Capítulo 3 El regreso del demonio
—No puede ser, ¿Qué sucedió con mis pequeños? ¿Quién los dejó salir? ¿En qué momento desaparecieron si los dejé aquí hace dos horas y ahora los veo en brazos de un gorila en un vídeo en las redes sociales?
Tanta era la rabia de Natalia y el nivel explosivo de sus nervios que no dejaba hablar a la directora ni al consejero escolar.
—Se-señora, Dorantes… perdón, señorita… señora —intentaba hablar el consejero escolar.
Natalia caminaba de un lado a otro, eso hacía más difícil cualquier conversación que buscará hacerla entrar en calma.
—¡QUIERO RESPUESTAS! —gritó a un nivel que dejó ver qué estaba al borde de un ataque de histeria.
—El guardia escolar los vio entrar a su salón, luego se cerraron las puertas. Cada uno debió quedarse con su profesora —explicó el hombre atropellando las palabras—. No entendemos en qué momento desaparecieron.
Natalia lo miraba fijamente y en su mirada solo se veía ira y desesperación. Sus ojos estaban anegados por las lágrimas, y aún así la furia que guardaba brotó con todo el poder de una granada.
Siete años cuidando de sus hijos con dedicación, privándose de todo, escondiéndose para evitarles más problemas de los que le representaba llevar una vida de carencias con tal de ser medianamente felices. Porque aunque el mundo pensara lo contrario, Natalia creía que si mantenía a sus hijos lejos del caos propio de la hipocresía de la sociedad de donde venía, los hacía felices. No importaba que ella sufriera en silencio. El abandono y el desprecio la ayudaron a sobrevivir.
—Dos niños, solo son dos niños, ¿Como se le pudieron escapar? —preguntó una vez más en un tono de voz tan bajo que anunciaba el caos que venía detrás—. Quiero a mis hijos ya, sino la fiscalía los va a visitar por negligentes.
Salió de la oficina de la directora hacia el portón, buscando respirar mejor, se sentía asfixiaba.
Por su mente pasaban todos los escenarios posibles: un pedófilo se los había llevado, un traficante de órganos, un proxeneta, un loco que los quería descuartizar por pedazos, todos eran de terror, ninguno se acercaba a la realidad que ella estaba por descubrir.
«Diosito, que no les suceda nada a mis bebés, son unos ángeles, no conocen la maldad del mundo, mándamelos sanos y a salvo. Te juro que dejaré de ser tan soberbia», pensó cuando se detuvo afuera del portón y encendió un cigarrillo, aspiró dos bocanadas con desesperación, se alboroto el cabello corto, miró a los lados como quien espera encontrar algo y en ese instante un auto de la policía se detuvo frente a ella.
—¿Es usted la madre de los niños del vídeo? —preguntó un oficial moreno, fornido, con voz gruesa que se bajó de la unidad.
Iba a contestar y justo en ese momento un auto deportivo, un Bugatti negro, se estacionó detrás de la patrulla. De éste descendió el mismísimo demonio, o esa fue la impresión que Natalia le dió al policía con su mirada. Sus ojos casi se salían de su órbita al reconocer al hombre que descendió del auto.
«¡Qué broma de mierda es esta!», maldijo en su mente. No podía creer que la vida fuera tan malparida con ella al darle el mismo día dos golpes tan fuertes: la desaparición de sus dos ángeles y el regreso del demonio.
Sus piernas se debilitaron, sus pulmones parecieron no querer colaborar, le costaba respirar y la nicotina le pasó factura, comenzó a paliceder. En lugar de soltar el cigarrillo, en un acto reflejo ansioso, lo aspiró hasta el final, retuvo el humo.
En todo ese proceso Collins, luciendo impecable, como el hombre ejemplar capaz de engañar a cualquiera, parado al lado del deportivo, se acomodó el traje de tres piezas, los lentes de sol, y demostrando todo su maldito sexapil, se acercó a ella.
—Natalia, mi amor —Actuó su mejor papel—. Señor oficial —saludó.
Pasó frente al policía y acortó la distancia entre él y Natalia y le estampó un beso en los labios. Paralizada al no creerlo, ella solo lo miraba como cuál fantasma aparecido. Soltó el humo en el rostro del hombre que hizo su vida trizas hace siete años y medio cuando con todo el desparpajo del mundo le pidió decidir entre él y el embarazo.
Collins se ahogó ante la humareda nicótica que le aventó la mujer. Si él no estaba preparado para ese encuentro, ella menos; sin embargo, su organización estaba en riesgo de ser descubierta por la intromisión de esos dos pequeños intrusos que dijeron ser sus hijos. Verdad o no, le tocaba asumir la responsabilidad de sacar el show del secuestrador y los niños indefensos del aire.
—Vine por ti, amor —le dijo emulando un tono de voz cariñoso, firme, pero tierno con ella—. Todo fue una confusión, mi escolta encontró a los niños y los salvó de esos hombres que llegaron disparando.
Sorprendida, Natalia lo miró a él y al oficial.
—Elisa y Eliseo, están en casa, mi vida —agregó Collins al darse cuenta de que el nivel de incredulidad de la mujer era superior al shock que él recibió de volver a verla.
—¿Se siente bien, señora? —preguntó el oficial mientras Collins asentaba una de sus enormes manos alrededor de su cintura para darle un poco más de intimidad a la actuación. Por dentro del traje, su espalda chorreaba de sudor ante la presión del encuentro y el temor de que Natalia no colaborara y terminara alertando al policía.
Lo que quería evitar lo recibió al llegar: involucrar a la policía en un estúpido problema de niños y tener que volverle a hablar a la mujer que lo traicionó en el pasado, era lo que menos deseaba.
Collins apretó su agarre en la cintura de Natalia, obligándola a reaccionar.
—Sí, sí, oficial —afirmó Natalia, acompañando su respuesta con un movimiento de cabeza, excesivo, pero convincente.
—En ese caso, reportaré que la desaparición de los niños no fue más que un error de interpretación ante el hecho violento ocurrido alrededor, un evento colateral sin importancia —anunció el policía.
Ambos vieron al policía alejarse y solo cuando la patrulla se perdió en la calle, Natalia se zafó de su agarre como quien le huye a la lava hirviendo.
—¡Aléjate de mí! —escupió con desprecio—. ¿Cómo se te ocurre nombrarlos? ¿Quién te habló de ellos?
Collins pese a lo difícil del encuentro, prefirió usar su máscara de sarcasmo.
—A menos que tengas un problema de memoria temporal, creo que fuiste tú quien dijo sus nombres en esa entrevista, si no es así ni me acuerdo que existes —expresó con burla, para él era más fácil mostrarse sin ninguna herida abierta en sus emociones—. Vamos, estoy perdiendo tiempo aquí, y me estoy arriesgando.
Natalia lo miró con desprecio. Collins no había cambiado, seguía siendo el mismo egoísta superficial. Solo pensaba en él.
—No iré contigo a ningún lado, la única vez que cometí ese error terminé destrozada —le dijo con odio en su voz.
Collins hizo el mismo gesto de Elisa, arqueó la ceja derecha y dejó ver una sonrisa ladina.
—¡Perfecto! Le diré a Blade que tire en la primera zanja que consiga a esos dos mocosos está misma noche.
