Una amapola para el griego

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Capítulo 5 Conozco esa voz...

Emily

La humillación de la noche anterior me quema el pecho como una marca al rojo vivo.

Apenas pude pegar ojo durante la madrugada. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de ese hombre imponente, de mirada oscura y actitud despótica, regresaba a mi mente. Su arrogancia al asumir que mi dignidad tenía un precio, la manera en que me sujetó la muñeca y la frialdad con la que intentó comprarme en ese pasillo aún me hacen temblar de indignación.

Pero no puedo darme el lujo de derrumbarme. Aprieto las manos sobre el volante del autobús que me lleva al trabajo mientras el frío de la mañana en Chicago empaña las ventanillas. Tengo que recordar constantemente por qué tomé esta decisión. Mi madre está sola en esa cama de hospital, luchando contra un cáncer agresivo, y las facturas médicas se han convertido en una soga que nos asfixia cada día más.

Esa necesidad desgarradora fue la que me empujó a traspasar la puerta trasera de L’Éclipse. Ahí nace Amapola. Una versión de mí que jamás imaginé que existiera. Amapola es seguridad, magnetismo y sensualidad desenfrenada; un escudo protector adornado con encaje negro, una peluca azabache y un antifaz que esconde mi verdadera identidad. El nombre no fue una casualidad. 

Las amapolas son las flores favoritas de mi madre, las mismas que solían llenar el jardín de nuestra antigua casa antes de que la enfermedad se lo arrebatara todo. Adoptar ese nombre es mi forma de aferrarme a ella, de recordar que este sacrificio tiene un propósito sagrado.

Bajo del autobús y camino las tres cuadras que me separan del imponente rascacielos de cristal y acero donde trabajo. Cruzo las puertas giratorias de la empresa tratando de disimular el cansancio atroz que me pesa en los párpados.

Aquí, bajo el techo de este gigante corporativo, Amapola deja de existir.

Ajusto mis grandes lentes de marco grueso sobre el puente de la nariz y me acomodo el suéter holgado de segunda mano que oculta las curvas de mi cuerpo. Recojo mi cabello castaño en un moño bajo y apretado, sin una sola gota de maquillaje en el rostro. 

En estas cuatro paredes soy simplemente Emily: la chica invisible del departamento de archivos. 

La joven introvertida a la que nadie mira, la que devora informes contables en los descansos y a la que todos pisotean sin culpa. Y por ahora, prefiero que sea exactamente así.

El ambiente en la oficina está inusualmente tenso. El aire se siente cargado de un murmullo nervioso. Mis compañeros de cubículo cuchichean entre risas ahogadas y miradas de expectación hacia la planta ejecutiva. Hoy llega el nuevo CEO directamente desde la sede central en Atenas, el hombre que tomará las riendas de la compañía tras la muerte del fundador.

Camino directamente hacia mi pequeño escritorio en el área de archivo. Mi trabajo diario es monótono: clasificar carpetas viejas, digitalizar recibos y organizar informes financieros. Debería estar graduada y ejerciendo como analista contable, pero el cáncer de mi madre me obligó a congelar mi último semestre de finanzas. A pesar de eso, los números siguen siendo mi pasión. 

Desde niña he tenido una capacidad casi intuitiva para detectar patrones numéricos y errores contables, una habilidad que hoy solo me sirve para no volverme loca entre montones de papel.

No llevo ni una hora en mi puesto cuando la sombra de mi supervisora, la señorita Enríquez, se proyecta sobre mi escritorio. Es una mujer amargada, de voz chillona, que disfruta haciendo sentir miserables a sus subordinados.

—¡Emily! Deja de perder el tiempo y ven aquí —ordena con tono frío, cruzándose de brazos.

—Dígame, señorita Enríquez —respondo, poniéndome de pie de inmediato.

—Necesito que subas al área de archivo central, selecciones los balances financieros de los últimos seis meses y los lleves directamente a la oficina de presidencia.

Mi corazón da un vuelco involuntario.

—¿A la oficina de presidencia?

—¿Acasos eres sorda? —se burla, mirándome con desdén—. El nuevo dueño de la firma, el señor Alexandros Kostas, acaba de pisar el edificio. Y créeme, no tiene paciencia para la incompetencia. Más te vale no arruinarlo. Lo único que debes hacer es llevar las carpetas y entregárselas a su secretaria personal en recepción. Ni se te ocurra intentar dirigirle la palabra al señor Kostas. ¿Entendido?

—Entendido —asiento en silencio.

Camino hacia las estanterías metálicas del fondo y comienzo a retirar los voluminosos legajos de contabilidad. Sin embargo, conforme voy revisando las hojas de cálculo para asegurarme de que el orden cronológico sea el correcto, mis ojos se detienen en los balances del último trimestre.

