UN ESPOSO PARA LA CEO PARALITICA

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Capítulo 6 CAPÍTULO 6

Primer Movimiento

El lunes siguiente, a las nueve y diez de la mañana, Marta entró al despacho de Anabella sin llamar.

—Jefa.

—Marta.

—Pasa algo.

—¿Qué?

—Mira esto.

Le pasó una tablet. Anabella levantó la vista del informe que estaba leyendo. Cogió la tablet.

Era un titular.

MÁXIMO SALVATIERRA, MARIDO DE ANABELLA RÍOS, INGRESADO EN URGENCIAS LA NOCHE DE SU BODA.

La revista Capital Sociedad publica fotografías exclusivas del momento en que el novio fue trasladado a la clínica privada de la mansión Ríos con cortes en la frente, el labio partido y manchas de sangre en el traje. Fuentes cercanas a la familia hablan de "un altercado familiar entre hermanos". El comunicado oficial del Grupo Salvatierra es, a esta hora, silencio.

—Vaya —dijo Anabella—. Capital Sociedad. La revista preferida de mi tía Carmela.

—¿Y de tu prima?

—Y de mi prima.

Anabella le devolvió la tablet a Marta. Se quitó las gafas. Se quedó un segundo mirando el reflejo del cristal de su ventana, donde se veía a una mujer de pelo recogido y mandíbula apretada que se le parecía bastante.

—Marta.

—Sí, jefa.

—Llama a mi marido. Dile que lo quiero en mi despacho a las once en punto. Que se ponga corbata. Y dile a la prensa de comunicación interna que prepare una nota. La firmo yo a las once y media. La emitimos antes del mediodía.

—¿Qué dirá la nota?

—Lo que le diga yo a mi marido a las once. Tú prepara cuatro borradores distintos. Yo elijo a las once y veinte.

—Sí, jefa.

—Y una cosa más, Marta.

—Dime, jefa.

—Llama también a mi prima Victoria. Dile que quiero verla mañana a las cuatro de la tarde en mi mansión. Salón principal.

—¿Tu prima? ¿La que…?

—Esa.

—¿Y tu abuelo de esto…?

—Mi abuelo no se entera. Lo gestiono yo.

—Pero si se entera.

—No se entera, Marta. Esta es la conversación que él prefiere no oír. Confía en mí.

Marta confió. Marta llevaba diez años aprendiendo cuándo confiar.

Salió.


A las once en punto, Máximo entró al despacho con corbata.

La corbata estaba mal anudada. Lo notó él. No lo notó ella, porque Anabella Ríos llevaba quince años fingiendo que no notaba el anudado de las corbatas de los hombres que entraban a su despacho.

—Siéntate.

—¿Café?

—Te has hecho el tuyo. Se ve. Te quedaste tres minutos en la cocina. La Nespresso la tenías a la mano. Bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Mi gobernanta me manda informes. La señora Ramírez es muy fiel.

—Vale.

—Lee esto.

Le pasó la tablet con el titular. Máximo lo leyó. Apretó los dientes un momento. Levantó la mirada.

—Esto es mi hermano.

—Esto es tu hermano. ¿Hay duda?

—No. Solo Alejandro tenía el dato de la clínica privada.

—Bien. Esto es lo que vamos a hacer.

—Soy oídos.

—No vamos a desmentir. No vamos a confirmar. La nota que voy a emitir va a decir, exactamente, lo siguiente. El señor Máximo Salvatierra y la señora Anabella Ríos están bien. La señora Ríos agradece la preocupación pública, recuerda que su matrimonio es un asunto privado, y comunica que el Grupo Ríos no responderá a ningún rumor publicado sin firma ni fuente. Punto. Cero detalles. Cero negación. Ninguna referencia a tu hermano. Pero firmado por mí.

—¿Por qué por ti?

—Porque tu apellido en esto vale menos que el mío. Y porque si firmo yo, mi prensa sabe que se acabó la barra libre.

—¿Es así?

—Así es. Lo segundo. Tú y yo vamos a salir esta tarde a un sitio.

—¿A dónde?

