Capítulo 4 CAPÍTULO 4: EL DESPERTAR DEL LOBO
El silencio del amanecer en la suite del L'Exstase era denso, casi tangible, cargado con el aroma persistente del sexo, el whisky y un arrepentimiento que aún no terminaba de florecer. Alessandra se movió con la cautela de un espectro, deslizando las sábanas de seda negra con un cuidado milimétrico. Al bajar los pies y sentir el contacto de la alfombra mullida, un escalofrío recorrió su columna vertebral.
El aire de la habitación permanecía cálido, viciado por las horas de pasión compartida, pero la piel de Alessandra se erizó de inmediato. No era el frío de la mañana lo que la hacía temblar, sino el eco residual de las manos de aquel hombre sobre su cuerpo. Cada centímetro de su anatomía guardaba la memoria de lo que había sucedido entre esas cuatro paredes; un secreto que, a partir de ese instante, debía quedar enterrado en el olvido.
Con movimientos lentos y calculados, Alessandra localizó sus tacones cerca de la base de la cama. Sus dedos rozaron el suelo mientras recuperaba su calzado, evitando cualquier ruido que pudiera romper el hechizo del sueño de su acompañante. No huía por remordimiento —nunca había sido una mujer de culpas—, sino por una necesidad mecánica de supervivencia. La noche había terminado, el sol empezaba a reclamar el horizonte y, con él, la realidad de su compromiso matrimonial volvía a cerrarse sobre ella como una trampa de acero.
Se puso de pie y ajustó el tirante de su vestido de satén. La tela, antes impecable, ahora lucía arrugada y se subía de forma indecorosa por sus muslos, un recordatorio silencioso de la urgencia con la que él se lo había arrancado horas antes. Alessandra se tomó un segundo para respirar, recomponiendo su máscara de frialdad antes de dar el primer paso hacia la salida.
Sin embargo, justo cuando su mano buscaba el pomo de la puerta, una voz la ancló al suelo.
—¿Ya te vas?
La voz de Maximilian surgió desde la penumbra de la cama, ronca por el sueño, profunda y cargada de una vibración que pareció sacudir los cimientos del lugar. Alessandra se congeló. No fue el miedo a ser descubierta lo que la detuvo, sino el tono de él: tranquilo, carente de sorpresa, como si hubiera estado despierto todo el tiempo, observándola acechar entre las sombras.
Ella se giró con lentitud, obligándose a sostenerle la mirada. Maximilian estaba recostado contra el cabecero de piel, con el torso desnudo y el vello oscuro de su pecho subiendo hacia una mandíbula que ahora, a la luz pálida del alba, se veía más peligrosa que nunca.
Sin el antifaz, el rostro del desconocido se reveló ante ella en toda su cruda e imponente gloria. No había rastro de suavidad en sus facciones; era un hombre hecho de ángulos duros, de cicatrices invisibles y una autoridad que no necesitaba palabras. Sus ojos, ahora despojados de cualquier barrera, la analizaban con una intensidad voraz. Alessandra calculó que debía rondar los cuarenta años; un hombre en la cima de su poder, cuya madurez solo servía para hacer más letal su atractivo.
—No hay razón para quedarme —respondió Alessandra. Su voz sonó firme, proyectando una seguridad que ocultaba el caos que sentía por dentro.
Los labios de Maximilian se curvaron apenas un milímetro, en un gesto que no era una sonrisa, sino un reconocimiento cínico. Él sabía leerla. Sabía que ella estaba marcando una frontera, estableciendo que lo que ocurrió allí no era el inicio de nada, sino el final de su libertad. Aun así, sus ojos no se apartaron de los de ella, recorriéndola con una familiaridad que la hacía sentir desnuda de nuevo.
—Te llevaré —espeta él, haciendo ademán de levantarse. Sus músculos se tensaron bajo la luz mortecina, mostrando una potencia física que hizo que el estómago de Alessandra diera un vuelco.
—No es necesario —lo detuvo ella con rapidez, alzando una mano. No podía permitir que él viera dónde vivía, ni que cruzara el umbral de su realidad—. Puedo arreglármelas sola.
Alessandra se volvió hacia la puerta sin esperar una réplica. Sabía que si se quedaba un segundo más, si permitía que él se acercara y volviera a rodearla con su aroma a madera y poder, sus piernas cederían. Podría empezar a preguntarse qué pasaría si aceptara su oferta, si buscara refugio en los brazos de un extraño para huir de un matrimonio concertado. Pero ella era una Rossi, y el honor —o lo que quedaba de él— la obligaba a cumplir con su palabra.
—Como quieras...
El apodo, pronunciado con esa cadencia rasposa que él había usado durante toda la noche mientras la poseía, la alcanzó justo cuando sus dedos rodearon la manija de bronce. Fue como una descarga eléctrica que le recorrió la columna vertebral. Era un reclamo silencioso, una marca de propiedad que él dejaba grabada en el aire antes de que ella desapareciera.
Alessandra apretó los dientes, tragándose el deseo de mirar atrás por última vez. Abrió la puerta y abandonó la habitación con la espalda erguida, los tacones resonando en el pasillo vacío como tambores de guerra. Salió al aire fresco de la mañana, sintiendo que el sol que nacía no era una bendición, sino el inicio de su condena.
Maximilian se quedó en la cama, escuchando el eco de los pasos de la mujer hasta que se perdieron en el silencio del club. Se pasó una mano por el cabello revuelto y soltó un suspiro cargado de una frustración que rara vez sentía. Aquella "Leoncita" le había devuelto algo que creía perdido: una chispa de vida pura, sin contratos de por medio.
Se levantó y caminó hacia el ventanal, observando la calle a través del cristal tintado. Vio una figura pequeña y elegante subir a un taxi a la distancia. Maximilian sabía que debería olvidarla. Ese día tenía una reunión crucial con Vittorio Rossi para formalizar el compromiso de su hijo, Dante. Tenía un imperio que expandir y una familia que controlar.
Pero mientras buscaba su ropa esparcida por la habitación, sus dedos rozaron algo en el suelo: una pequeña horquilla de cristal que se le había caído a ella en el fragor de la noche. La tomó entre sus dedos, observando cómo brillaba bajo la luz del sol.
—Maldita sea —gruñó para sí mismo.
Aquel encuentro fortuito, que debía ser un alivio para su estrés, se había convertido en una obsesión. Maximilian Volkov no creía en las coincidencias, pero lo que estaba a punto de descubrir esa misma tarde, cuando la prometida de su hijo caminara hacia él en su propia mansión, sería el inicio de una guerra interna que amenazaba con destruirlo todo.
Alessandra llegó a su casa justo cuando el servicio empezaba a despertar. Entró por la puerta trasera, esquivando las miradas curiosas. Se encerró en su habitación, se despojó del vestido rojo que olía a él y se metió en la ducha, dejando que el agua caliente borrara el rastro físico del desconocido, aunque sabía que el rastro emocional tardaría mucho más en desaparecer.
Faltaban pocas horas para la fiesta de compromiso. Alessandra se miró al espejo, viendo sus labios ligeramente hinchados por los besos de aquel hombre. Aplicó una capa gruesa de maquillaje, ocultando las huellas de su pecado, y se preparó para conocer al hombre que, irónicamente, la llevaría de vuelta a los brazos del único hombre que realmente deseaba.
El juego estaba servido, y las piezas ya no tenían retorno.
