastante bien —bromeó, arqueando una ceja—. ¿Y cómo debería llamarte entonces? Si es que se puede saber, claro.
—Vera —mentí sin parpadear, utilizando el alias que había preparado para mi nueva vida—. Y preferiría que no me llamaras en absoluto.
—Vera... —repitió él, saboreando el nombre como si estuviera evaluando si me pertenecía o no—. Suena formal. Demasiado serio para alguien que huye a toda prisa de una conversación en el porche. ¿Te asusté, Vera?
—No me asustas, Bruno —respondí usando su nombre con desdén, recordando la advertencia de Marta—. Simplemente valoro mi tiempo. Y mi privacidad.
Él soltó una risa suave y ronca.
—Así que estuviste preguntando por mí. Me halaga que ya te sepas mi nombre —admitió con picardía, dando un paso más hacia mí, lo que me obligó a retroceder hasta chocar contra un estante.
—No festejes tanto. En este pueblo las noticias vuelan, y parece que tu reputación de ermitaño te precede —ataqué de vuelta, cruzándome de brazos para marcar mi territorio.
Antes de que pudiera responder, Marta regresó con una caja de metal llena de clavos, rompiendo la burbuja de tensión que se había formado entre nosotros. Pagué mis cosas a toda prisa, me colgué la bolsa al hombro y salí del almacén sin despedirme de mi vecino, sintiendo sus ojos fijos en mi espalda durante todo el trayecto hasta la puerta.
Por la noche, sentada junto a la chimenea con una taza de té caliente y la luz de una sola vela iluminando la habitación, tomé mi teléfono con la esperanza de encontrar ese refugio que tanto necesitaba para desconectar del desastre de mi día. Abrí la aplicación de mensajería y busqué el chat con Cazador.
Luna: Mi vecino es un idiota.
La mala señal del pueblo hizo que los tres puntitos aparecieran varios segundos después, pero finalmente el mensaje de Cazador apareció.
Cazador: ¿Tan malo?
Mis dedos volaron sobre el teclado, sintiendo una repentina oleada de indignación divertida.
Luna: Si tuviera que elegir entre hablar con él o con una piedra...
Cazador: Pobrecita la piedra.
Dejé escapar una risa suave, la primera risa honesta y ligera en muchos días. Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa boba dibujada en los labios, a punto de teclear una réplica, cuando un sonido seco y rotundo rompió la calma de la noche.
Tres golpes firmes resonaron en la puerta de madera de mi cabaña, haciéndome dar un respingo y congelando mi sonrisa al instante