—Al restaurante Vega. A las cuatro y media. Vamos a cenar tarde, vamos a hablar, vamos a hacernos una foto saliendo. Tomada de la mano, si te ves capaz. Le venderé la foto exclusiva a Mercado Diario, que es la cabecera enemiga de Capital Sociedad. Coste cero para nosotros. Y mañana por la mañana, mi prima se levanta y se entera de que su jugada del sábado se le ha desinflado en menos de cuarenta y ocho horas.

—Anabella.

—¿Sí?

—¿De la mano?

—Sí. ¿Problema?

—No, ninguno. Lo digo por el protocolo.

—El protocolo lo escribí yo. Esto es una excepción mía. La uso cuando quiero. Hoy quiero.

—Vale.

—Tercera cosa.

—Dime.

—Tu hermano. ¿Qué piensas hacer con él?

—Lo piensa mi abuelo.

—Lo pienso yo también.

—Anabella. Te lo dije. Tu prima la gestionas tú. Mi hermano lo gestiono yo. La regla doce de tu contrato. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo. La estoy violando voluntariamente. Quiero saber.

—Mi abuelo va a hablar con él esta tarde.

—¿Y si tu abuelo no consigue nada?

—Mi abuelo siempre consigue algo.

—¿Y si no?

—Entonces lo gestiono yo.

—¿Cómo?

—Mira, Anabella. Llevo veinte años aprendiendo cómo se gestiona un hermano como Alejandro. Empezamos a los ocho años. Tengo material acumulado.

—Vale.

—¿Algo más?

—Sí. Una.

—Dime.

—¿Por qué te casaste conmigo, Máximo?

Hubo dos segundos de silencio. Largos. De los largos.

—Por mi abuelo —dijo él—. Te conté el sábado.

—Lo de las trescientas sesenta y cuatro noches. Sí. Pero esa no es la respuesta. Esa es la cobertura. Te pregunto la otra. La real.

Máximo la miró un momento. La miró como un hombre que no estaba acostumbrado a que le hicieran esa pregunta a la cara y mucho menos un lunes a las once y siete minutos de la mañana en el despacho de la mujer con la que se acababa de casar.

—No tengo otra, Anabella. Es la única.

—Vale.

—¿Tú?

—Yo te lo dije el sábado también. Para no perder la empresa.

—Y ahora pregunto yo. ¿Esa es la cobertura o la real?

Anabella sonrió. Una sonrisa pequeña. Mínima. La primera, además, que él le había visto en setenta y dos horas.

—Esa es la real, Máximo. Yo no tengo cobertura. Yo digo lo que pienso. Es una de las pocas cosas buenas que tengo. Aprovecha.

—Lo aprovecho.

—Bien. Vete a vestir bien para las cuatro y media. Marta te va a dar la ropa. Tu corbata va torcida, además. La he visto a los dos segundos. He tardado once minutos en decírtelo solo porque pensé que estaría bien acabar la reunión sin avergonzarte. Pero se acabó la reunión. Vete.

Máximo se levantó. Se anudó otra vez la corbata mirando el espejo del fondo del despacho. Le quedó peor.

—Anabella.

—Dime.

—Mañana a las cuatro tu prima va a venir aquí, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco esa cara. Tienes una cara cuando vas a hacerle daño a alguien y la tienes desde antes de hablar conmigo esta mañana. Te leo, Anabella. Llevo setenta y dos horas casado contigo. Llevo siete años cazando ratas en hoteles de cinco estrellas. Sé reconocer la cara del cazador.

—Buena.

—¿Quieres compañía?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro. Pero gracias por preguntar.

—De nada.

—Una cosa más.

—Dime.

—Si mañana cuando salga del salón principal mi prima va llorando por el pasillo, no te metas. Es la regla once.

—La once.

—Sí.

—Recibido. Que sea grande, la llorada.

—Lo será.


Máximo salió.

Cuando se cerró la puerta del despacho, Anabella se quedó muy quieta delante del informe abierto. Tenía un dolor pequeño en el brazo izquierdo. Un dolor que no había sentido en seis o siete meses. Se lo apretó por encima de la blusa con la mano derecha.

Cogió el teléfono.

—Marta.

—Sí, jefa.

—Cuatro cosas. La nota a las once y media, sin desmentido, firmada por mí. Reserva en el Vega a las cuatro y media para dos personas, mesa del fondo, la del ventanal. Avisa a Mercado Diario, exclusiva fotográfica a la salida. Confírmame la hora exacta de la llegada de mi prima mañana.