Frunzo el ceño. Algo no encaja.

Paso los dedos por las columnas de ingresos y egresos. Hay discrepancias evidentes entre los reportes de auditoría interna y las transferencias salientes a cuentas de proveedores externos. Faltan cientos de miles de dólares que han sido camuflados bajo el concepto de «servicios de mantenimiento informático». Las cifras están infladas artificialmente. Alguien está desviando fondos de la empresa.

Sintiendo una descarga de pánico y responsabilidad, tomo la pila de carpetas y regreso a paso rápido a la oficina de la señorita Enríquez. Toco la puerta dos veces antes de entrar.

—¿Qué haces aquí de nuevo? —pregunta mi jefa sin levantar la vista de su ordenador—. Te dije que subieras los papeles a presidencia. ¡Eres una inútil!

—Señorita Enríquez, por favor escúcheme —digo, tratando de mantener la voz firme a pesar del temblor en mis manos—. Estaba revisando los informes antes de subirlos y noté algo muy grave. Las cuentas del último trimestre no cuadran. Hay discrepancias enormes en los registros de salida. Falta dinero.

La mujer se congela. Levanta la cabeza despacio y me observa como si me hubiera crecido una segunda cabeza. Su rostro pasa de la sorpresa a una furia desmedida en cuestión de segundos.

—¿De qué demonios estás hablando? —espeta con tono venenoso—. ¿Acaso te crees experta en finanzas ahora? ¿Tienes un título en economía del que nadie se ha enterado, estúpida?

—No, pero estudié finanzas hasta el último año y le aseguro que si el señor Kostas ve estos balances...

—¡CÁLLATE! —grita, poniéndose de pie y golpeando el escritorio con la palma de la mano—. Tú no eres nadie para cuestionar la contabilidad de esta empresa. Eres una simple archivadora que gana el salario mínimo. ¡Tu único trabajo es mover papeles de un piso a otro! Haz lo que te ordené antes de que te ponga de patitas en la calle hoy mismo. ¡AHORA!

El desprecio en sus palabras me golpea como un latigazo. Aprieto los dientes, tragándome la impotencia y la rabia. Si pierdo este empleo diurno, todo el sacrificio nocturno en el club no servirá de nada. Sin decir una sola palabra más, doy media vuelta sujetando la pesada montaña de carpetas contra mi pecho.

Subo por las escaleras hacia el piso ejecutivo porque la fila del ascensor público es interminable. Llego al piso de presidencia con la respiración agitada. La elegancia de este lugar es abrumadora: alfombras tupidas, paredes de madera noble y un silencio sepulcral.

Busco con la mirada el escritorio de la secretaria de presidencia, pero el cubículo está completamente vacío. Miro a ambos lados del pasillo, pero no hay ni rastro de nadie. Contemplo la opción de sentarme a esperar, pero el miedo a que la señorita Enríquez suba y me acuse de negligencia me obliga a tomar la iniciativa.

Camino con cuidado hacia la imponente puerta de doble hoja de la oficina principal. Con los brazos ocupados sujetando la torre de documentos que casi me tapita la visión, me acerco y doy dos golpecitos suaves con los nudillos.

—Señor Kostas... —llamo en voz baja, esperando que alguien me abra.

De pronto, una voz profunda, grave y con un acento extranjero inconfundible resuena desde el interior:

—Adelante.

Esa voz.

Un escalofrío helado me recorre la espina dorsal. La sangre se me congela en las venas. Conozco esa voz. La escuché anoche a escasos centímetros de mi rostro en el pasillo de L’Éclipse.

El pánico se apodera de mí de tal manera que mis piernas se vuelven de gelatina. Intento empujar la puerta pesada con el hombro mientras mantengo el equilibrio, pero la torre de carpetas tapa mi campo de visión hacia el suelo. Tropiezo torpemente con el borde de la alfombra.

—¡Ah! —se me escapa un grito ahogado.

Pierdo el equilibrio por completo. Intento sostener los papeles, pero es inútil. Salgo proyectada hacia adelante y la pesada montaña de carpetas vuela por el aire, desparramándose en un caos absoluto de hojas blancas y folios por todo el suelo de parqué de la oficina.

Me quedo de rodillas en el piso, respirando descontroladamente, con el corazón martilleándome en la garganta.

—¿ES QUE ACASO ERES INEPTA? —resuena un grito atronador que hace retumbar las paredes de la estancia.

El pánico me obliga a levantar la cabeza despacio. Y entonces, el mundo se detiene.

Frente a mí, de pie tras un majestuoso escritorio de caoba, está el hombre de la noche anterior.

Alexandros Kostas.

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