Vidas Paralelas

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Capítulo 1 1

Lo primero que hice al convertirme en una fugitiva fue perder mi nombre.

Lo segundo fue manejar durante casi diez horas con la absurda esperanza de que, si me alejaba lo suficiente, el pasado se cansaría de perseguirme.

No lo hizo.

La lluvia había empezado apenas crucé la mitad del camino y, desde entonces, no me dio un solo respiro. Las gotas golpeaban con tanta insistencia que los limpiaparabrisas parecían trabajar horas extras para mantenerme con vida. La ruta serpenteaba entre las montañas, iluminada únicamente por los faros del auto y algún que otro cartel oxidado que aparecía de la nada para recordarme que todavía iba en la dirección correcta.

Por quinta vez en menos de diez minutos, miré el espejo retrovisor. No había nadie.

Igual seguí mirando unos segundos más, como si de tanto insistir fuera a descubrir un auto escondido entre la lluvia. Solté el aire lentamente y obligué a mis dedos a aflojar el volante. Llevaba tanto tiempo conduciendo que empezaban a dolerme hasta músculos cuya existencia desconocía. La paranoia era agotadora.

La radio rompió el silencio con un chasquido de interferencia. Durante un instante pensé en apagarla antes de escuchar nada, aunque la necesidad de sentir otra voz, cualquiera que no fuera la mía, terminó ganando.

—...las autoridades continúan investigando el fraude financiero que conmocionó al país...

No esperé a oír el resto.

Presioné el botón de apagado con más fuerza de la necesaria y el silencio volvió a adueñarse del habitáculo.

Qué obsesión tenía el universo con recordarme que mi vida se había ido al demonio.

Apoyé la cabeza apenas un segundo contra el respaldo del asiento y seguí avanzando. Faltaban pocos kilómetros. Lo sabía porque llevaba revisando el GPS desde hacía media hora cada treinta segundos, como si eso pudiera hacer que el destino apareciera antes.

Cuando el cartel de "Bienvenidos a Valle Escondido" emergió entre la neblina, sentí algo parecido al alivio.

No era un pueblo que apareciera en las guías de turismo ni en las recomendaciones de internet. De hecho, cuando la inmobiliaria me envió las fotos de la cabaña, tuve que ampliar el mapa tres veces para encontrarlo.

Perfecto.

Cuanto menos interesante fuera el lugar, menos posibilidades había de que alguien decidiera buscarme allí.

Las calles estaban completamente vacías. Había una panadería con las luces apagadas, una farmacia diminuta y un café cuya pizarra todavía anunciaba el menú del día anterior. Dos perros dormían en medio de la calle con la tranquilidad de quien jamás había escuchado una bocina, y un gato cruzó delante del auto sin siquiera dignarse a mirarme.

Una sonrisa se escapó de mis labios.

Era ridículo, pero aquel pueblo parecía haberse quedado detenido en el tiempo. Y por primera vez en semanas, esa idea no me dio miedo.

Me dio paz.

No recordaba la última vez que había sentido algo parecido. Tal vez porque la paz no era precisamente una emoción que hubiera abundado en mi vida durante el último mes.

Seguí las indicaciones del GPS hasta que el asfalto dio paso a un camino de piedras. Las ruedas crujieron sobre la grava mojada mientras avanzaba despacio entre los pinos. A esa hora de la madrugada, la única luz provenía de un par de faroles antiguos que iluminaban un pequeño conjunto de cabañas de madera. Eran cuatro, todas iguales a simple vista, separadas por cercos bajos y jardines que la oscuridad apenas dejaba distinguir.

Detuve el auto frente a la última. Apagué el motor y permanecí inmóvil unos segundos, con las manos todavía apoyadas sobre el volante.

Había llegado.

Sonaba ridículo, pero después de tantos días viviendo con el corazón acelerado, no sabía cómo se suponía que debía sentirse una persona cuando dejaba de huir. ¿Aliviada? ¿Feliz? ¿Vacía?

Yo me sentía cansada.

Muy cansada.

Tomé aire antes de bajar del auto. La lluvia se había convertido en una llovizna fina que impregnaba el bosque de ese olor a tierra húmeda que siempre me había gustado. La propietaria me había enviado un mensaje unas horas antes avisándome que dejaba la llave debajo de una maceta junto a la puerta. "Acá todavía confiamos en la gente", había escrito.

Si supiera quién acababa de alquilarle una de sus cabañas, probablemente cambiaría de opinión.

Encontré la llave y entré.

El interior era incluso más acogedor que en las fotografías. Había una chimenea de piedra, un sofá color crema cubierto con una manta tejida a mano y una cocina pequeña que olía a café y madera recién encerada. No era el departamento moderno al que estaba acostumbrada, pero tampoco necesitaba que lo fuera.

Necesitaba un lugar donde nadie me conociera.

Eso era todo.

Volví al auto por mis cosas. Una valija, una mochila y una caja con los materiales de trabajo. Mientras la apoyaba sobre la mesa, levanté la tapa y comprobé que todas mis herramientas para encuadernar siguieran en su sitio. Nunca imaginé que aquel pasatiempo de fines de semana terminaría convirtiéndose en mi forma de empezar de nuevo.

Cuando terminé de guardar las cosas, el silencio volvió a envolver la cabaña. Era un silencio distinto al de la ciudad; no resultaba incómodo, sino profundo. Solo se escuchaba la lluvia golpeando el techo y el viento moviendo las ramas de los árboles.

Miré la hora. Las tres y media. Dormir era lo más sensato; lástima que mi cabeza no parecía interesada en hacer cosas sensatas desde hacía bastante tiempo.

Después de dar vueltas en la cama durante casi media hora, terminé sentada junto a la ventana con una taza de té entre las manos. Desde allí alcanzaba a ver la cabaña vecina, completamente a oscuras.

Qué suerte. No estaba de ánimo para vecinos curiosos.

Dejé la taza sobre la mesa de luz y tomé el segundo celular, el único que seguía encendido. El otro continuaba apagado dentro de la mochila. No pensaba volver a usarlo nunca más.

Abrí la única aplicación que realmente me importaba y un único chat apareció en la pantalla.

Cazador.

Llevábamos casi tres meses hablando sin saber nuestros nombres, nuestras edades o nuestras caras. Todo había empezado una madrugada cualquiera, en un foro para personas con insomnio, cuando discutimos durante veinte minutos sobre cuál era el mejor sabor de helado del mundo. Desde entonces, las conversaciones nocturnas se habían convertido en una costumbre.

Una bastante extraña, pero también en la única constante que había sobrevivido al desastre.

Como si hubiera sentido que acababa de conectarme, los tres puntitos aparecieron sobre la pantalla.

Cazador está escribiendo...

Sonreí antes incluso de leer el mensaje.

Cazador: ¿Llegaste?

Apoyé la cabeza contra el respaldo de la cama.

Luna: Hace un rato.

No tardó ni diez segundos en responder.

Cazador: ¿Y? ¿Es tan perdido como decías?

Miré por la ventana. La lluvia seguía cayendo sobre los pinos y el pueblo permanecía completamente dormido. No pude evitar sonreír.

Luna: Más. Creo que encontré el rincón más aburrido del planeta.

La respuesta llegó enseguida.

Cazador: Entonces elegiste bien.

Fruncí el ceño.

Luna: ¿Por qué?

Tardó unos segundos más esta vez.

Cazador: Porque a veces los lugares donde no pasa nada son exactamente los que más necesitamos.

Me quedé mirando esas palabras un largo instante.

Por alguna razón, sentí que acababa de creerlas.

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