—Sí, jefa.

—Y una quinta cosa, Marta.

—Dime.

—Llama al doctor Gutiérrez. Pídele cita esta semana. Lo del brazo izquierdo me ha vuelto.

—¿Cuándo?

—Hace tres minutos.

—¿Por algo en particular?

—Sí.

—¿Y eso es?

—Hablar con mi marido, Marta. Hablar con mi marido sobre las razones reales por las que cada uno hace lo que hace. Por eso. Cita esta semana. Que sea miércoles, mejor.

Colgó.


A esa misma hora, Don Emilio Salvatierra recibía a Alejandro en su despacho.

Alejandro se sentó con la cara de un hombre que no esperaba ser felicitado pero que tampoco esperaba ser ejecutado.

—Abuelo.

—Hijo. Sé que mandaste a alguien.

—Yo no sé de qué…

—Alejandro. La frente abierta del sábado, hijo, costó cuarenta y dos puntos del Grupo Ríos en los mercados. Esto es lo que va a pasar. Tienes una semana para hacer la maleta y mudarte a la oficina de Bruselas. Dos años. Hijo. Dos años. Si en dos años te has portado bien, vuelves. Si no, te quedas allí. La oficina de Bruselas la diriges tú. El sueldo es el doble del que tienes ahora. La razón es esta. Si te quedas en esta ciudad, vas a seguir intentando matar a tu hermano. Lo entiendo. Llevas siete años. Te conozco. Pero ya no se puede. La boda lo cambia todo. Tu hermano ya no es tu hermano. Es el marido de la heredera del Grupo Ríos. Y eso, hijo, lo protege por reflejo de un país entero. No lo entiendes. Ya lo entenderás.

—Abuelo.

—Una semana. Bruselas.

—Yo no…

—Si no aceptas, hijo, te paso los papeles del Grupo Salvatierra a tu hermano la semana que viene. No el día del nacimiento del hijo, como prometí. La semana que viene. Adelantamos el plan. Esto te lo prometo.

—No te atreverías.

—Hijo. Probablemente sí. Por ahorrarte la duda, ¿la quieres comprobar?

Alejandro se quedó muy quieto.

—Bruselas —dijo, despacio.

—Bruselas. Y una vez allí, hijo, no me llamas. Vienes a las Navidades. Una cena. Te vuelves al avión. No quiero verte. Sé lo que has intentado el sábado. Y lo cobro durante dos años. ¿Estamos?

—Estamos.

—Bien. Sal.

Alejandro salió.

Bajó por la misma escalera por la que su hermano había bajado tres días antes. Pasó por el mismo recibidor. Llegó al mismo coche. Se metió dentro.

Antes de arrancar, sacó el móvil. Marcó.

—Madre.

—Hijo.

—Bruselas. Dos años.

—Lo sospechaba.

—No me voy.

—¿Cómo que no te vas?

—Me quedo, madre. Aquí. En esta ciudad. Voy a parar, durante dos años, oficialmente. Pero no me voy. Y a partir de este lunes, todo lo que mueva, lo muevo a través de ti.

—Me parece bien, hijo.

—¿Estás de acuerdo?

—Estoy. Hijo. Aprende esto rápido. Las guerras de familia no se pierden en frente. Se pierden en flanco. Tu abuelo es un hombre de frente. Tu hermano es un hombre de frente. Tu cuñada es una mujer de frente. Nosotros vamos a ser, los próximos dos años, los únicos jugadores de flanco que queden en el tablero. Y eso, hijo, se va a notar al cabo de seis meses. Mientras tanto, sí. Bruselas. Oficialmente. ¿Estamos?

—Estamos.

Colgó.

Y en una mansión, en un tercer piso, una mujer de veintiocho años en silla de ruedas releyó por tercera vez la nota de prensa que iba a firmar a las once y media, mientras sin saberlo, mientras absolutamente sin saberlo, dos viejos amigos de la otra punta de la ciudad acababan de aceptar, despacio, que la guerra que ellos creían haber empezado para arreglar a sus nietos llevaba ocho meses empezada por otra mujer.

Una mujer en seda gris.

Bebiendo té.

Mirando.

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