UN ESPOSO PARA LA CEO PARALITICA

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Capítulo 5 CAPÍTULO 5

Las Reglas

A las seis y media exactas, Máximo bajó al comedor pequeño.

Iba afeitado. Iba peinado. Iba con la camisa medio bien, los pantalones de un traje gris que era el más caro que tenía y los zapatos que no le habían visto desde una cena de gala dos años atrás. Tenía la frente cubierta con un esparadrapo discreto. El labio sin sangre. Los ojos cansados. Los ojos cansados de no haber dormido y de haber pasado seis horas pensando en una mujer que él había metido en una silla de ruedas por una borrachera de noviembre.

Anabella ya estaba en la mesa.

Café. Tostadas. Un montón de papeles. Las gafas de leer puestas. La camisa blanca. El pelo recogido. La cara de mujer que llevaba tres horas trabajando y que iba a seguir trabajando durante doce más.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días. Siéntate. Toma café. Lee esto.

Le pasó una carpeta.

Máximo se sentó. Cogió el café. Abrió la carpeta. Encontró cuatro folios mecanografiados con el título Reglas del Matrimonio en mayúsculas.

—¿Es en serio?

—Muy en serio.

—¿Las redactaste tú?

—Con mis abogados. A las cinco de la mañana. Mientras tú no dormías. Léelas. Te las explico. Si tienes preguntas, las haces. Si no tienes preguntas, las firmas. Si las firmas, no las violas. Si las violas, mi abuelo se entera. Si mi abuelo se entera, le dice al tuyo. Si tu abuelo se entera de que las has violado, se acaba el contrato y se va todo a la mierda incluido lo que tu abuelo te dijo que conservaba mientras durase esto, que para mí no es ningún misterio, por cierto, porque tu abuelo y el mío llevan cuarenta años jugando partidas como esta y siempre hay un caramelo encima de la mesa para los dos. ¿Vamos?

—¿Cómo sabes lo del caramelo?

—Te lo dije. Cuarenta años.

—¿Cuál es el mío?

—El Grupo Salvatierra. Si me das un hijo en doce meses.

Máximo se quedó muy quieto.

—¿Tu abuelo te dijo eso?

—Mi abuelo me dijo lo necesario. El resto lo deduje yo en una noche. No me subestimes, Máximo. No es un consejo. Es un aviso.

—Anabella.

—¿Sí?

—Yo no quiero ese caramelo.

—Vale. Pero tendrás que probar eso durante un año. Cosa difícil. Bueno. Las reglas.

Le pasó el primer folio.

Y se las leyó. Las quince. En voz alta. Sin levantar los ojos del papel.

—Una. No entras al tercer piso. Mi suite es mía. Si necesitas algo de mí, me mandas un mensaje o le dices a Marta. Dos. No me hablas en público de la silla. No me preguntas si me duele. No me ofreces empujarme, levantarme, cargarme, llevarme. No me ofreces piedad. Si alguna vez me caigo, te quedas exactamente donde estás. Te juro que ya he aprendido a levantarme sola.

—Anabella.

—Espera, llevamos dos. Tres. No bebes en esta casa. Ni una copa. Si quieres beber, te vas al casino. Pero si te vas al casino y te emborrachas y sale una foto, se acaba el contrato. Cuatro. No hay mujeres ajenas a este matrimonio. Si necesitas sexo, me lo dices. Te pido un favor a un médico amigo o vamos a un hotel. Pero no entran terceras personas en esta casa.

—¿Acabas de ofrecerme sexo, Anabella?

—No. Acabo de ofrecerte un protocolo. No te emociones.

—Vale. Continúa.

—Cinco. Si yo te ofrezco sexo a ti, también es protocolo. No esperes nada después. No me digas te quiero aunque te salga del fondo del alma. Si alguna vez te sale del fondo del alma, te lo guardas. Esto, además, es por tu bien. No por el mío.

—Recibido.

