Capítulo 2 CAPÍTULO 2: MÁSCARAS DE PLACER Y CONDENA
El silencio en la planta baja de la mansión Rossi fue interrumpido por el suave roce de la seda. Vittorio estaba sentado en su sillón de cuero, con la mirada perdida en las brasas de la chimenea, cargando con el peso de haber vendido a su única hija. Cuando escuchó los pasos de Alessandra, se incorporó con esfuerzo, preparándose para la batalla que creía perdida.
—¿Qué haces aún despierto, papá? —preguntó ella desde el último escalón. Su voz no tenía rastro de la furia de hace una hora—. Ve a descansar. He estado pensando... y no voy a aceptar esa alianza.
Vittorio cerró los ojos, sintiendo que el mundo se le venía encima. La quiebra era inminente. Sin embargo, antes de que pudiera articular una súplica, Alessandra caminó hacia él y le dedicó una sonrisa enigmática.
—No te preocupes, ya he tomado una decisión. Voy a casarme para salvar esta empresa —sentenció con una calma que heló la sangre de su padre—. Así que deja de atormentarte.
Vittorio la miró con una mezcla de alivio y asombro. La culpa seguía ahí, pero el peso en su pecho se aligeró ligeramente. —Entonces... mañana conocerás a tu prometido, hija.
—Perfecto —respondió ella, dándose la vuelta—. Pero antes de ese compromiso, voy a salir a divertirme. Es mi última noche de autonomía y pienso usarla.
—Está bien, Alessandra. Solo... no llegues tarde, por favor.
—Adiós, papá.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la imponente mansión Volkov, las paredes parecían vibrar bajo la furia de una discusión. Maximilian Volkov permanecía de pie, como una estatua de granito, mientras su hijo, Dante, caminaba de un lado a otro como un animal acosado.
—¿Qué es lo que acabas de decir, papá? —rugió Dante, deteniéndose frente a él.
—Lo que escuchaste —respondió Maximilian, sin inmutarse—. Te casarás con la hija del señor Rossi. Es la única manera de que asientes la cabeza de una vez por todas. Ya es hora de que madures y asumas tu lugar.
Dante apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Su mandíbula estaba tan tensa que le dolía.
—Siempre has querido manejarme a tu antojo. Siempre tu voluntad, siempre tus reglas... ¿Pero qué hay de lo que yo quiero? ¡Al carajo con lo que pienses!
Maximilian dio un paso al frente, reduciendo el espacio con una autoridad aplastante. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad. —Las decisiones que tomo las hago por el bien de esta familia, por el imperio que tú heredarás si dejas de comportarte como un niño mimado. Así que ya lo sabes: mañana tendrán su primer encuentro. Será una fiesta de compromiso sencilla para que empiecen a conocerse. Espero que no me salgas con alguna estupidez, Dante.
Sin esperar respuesta, Maximilian le dio la espalda a su hijo y abandonó la habitación. Necesitaba aire, necesitaba silencio y, sobre todo, necesitaba el tipo de distracción que solo el club privado L’Exstase podía ofrecerle.
Maximilian conducía su auto a través de la noche, apretando el volante con una fuerza que delataba su irritación. Al llegar al exclusivo club, estacionó y entró, siendo recibido de inmediato por la atmósfera de jazz oscuro y el aroma a perfumes caros y pecado. Se sentó en un reservado apartado, donde la luz apenas llegaba.
Un mesero apareció en segundos, depositando un vaso de whisky frente a él sin necesidad de preguntar. En ese momento, su mejor amigo y confidente, Amir, se deslizó en el asiento frente a él.
—Al parecer no estás de buen humor hoy, Max. Dime qué sucede —dijo Amir con una media sonrisa.
Maximilian le dio un trago largo a su bebida, dejando que el líquido quemara su garganta. —Es mi hijo. Cada día está peor. No quiere compromisos, piensa que la vida es un juego de rumbas y excesos. No quiere hacerse responsable de la empresa.
—¿Y qué piensas hacer para que siente cabeza? —preguntó Amir, intrigado.
Maximilian suspiró, recostándose en el asiento de cuero. —Hoy cerré una alianza con Vittorio Rossi. Su empresa está en la ruina, pero tiene una hija. Le ofrecí mi ayuda a cambio de que nuestros hijos se casen. Es un trato cerrado.
Amir abrió los ojos de par en par, sorprendido por la frialdad de la maniobra. —Amigo... debiste consultar con tu hijo antes de tomar una decisión así. Es su vida.
