Una amapola para el griego

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Capítulo 1 L'ÉCLIPSE RECLUTA BAILARINAS

Emily

Marzo 2026

El olor a antiséptico y enfermedad me quema la garganta cada vez que respiro. Odio las paredes de este hospital. Odio el tono blanco y descolorido de los pasillos, el pitido incesante de los monitores de respiración y la falsa compasión en la mirada de los enfermeros que se cruzan conmigo.

Estoy sentada al lado de la cama de mi madre en la sala de cuidados intermedios. Su mano, una vez fuerte y tibia, se siente fragile, como si fuera de papel de arroz, entre las mías. Tiene apenas cuarenta y ocho años, pero el cáncer se ha encargado de arrebatarle el brillo de la piel, el cabello castaño que solíamos cepillar juntas y la vitalidad que siempre la caracterizó.

—Emily, mi niña... no te quedes aquí tanto tiempo. Tienes que descansar —murmura con la voz desgastada y rasposa, intentando regalarme una sonrisa que no le llega a los ojos.

—Estoy bien, mamá —miento, apretando su mano con suavidad mientras le arreglo la manta sobre los hombros—. En el trabajo me dieron permiso de quedarme un rato más. No te preocupes por nada. Tú solo concéntrate en ponerte fuerte.

—No me mientas, amor. Sé cuánto estás trabajando en esa oficina. Estás pálida, tienes ojeras...

Un suave toque en la puerta interrumpe la conversación. El doctor Harrison, el oncólogo de mi madre, entra a la habitación portando una carpeta azul bajo el brazo. Su rostro serio y la rigidez de sus hombros me envían una señal de alarma inmediata a las tripas.

—Buenas tardes, Elena. Emily, ¿podemos hablar un momento afuera, por favor? —pregunta el doctor con un tono profesional pero grave.

—Claro, doctor.

Le doy un beso rápido en la frente a mi madre, prometiéndole regresar en un minuto, y salgo al pasillo. El aire acondicionado del corredor me hace dar un escalofrío. Me cruzo de brazos, buscando fuerza en mi interior para lo que sé que viene.

—Doctor, dígame la verdad. ¿Cómo salieron los últimos exámenes? —inquiero sin rodeos, sintiendo que el corazón me martillea en las costillas.

El doctor Harrison suspira, pasa una mano por su cabello canoso y abre la carpeta.

—Emily, seré directo porque la situación lo exige. El tumor ha mostrado una resistencia agresiva a la quimioterapia convencional. La masa ha crecido un quince por ciento desde el último mes.

El mundo parece detenerse. El suelo debajo de mis pies se vuelve inestable.

—No... no puede ser —siento que la voz se me quiebra—. ¿Qué significa eso? Tiene que haber otra opción. ¡Usted me dijo que este tratamiento iba a funcionar!

—La opción existe —responde el médico, ajustándose los lentes—, pero debemos actuar de inmediato. Necesitamos trasladarla a la unidad de oncología avanzada e iniciar un protocolo de inmunoterapia combinada con un fármaco experimental de última generación. Es su única oportunidad real de frenar el avance y buscar la remisión.

Una ráfaga de esperanza me infla el pecho, pero dura menos de un segundo antes de que la realidad me golpee.

—Hagámoslo. Inícielo hoy mismo, por favor.

El doctor Harrison niega despacio con la cabeza, mostrándome un formulario con cifras escritas al margen.

—No es tan simple, Emily. Este tratamiento no lo cubre el seguro estatal. La clínica exige un depósito inicial de cincuenta mil dólares para autorizar el ingreso al programa y suministrar la primera dosis del medicamento. Y los costos mensuales de mantenimiento rondan los quince mil.

—¿Cincuenta mil dólares? —el aliento se me corta por completo. La cifra retumba en mi cabeza como una condena a muerte—. ¡Eso es imposible! Doctor, apenas gano lo suficiente en la oficina de archivos para pagar la renta de un apartamento pequeño, la comida y las medicinas básicas. Retiré mis ahorros del último semestre de la universidad para los primeros exámenes... No tengo esa cantidad.

—Lo siento mucho, Emily. Sé lo dura que es esta situación, pero las políticas de la clínica son estrictas. Sin el depósito inicial antes del viernes, no podremos autorizar el tratamiento. Y me temo que a Elena no le queda mucho tiempo si no intervenimos ya.

—Deme un par de días —suplico, tomándolo del brazo sin importarme perder la compostura—. Por favor. Voy a conseguir el dinero. No deje que se rrenda, se lo ruego.

—Tienes hasta el viernes a las cinco de la tarde, Emily —dice el médico con pena antes de darle una palmadita en mi hombro y alejarse por el pasillo.

Me quedo paralizada en medio del corredor. Me cubro la boca con ambas manos para ahogar un sollozo desgarrador. Cincuenta mil dólares en tres días. Mi trabajo nocturno y diurno de archivadora en la empresa de finanzas me paga una miseria, un sueldo básico que apenas me alcanza para sobrevivir y comprar analgesicos. ¿De dónde se supone que voy a sacar una fortuna así? ¿A quién le pido prestado? No tengo familia, no tengo bienes que vender, no tengo nada.

Con las manos temblorosas, abro mi bolso de tela desgastado para buscar un pañuelo. Al revolver entre mis pertenencias, mis dedos chocan con un trozo de papel periódico doblado en cuatro. Lo saco.

Es un recorte que guardé hace tres semanas, una tarde en la que el desempleo me acorralaba. En su momento lo vi con horror y lo escondí en el fondo del bolso, jurando que jamás caería tan bajo. Pero hoy, con la vida de mi madre pendiente de un hilo, las opciones morales se convierten en un lujo que no puedo darme.

Desdoblo el papel. El anuncio resalta en letras negritas:

«CLUB NOCTURNO L'ÉCLIPSE RECLUTA BAILARINAS. ALTOS INGRESOS DIARIOS, PROPINAS EXCLUSIVAS Y PAGOS EN EFECTIVO AL INSTANTE. PRESENTARSE EN CUALQUIER MOMENTO.»

Trago saliva con la garganta seca. Un nudo horrendo de miedo y vergüenza me oprime el estómago. Bailarina en un club nocturno. Yo, la chica reservada que usaba ropa holgada, lentes de marco grueso y que pasó años estudiando finanzas para tener una carrera honorable.

Miro a través del cristal de la habitación. Mi madre duerme plácidamente, ajena al dolor que la devora por dentro. La veo tan frágil, tan indefensa... Ella lo dio todo por mí cuando mi padre nos abandonó. Se mató trabajando en casas ajenas para que a mí no me faltara nada.

—No voy a dejarte morir, mamá —murmuro contra el cristal, secándome una lágrima rebelde con el dorso de la mano—. No me importa lo que tenga que hacer.

Decidida, me doy la vuelta y camino a paso rápido hacia la salida del hospital.

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