Un mundo nuevo y valiente

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Capítulo 1

Un miedo primitivo.

Un callejón oscuro.

Un depredador al acecho.

Y una presa corriendo por su vida y quizá por algo aún más querido para ella.

La morena, cuyo cabello antes sedoso ahora estaba hecho nudos, corría jadeando por la oscuridad apenas iluminada por el cuarto de luna.

El depredador avanzaba con aire confiado, sabiendo que la presa no tenía adónde ir y que tarde o temprano se cansaría.

La presa necesitaba detenerse para respirar, pero no podía arriesgarse con el depredador pisándole los talones. Se metió en un callejón y se sentó detrás de un contenedor de basura, intentando recuperar el aliento.

—Ratoncita, ¿ya estás cansada?

El sonido, helado hasta los huesos, le retumbó en la cabeza. ¿Cómo podía el depredador hablarle dentro de la mente? ¿Cómo era capaz ella de entender lo que decía? Ya nada importaba: estaba acorralada, sin salida y sin fuerzas.

Pero la muerte no es un enemigo fácil de abrazar. Por inevitable que sea, uno no puede evitar caer peleando.

La sombra del depredador la encontró antes que él. Sus colmillos fluorescentes brillaban en la oscuridad bajo su sonrisa demente.

‘No’, pensó para sí. ‘Si de todos modos voy a morir, primero le voy a borrar esa sonrisita de ese hocico.’

En un instante, el depredador la sujetó por la mandíbula; sus pies quedaron colgando a unos centímetros del suelo, casi asfixiándola.

—Qué lástima. Esperaba que la persecución durara un poco más.

—¡Qué lástima, sí! —jadeó ella, y el depredador la soltó de golpe.

Él bajó la vista hacia la barra metálica que ella sostenía, cuyo otro extremo estaba incrustado entre sus costillas, atravesándole el corazón. De su boca brotaron burbujas de fluidos corporales calientes color berenjena, llevándose su vida con ellos.

La presa había matado al depredador porque era el desenlace menos esperado. Se quedó sentada, respirando hondo, mirando el cadáver de la criatura que la había aterrorizado casi hasta matarla.

—¿Creíste que me mataste, ratoncita? —La voz conocida volvió a resonarle en la cabeza, y sus ojos se abrieron de par en par cuando la hendidura en el pecho hecha por la barra metálica empezó a cerrarse por sí sola.

—¡No! —gritó ella, desesperada.

—¡No!

Anara se despertó empapada en sudor y respirando con dificultad.

Miró a su alrededor y tardó un par de minutos en darse cuenta de que solo había sido otra de sus pesadillas de siempre.

Revisó la hora. El despertador de la mesa de noche parpadeaba: 05:03 a. m. Suspiró. No tenía sentido volver a dormir. Su turno empezaba en un par de horas.

Se quitó su Dispositivo de Sueño Modius (MSD).

Se cambió a ropa deportiva y salió a trotar por la zona residencial. Después de ducharse y ponerse el uniforme, salió de su casa.

Llegó a la comisaría con el café en la mano y tomó el ascensor directo al piso de su Departamento.

—Buenos días, jefa, tú, oh… —empezó un compañero antes de añadir—: ¿El dispositivo no ayudó?

—¿Qué? —pregunté, confundida, mientras iba directo a mi cubículo.

—Tienes ojeras. Supuse que ese aparato nuevo que te compraste para dormir tampoco funcionó anoche —explicó el compañero, dejando una bolsa de papel sobre el escritorio de Anara, lo cual ella cuestionó alzando una ceja.

—Michelle trajo donas para todos hoy —aclaró el compañero.

Anara asintió y tomó una dona glaseada de la bolsa antes de responderle:

—El MSD funciona bien. Me tumbó cuatro horas.

—¿Entonces fueron las pesadillas? —preguntó su compañero de trabajo, que ya llevaba mucho tiempo trabajando con ella, sentado sobre su escritorio con tono preocupado.

Anara respondió con un asentimiento mientras daba un sorbo a su café y encendía la computadora de la oficina, dejando claro que ya no quería hablar del tema.

Su compañero captó el mensaje y cambió de conversación.

—Acaba de llegar el informe de forense del caso del asesinato de Wilson. Te lo mandé por correo.

—¿Alguna pista? —preguntó Anara, concentrada en la pantalla.

—Nada. A menos que cuentes los niveles elevados de glucosa en la sangre —se encogió de hombros.

—Igual que en las últimas tres víctimas —concluyó Anara, y su compañero asintió.

Después de otro día de falsas pistas y acertijos de un asesino serial sin resolver, Anara fichó al terminar su turno y condujo hasta su diner habitual de comida para llevar para comprar la cena. Mientras esperaba a que prepararan su pedido, revisó sus chats personales.

Su madre había llamado dos veces durante el día y había dejado un mensaje de voz diciendo que necesitaba contarle algo a Anara, así que debía devolverle la llamada.

El pulgar de Anara quedó suspendido sobre el botón de llamar, hasta que su pedido estuvo listo. Apagó el teléfono y condujo de regreso a su apartamento. En el camino, se detuvo en un semáforo junto a un parque público.

Con una mirada accidental hacia la izquierda, vio a un grupo de tres hombres rodeando a una chica que no parecía tener más de dieciséis años y que se veía aterrada. Sin pensarlo, Anara agarró su placa y su arma y salió corriendo del vehículo.

—¡Oigan! —captó su atención y mostró la placa—. ¡NYPD! Déjenla en paz si no quieren pasar la noche, o más, en la cárcel.

Los hombres se volvieron hacia ella y la chica aprovechó para salir corriendo.

—A menos que pretendas pelear contra todos nosotros, estás en desventaja, oficial —sonrió con desdén uno de ellos.

—Yo siempre quise golpear a alguien con uniforme —comentó otro, relamiéndose y recorriéndola de arriba abajo como si fuera un pedazo de carne.

Anara ya se había enfrentado antes a monstruos como ellos. Sacó el arma y se la apuntó.

—Supongo que ahora estamos parejos.

Antes de que cualquiera de ellos pudiera moverse, una luz verde neón brillante iluminó sobre la cabeza de Anara, como si se hubiera encendido una farola. Pero no había ningún poste.

—¿Qué demon…? —murmuró uno de los hombres mientras todos alzaban la vista, confundidos.

Anara sintió cómo se aflojaba el tirón de la Tierra cuando la elevaron dentro del haz verde, igual que si un depredador la sostuviera suspendida sobre el suelo. El corazón se le saltó un latido. No recordaba haber llegado a casa y ponerse su MSD, que por lo general detonaba sus extrañas pesadillas. Entonces, ¿qué demonios estaba pasando? Se sintió aterrada, pero no pudo emitir ni un solo sonido por más que lo intentó.

Vio que los hombres estaban igual de aterrados, pero no se movían ni pedían ayuda. Uno de ellos salió corriendo. «Cobardes», pensó, mientras su visión empezaba a nublarse y su cuerpo se iba entumeciendo, hasta que perdió el conocimiento por completo.

👽👽

**Nota de la autora:

Siempre he creído en los extraterrestres porque una vez leí en alguna parte que no creer en los extraterrestres es como sostener una cucharada de agua y afirmar que no hay tiburones en el océano porque no hay ninguno en mi cuchara. Y nuestro mundo no es más que una diminuta mota en el vasto espacio.

¿A dónde crees que se están llevando a Anara? ¿Cuánto crees que podrá sobrevivir a lo que sea que venga por ella?**

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