Maximilian lo fulminó con la mirada, su paciencia agotada. —Mejor lárgate y déjame solo, Amir. ¿Qué vas a saber tú sobre cómo debo manejar a mi hijo? Si no vas a ayudar, no estorbes.
Amir levantó las manos en señal de rendición, pero no perdió la sonrisa. —Mejor me largo antes de que me contagies tu mal humor. Mira a tu alrededor, Max. Busca una chica que te haga feliz esta noche. Olvídate del mundo por unas horas.
A las afueras del club, un elegante sedán se detuvo. En el interior, Alessandra Rossi observaba la entrada con una mezcla de curiosidad y desafío.
—¿Está segura de que quiere entrar a ese lugar, señorita? —preguntó su chofer, mirándola por el espejo retrovisor con preocupación.
Alessandra dudó un segundo. Ella no era el tipo de mujer que frecuentaba clubes de ese estilo, donde el anonimato y el placer eran la única moneda de cambio. Pero la desesperación es un motor poderoso.
—No me importa —dijo ella, con voz firme—. Esta noche no quiero ser Alessandra Rossi. No quiero ser la hija obediente ni la moneda de cambio de mi padre. Solo quiero olvidar que mi vida está a punto de convertirse en una prisión.
Miró al chofer con intensidad. —No le digas a nadie dónde estoy. Mucho menos a mi padre. Volveré en un taxi. Puedes irte.
Alessandra bajó del auto y caminó hacia la entrada. El guardia de seguridad, un hombre imponente, le tendió una máscara veneciana de color carmín al ver que su rostro estaba descubierto. —Debería usar esto esta noche, señorita. Aquí todos somos desconocidos.
—Gracias —murmuró ella, colocándose el antifaz.
Al entrar, la música suave y el ambiente cargado de misterio la envolvieron. Se sentó en la barra y pidió el trago más fuerte de la carta. Bebió de un solo golpe, sintiendo el calor del alcohol dándole el valor que necesitaba.
A unos metros de allí, Maximilian estaba a punto de marcharse cuando un destello rojo captó su atención. En la barra, una mujer vestida con un traje de un rojo ardiente destacaba entre las sombras. Sus movimientos eran elegantes, pero había algo en la forma en que sostenía su copa que gritaba rebelión.
Impulsado por un instinto que no pudo frenar, Maximilian se colocó su propia máscara oscura y se acercó. Se posicionó justo a su izquierda, dejando que su presencia la rodeara antes de hablar.
—¿Celebrando algo? —preguntó él. Su voz surgió grave, profunda, con ese tono de peligro que suele atraer a quienes no tienen nada que perder.
Alessandra se giró lentamente. A pesar de la máscara, pudo sentir la intensidad de la mirada de aquel hombre. Era alto, imponente, con una mandíbula perfectamente esculpida y unos labios que, incluso en la penumbra, lucían apetecibles.
«Debe ser muy apuesto», pensó ella, sintiendo una chispa de interés que no había experimentado jamás. Se inclinó contra la barra, sosteniendo su nueva copa de whisky con una delicadeza que desafiaba su propia situación.
—Algo así —respondió ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
—¿Y qué se celebra? —insistió él, acercándose apenas unos centímetros más. Su tono seductor era natural, casi letal.
—Mi última noche de libertad —soltó Alessandra, elevando la copa hasta sus labios. No sabía por qué se lo confesaba a un extraño, pero había algo en él que le daba seguridad.
Maximilian apoyó un codo en la barra, invadiendo su espacio personal. El aroma a tabaco caro y madera que desprendía el hombre la abrumó. —Eso suena a un desafío —dictaminó él con voz rasposa. Sus ojos oscuros la recorrían con una intensidad que le revolvía el estómago de una forma deliciosa.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí? —preguntó él, bajando la voz hasta que fue un siseo casi imperceptible sobre la música—. Si no buscas algo... o a alguien...
Alessandra no lo dejó terminar. Se inclinó hacia él, acortando la distancia hasta que sus labios casi rozaban los de aquel desconocido. La electricidad entre ambos era casi tangible.
—Tal vez ya encontré lo que buscaba —susurró ella.
Maximilian sonrió internamente, una sonrisa depredadora. Ninguno de los dos sabía que esa noche de "libertad" era el prólogo de una unión que ya estaba escrita en los libros contables de sus familias. En ese club, entre máscaras y sombras, el suegro y la nuera estaban a punto de cometer el pecado más dulce de sus vidas.
