UNA NOCHE CON MI SUEGRO

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Capítulo 5 CAPÍTULO 5: EL ALTAR DE LAS APARIENCIAS

El salón de eventos de la mansión Volkov resplandecía bajo la luz de enormes lámparas de cristal, pero para Alessandra, el brillo resultaba artificial. Vestida con una elegancia impecable, sostenía una copa de champaña que un mesero le había ofrecido al pasar, buscando en el alcohol el valor que su orgullo empezaba a perder.

Vittorio se acercó a su hija, notando la rigidez en sus hombros. —¿Estás nerviosa, hija? —preguntó con una voz suave, casi temerosa.

Alessandra forzó una sonrisa y bebió un sorbo antes de responder. —¿Acaso se me nota tanto, padre?

—Un poco —admitió él con una mueca de simpatía—. Pero tranquila, todo saldrá bien.

En ese momento, el murmullo de la gente cambió de tono. Vittorio enderezó la espalda y fijó la vista en un punto detrás de Alessandra. —Aquí viene —anunció.

Alessandra levantó la barbilla, adoptando esa máscara de altivez que era su mejor defensa. Se giró lentamente para encontrarse con el hombre que, según el contrato, sería el dueño de sus días.

—Hola, hijo. ¿Cómo estás? —saludó Vittorio con entusiasmo fingido.

—Muy bien, señor Rossi. —respondió una voz joven, segura y algo arrogante.

Vittorio hizo las presentaciones con un gesto rápido. —Disculpa, ella es mi hija, Alessandra.

Dante Volkov le tendió la mano. Era, sin duda, un hombre excepcionalmente guapo; de rasgos simétricos, cabello perfectamente peinado y una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo. Alessandra le devolvió el apretón de manos con firmeza, notando que, aunque era atractivo, no sentía la chispa eléctrica que la había consumido noches atrás.

—Mucho gusto, Dante —dijo ella con una cortesía gélida.

—¿Y tu padre? —preguntó Vittorio, mirando alrededor, buscando la imponente figura de Maximilian.

—No pudo venir —explicó Dante con naturalidad—. Se le presentó un problema de última hora en la empresa y me pidió que lo disculpara.

Vittorio asintió, aunque la ausencia del patriarca Volkov dejó un vacío de autoridad en la sala. —Bueno, los dejo para que se conozcan mejor. Con permiso.

Dante se quedó a solas con Alessandra. La observó de arriba abajo con una mezcla de apreciación estética y desapego emocional. —Y bien, ¿qué piensas de todo esto? —preguntó él, yendo directo al grano.

Alessandra arqueó una ceja, sorprendida por la falta de preámbulos. —Vaya, sí que eres directo.

Dante suspiró, dejando escapar un aire de cansancio. —Disculpa, no debí ser tan brusco. Es solo que... sé que ambos sabemos de qué trata este compromiso, ¿cierto?

—Estamos muy claros, Dante —respondió ella con una sonrisa irónica—. Es un negocio, no un cuento de hadas.

—Exacto. Pero me gustaría que, al menos, nos lleváramos bien. Si vamos a compartir una vida, lo mejor es que no sea un infierno.

—Estoy de acuerdo —concedió Alessandra—. En tres días uniremos nuestras vidas para siempre.

Dante miró a su alrededor, notando que los fotógrafos de la prensa social empezaban a rodearlos. —Bueno, hagamos esto lo más rápido posible —murmuró.

Sin previo aviso, Dante se arrodilló sobre una rodilla, sacando una pequeña caja de terciopelo azul de su bolsillo. Los flashes de las cámaras estallaron a su alrededor como fuegos artificiales.

—Alessandra Rossi, ¿quieres ser mi esposa?

Ella lo miró fijamente. Sabía que no había marcha atrás. Sonrió para las cámaras, ocultando el vacío que sentía en el pecho. —Sí, acepto, Dante.

Él deslizó el anillo de diamantes en su dedo y se puso de pie. Se quedaron frente a frente, mirándose con una frialdad profesional que nadie más podía notar. Alessandra pensó: «Vaya, no se puede negar que este hombre es guapo. Cualquier mujer se volvería loca por él». Por su parte, Dante pensaba: «Es hermosa, sin duda, pero no es mi tipo. Solo hago esto por la voluntad de mi padre».

Dante se acercó y besó a Alessandra. Fue un roce rápido, un sello público para la prensa que no llevaba rastro de la pasión que Alessandra había conocido en los brazos de aquel extraño en el club. El contrato estaba firmado ante los ojos del mundo.

Tres días después, el ambiente en la mansión Rossi era un torbellino de encaje blanco y flores frescas. Alessandra estaba en su habitación, terminando de arreglarse, cuando un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—Señorita, ¿está lista? El chofer la espera abajo —anunció María.

—Sí, ya bajo —respondió ella, mirando su reflejo una última vez.

El vestido de novia era una obra maestra de alta costura; un diseño que abrazaba su figura y caía en una cascada de seda blanca. Era hermoso, trágicamente hermoso.

—Bueno, ya no serás una mujer libre, Alessandra —se susurró a sí misma—. Desde hoy serás la esposa de un Volkov.

Bajó las escaleras y encontró a su padre esperándola con los ojos empañados. Subieron a la limosina en un silencio tenso que Vittorio decidió romper a mitad del camino.

—Espero que seas muy feliz, hija. Dante es un buen muchacho. ¿Sabes? Nunca se le conoció una novia formal. Es un hombre muy reservado.

Alessandra se giró hacia él, sorprendida. —¿En serio, papá? No me digas que me voy a casar con un virgen.

Vittorio soltó una pequeña risa, la primera en días. —Hija, no digas tonterías. Solo digo que es un hombre de casa.

Llegaron a la iglesia antes de que Alessandra pudiera procesar la ironía de la situación. Las puertas se abrieron y la marcha nupcial comenzó a sonar, solemne y pesada. Dante esperaba en el altar, luciendo impecable en su esmoquin negro, dedicándole una sonrisa tensa mientras Vittorio entregaba la mano de su hija.

Ambos se acomodaron frente al sacerdote. El aroma a incienso y flores inundaba el lugar. Pero justo cuando el clérigo se disponía a iniciar la ceremonia, el sonido de un motor rugiendo a gran velocidad rompió la paz del templo. Un auto se detuvo en seco frente a la entrada.

Los invitados se giraron, curiosos. Alessandra y Dante también voltearon hacia el pórtico de la iglesia.

Un hombre alto entró, caminando con una seguridad que parecía hacer temblar los cimientos del edificio. Su presencia emanaba un poder crudo, una dominación que silenciaba cualquier murmullo. Vestía un traje oscuro que acentuaba su figura imponente y sus ojos, oscuros y voraces, barrieron la estancia hasta fijarse en la novia.

El corazón de Alessandra se detuvo. El aire se volvió escaso y sus manos empezaron a temblar bajo el ramo de flores.

«Joder... no puede ser», pensó ella, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. «Es él. Es el hombre con quien pasé mi noche de placer».

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