Capítulo 4 La decisión de la huida
Media hora antes del inevitable encuentro de Natalia y Collins:
Elisa sintió que el corazón se le salía del pecho de solo saber que Natalia había descubierto que no estaban en la primaria, y lo que vino a continuación terminó de ponerlos en alerta de que iban a ser realmente aniwuilados.
—Debemos detener esto, jefecito —dijo Nathan—. Si no lo hacemos, estaremos en todos los carteles de la policía.
Se hizo un pesado silencio entre los tres hombres, mientras los gemelos se veían entre ellos.
—Se donde es ese colegio —agregó Nathan—. Si esa mujer está buscando a estos dos tripones, no se moverá de ahí ahora mismo, me dará tiempo de llegar. Hago inteligencia y en un descuido la embarco para acá. Se la traigo para que le apriete las tuercas y de paso le lea la cartilla para que eduque mejor a sus criaturitas.
Collins no le respondió de inmediato. El shock que se llevó de ver a Natalia otra vez después de tantos años tuvo consecuencias en él que creyó superadas.
—¡No!
—¿Va a dejar que esa loca ponga a la policía a buscarnos por algo que el pendejo de Blade no hizo? Perdón, señ…
—¡Cállate por un segundo! —exigió Collins sin alzar la voz.
Frustrado por ese golpe que la vida le estaba dando, resopló, se llevó las manos a lo alto de la cabeza, templó sus cabellos despeinados, giró sobre sus pies, miró a los gemelos y colocando una mano en el arma que tenía en la parte baja de la espalda agregó:
—Iré yo —resolvió.
Todos, incluso los gemelos, lo miraron sorprendidos.
—Soy el líder de esta organización, daré la cara. No quiero más complicaciones.
—¿Estás seguro? —inquirió Blade.
En ese momento la actitud imponente y decidida de Collins parecía ocupar todo el espacio.
Un frío espantoso recorrió la espalda de Elisa y, en un acto reflejo, se pegó al hombro de Eliseo. Su hermano le devolvió una mirada asustada en su rostro pálido, con las pupilas dilatadas por el pánico, al mal interpretar el gesto de Collins al llevar su mano al arma.
—Tienes razón, Isa... Estamos muertos —susurró Eliseo con la voz temblorosa, y tragando saliva con dificultad—. Es el mismo hombre de la foto de mami. Puso cara de tonto. ¿Qué nos va a hacer?
—¡Pierde cuidado, Seo! —murmuró Elisa, apretándole la mano con fuerza mientras intentaba disimular el temblor de sus dedos—. Hagamos algo para salir de esta guarida antes de que ese tipo se acerque más.
Mientras la a gemelos estaban angustiados imaginando quecesasceran sus últimas horas de vida, Collins, en ese momento no estaba seguro de nada, ni siquiera de si estaba respirando o hiperventilando. Sentía la respiración pesada, apretó el arma, buscando asirse de algo seguro que representará control en su vida, inconscientemente llevó la mano a su arma. Tal como siempre reaccionaba al sentirse amenazado.
Tomó esa decisión de ir en el lugar de Nathan en un acto impulsivo. Ni sabía qué iba a hacer al tener al frente a Natalia después de tantos años; pero ya había dado el paso, dudar no era característico de él, y titubear por una mujer, para sus hombres una insignificante desconocida, y para él ese pasado que aún le atormentaba, era dejar un raya mal vista entre quienes lo creían indestructible.
Decidido y de espalda a la isla, Collins le hizo una seña severa a Blade para que hablaran en el pasillo., y así hicieron.
Blade, manteniendo su enorme humanidad apoyada contra el marco de la puerta, giró la cabeza para vigilar a los niños, mientras escuchaba las instrucciones de su jefe, que para el oído agudo de Elisa no era problema. Cumplía la orden estricta de su jefe: no perderlos de vista.
Al escuchar la orden y el cierre de la misma:
—Al regresar nos desharemos de esos tripones molestos y esa mujer de la televisión —sentenció Collins.
—Claro, no podemos dejar cabo suelto —opinó Nathan.
Estás últimas palabras terminaron de alterar la mente fantasiosa de Elisa, haciéndola ver un panorama más oscuro; por lo que entendió que era el momento de hacer algo para salir de esa casa.
Apenas Collins se fue, al notar que la mirada de Blade mantenía una expresión enfurecida, Elisa le dirigió una sonrisa angelical, parpadeando con una inocencia desarmante.
—Señor Blade... —pidió Elisa con voz dulce y mimosa—. ¿Nos da un juguito congelado, por favor? Tenemos mucha sed.
—Ya les di leche con galletas, mocosa —refunfuñó Blade cruzándose de brazos—. No soy su sirviente.
—Es que la leche nos da dolor de barriguita, ¿verdad, Seo? —insistió Elisa inclinando la cabeza con gracia caprichosa—. Por favor... Un juguito de los que están en la nevera grande. Yo vi que tienen muchos. Solo uno para los dos.
Blade resopló, mirando hacia el pasillo donde Collins desaparecía mientras comenzaba a elevar la voz al hablar por teléfono. Pensando que no le tomaría más de un minuto, el hombre caminó hacia el refrigerador al fondo de la cocina.
—Bien, pero se lo toman rápido y se quedan quietos —gruñó el matón de espaldas a ellos.
Aprovechando la distracción del gigante, Elisa jaló a su hermano por la manga y lo arrastró en silencio hacia el pasillo lateral.
—Escucha, Seo —musitó Elisa en voz sumamente baja y apresuradamente mientras avanzaban a pasos ciegos—. Vi que por aquí hay cámaras en todos los techos. Debemos salir ya de este lugar. Si ven que intentamos correr, nos van a atrapar. Tenemos que actuar como si solo estuviéramos explorando esperando a mami, mientras apagamos esas cámaras.
