UNA NOCHE CON MI SUEGRO

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Capítulo 3 CAPÍTULO 3: EL SANTUARIO DEL PECADO

Bajo las luces neón y el velo de misterio del club, el tiempo pareció detenerse para los dos desconocidos. Maximilian Volkov, un hombre que rara vez se sorprendía, sintió un chispazo de interés real encenderse en sus pupilas oscuras. La mujer frente a él no solo era hermosa; tenía una audacia que desafiaba su propia autoridad.

—¿Eres mayor de edad? —cuestionó él con una sonrisa arrogante, dejando que su mirada recorriera las curvas que el vestido rojo acentuaba con descaro.

—Lo soy —respondió Alessandra, sosteniéndole el desafío.

Maximilian vio cómo las comisuras de sus labios se elevaban. Reconoció en ella el peligro. Era una mujer que no se detendría ante nada, y en ese preciso instante, la quiso con una intensidad que rozaba lo irracional. Alessandra, por su parte, sentía que el aire le faltaba. Aquel hombre era imponente, una fuerza de la naturaleza vestida de sastre, y el deseo de poseerlo, aunque fuera por una sola noche, se volvió una necesidad física.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él, aunque su tono dejaba claro que el nombre era un simple formalismo, una etiqueta innecesaria para el fuego que los consumía.

—Como quieras llamarme —manifestó ella. No había espacio para amistades ni pasados. En su mente, este hombre era el último regalo que se hacía a sí misma antes de la ejecución de su libertad.

—Como quieras, Leoncita —susurró él.

Maximilian estiró la mano y acarició la línea de su mandíbula, enrollando un mechón de su cabello rubio entre sus dedos. El contacto fue eléctrico. Alessandra cerró los ojos un breve segundo, sintiendo que el toque de aquel extraño era más real que cualquier promesa de matrimonio que su padre le hubiera impuesto. Cuando él acortó la distancia, ella no retrocedió. Al contrario, buscó el choque.

Sus labios se encontraron en una explosión de whisky y ferocidad. El beso de Maximilian no fue una invitación, fue una conquista. La atrapó con una intensidad que la desarmó por completo, deslizando una mano firme por su nuca para inclinar su cabeza y reclamar su boca con una lengua hambrienta.

Un gemido bajo, profundo y vibrante escapó de la garganta de Maximilian, retumbando en el pecho de Alessandra. Ella se aferró a los brazos de él, sintiendo los músculos tensos bajo la tela del traje caro. No había pensamiento, solo instinto. Él la mordió el labio inferior con una mezcla de furia y deseo, arrancándole un jadeo ahogado que se perdió en el estruendo de la música.

Maximilian la devoraba. Era brusco, intenso, como si supiera que el tiempo jugaba en su contra. Sus dedos se hundieron en la cintura de Alessandra, pegando el cuerpo de ella al suyo hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre ambos. El calor que emanaba de él la abrasaba, convirtiéndose en un vicio del que no quería escapar.

Cuando finalmente se apartó apenas unos centímetros, los labios de Alessandra ardían. La mirada de Maximilian era voraz, marcada por una sonrisa ladeada y arrogante. Sabía que la tenía.

—Podemos irnos... o quedarnos —murmuró él con esa voz densa y rasposa que parecía acariciar la piel de Alessandra por dentro.

Ella lanzó una mirada hacia el fondo del club. Sabía que en ese lugar las habitaciones eran santuarios de anonimato. Su cuerpo gritaba que huyera, que aquel hombre era un depredador, pero su alma, herida por la traición de su padre, solo quería arder.

Sin esperar una respuesta verbal, Maximilian se giró con una seguridad indomable y comenzó a caminar. Alessandra lo siguió, dejándose arrastrar por el ritmo oscuro de la música que latía a sus espaldas. Cada paso hacia las escaleras ocultas era una rendición silenciosa, un clavo más en el ataúd de su antigua vida.

Subieron por una escalera discreta, alejándose del ruido de la multitud. El pasillo estaba bañado por una luz tenue y roja que acentuaba el aire clandestino del lugar. Maximilian se detuvo frente a una puerta de madera pesada al fondo del pasillo; era la estancia más imponente, reservada para quienes no tenían límites.

Él se apoyó en el marco de la puerta, observándola bajo el antifaz. Su mirada la desnudaba, la aprisionaba contra la pared de sus propios deseos.

—Última oportunidad... —¿Segura de que no quieres irte? —advirtió él con un susurro peligroso. —No quiero que puésues, que estes alli dentro, te arrepientas.

Alessandra no pronunció palabra. Dio un paso al frente, acortando la distancia y reclamando su boca con una urgencia que la consumía. Su beso fue la respuesta definitiva: una negación rotunda a cualquier escape. Maximilian sonrió contra sus labios, satisfecho por haber ganado la batalla de voluntades, y abrió la puerta.

La habitación era un oasis de lujo decadente. Velas aromáticas y una iluminación indirecta creaban un santuario donde el mundo exterior no existía. Maximilian cerró la puerta con llave, el sonido del cerrojo marcando el inicio de su propia realidad.

Se despojó de la chaqueta de su traje con un movimiento fluido y la lanzó sobre una silla, revelando la anchura de sus hombros bajo la camisa blanca. Alessandra observaba cada movimiento, fascinada por la elegancia letal de aquel desconocido. Él se acercó a ella, tomándola de la cintura para sentarla sobre el borde de la gran cama de seda negra.

—Esta noche —dijo Maximilian, su voz vibrando cerca de su oído—, no eres de nadie más que mía. Mañana puedes volver a ser quien quieras, pero ahora, el mundo se detiene aquí.

Alessandra sintió un escalofrío. La ironía de sus palabras le dolió en el fondo del corazón, pero se obligó a enterrar el dolor. Mañana sería la esposa de un extraño, pero esta noche, en esa habitación, era la amante del hombre más peligroso que había conocido.

Él comenzó a desatar los lazos del antifaz de ella, pero Alessandra lo detuvo con suavidad, colocando sus manos sobre las de él.

—No —susurró ella—. Deja las máscaras. No quiero nombres, no quiero rostros. Solo quiero esto.

Maximilian soltó una risa ronca, aceptando los términos del juego. Sus manos descendieron por los hombros de ella, deslizando los tirantes del vestido rojo. La piel de Alessandra brillaba bajo la luz tenue, y el deseo en los ojos de él se volvió algo tangible, casi violento.

Se entregaron el uno al otro con una desesperación que ninguno podía explicar. No era solo sexo; era una colisión de dos almas que buscaban un refugio en el caos. Maximilian la recorrió con una devoción brutal, marcando su territorio con besos y caricias que Alessandra recibía como bendiciones. En la oscuridad de la habitación, ella olvidó a su padre, olvidó la quiebra y olvidó al hijo de Volkov.

Alessandra se arqueó bajo el toque de él, sintiendo que por primera vez en su vida, ella era quien tenía el control de su propio placer, incluso si se estaba entregando a un hombre que no conocía. El sudor y el aroma a deseo llenaron el aire, creando un recuerdo que quedaría tatuado en sus mentes para siempre.

Cuando el clímax los alcanzó, fue como un estallido de luz en medio de la oscuridad. Alessandra se aferró a la espalda de Maximilian, enterrando sus uñas en su piel, mientras él susurraba palabras ininteligibles que sonaban a posesión.

—Eres una leona salvaje, mi leona.

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