—Seis. Apoyas mis decisiones en público. En privado puedes discrepar. Pero en público no me contradices delante de ningún hombre de mi consejo. Si lo haces una vez, hablamos. Si lo haces dos, divorcio. Y conste que en el contrato firmado ante notario, divorcio significa que te quedas sin el caramelo. Cosa que ya hemos establecido que tú no quieres. Pero por las dudas.

—Por las dudas.

—Siete. Mis empleados son míos. Los empleados de la casa son míos. Tú no das órdenes a nadie del servicio. Para nada. Ni un café. Marta es mi mano derecha. La señora Ramírez es mi ama de llaves. El chófer es mío. Si necesitas chófer, llamas a tu abuelo. Si necesitas un café, te lo haces.

—¿Sé hacerme café?

—Tendrás que aprender, Máximo. La cocina es la habitación del fondo del primer piso. Hay un manual de instrucciones del Nespresso pegado en la pared porque mi abuelo, que es de la generación que también desconocía el café en cápsulas, lo dejó ahí hace doce años y nadie se atrevió a quitarlo. Lo lees y lo aplicas.

—Anabella.

—Ocho. Tus visitas familiares se gestionan conmigo. No quiero ver a tu hermano Alejandro en esta casa. Tu padre puede venir si avisa con dos semanas. Tu abuelo Emilio puede venir si llama el mismo día. Tu madrastra Ofelia no entra. La frase no entra significa que si la veo en mi recibidor llamo a seguridad y la sacan. Esto es no negociable.

—Recibido.

—Nueve. La prensa la gestiono yo. Marta te va a dar dos frases por escrito que debes saberte de memoria por si te paran a la salida de algún sitio. Las repites como un loro y te vas. No improvisas. No bromeas. No te pongas creativo. No te creas un don gracioso que no tienes.

—Cabrona.

—Cabrón.

—Vale. Diez.

—Diez. Cuando salgas de noche a algún sitio, lo apuntas en la agenda compartida. No me preguntes por qué. Es por mi seguridad.

—¿Tu seguridad?

—Mi seguridad. Once. Si te dicen algo malo de mí en algún sitio, no me defiendas. No me defiendas, Máximo. No necesito un marido jadeando para protegerme. Si quieres ayudarme, te callas y me dejas a mí. Si necesito tu ayuda, te aviso.

—Pero…

—Once. Doce. Si tu hermano te ataca otra vez, lo gestiono yo. Si mi prima Victoria me ataca a mí, lo gestionas tú. ¿Estás de acuerdo?

—¿Por qué al revés?

—Porque tu hermano me tiene miedo. Y mi prima a ti todavía no te conoce, así que de momento eres una sorpresa.

—Anabella.

—Trece. La habitación del fondo del jardín, la del rincón embrujado, la dejas como está. Es la habitación de mi abuela. Si la tocas, te mato. Catorce. La biblioteca del segundo piso es mía. Si quieres leer, lees en tu cuarto. Quince. Y la última.

—Dime.

—Si en algún momento te enteras de algo malo sobre mí. Algo que yo no sé. Algo que pueda hacerme daño. Me lo cuentas. Aunque no quieras. Aunque te cueste. Aunque hayas firmado con alguien lo contrario. Me lo cuentas. Yo te prometo lo mismo a ti. Esto es lo más importante de todo el contrato. ¿Entendido?

Máximo se quedó muy quieto.

Anabella lo miraba sin sonreír.

—Entendido —dijo él, despacio.

—Bien. Firma.

Le pasó un bolígrafo. Le pasó las quince hojas.

Firmó.

—Una cosa —dijo Máximo.

—Dime.

—Yo también tengo una regla.

—¿En serio? ¿Tú? Adelante, escucho.

—Cuando entres al comedor por la mañana, no me ofrezcas café. Yo me lo hago. Cuando entre yo, no me ofrezcas café. Yo me lo hago. Cuando viaje, no me preguntes si quiero café. Yo me lo hago. No te lo pido por orgullo. Te lo pido porque las únicas cosas pequeñas que un hombre puede hacer por una mujer así son las cosas pequeñas. Y a las pequeñas hay que darles tiempo.

Anabella se quedó tres segundos enteros sin decir nada.

—Vale.

—¿Anotado?

—Anotado.

—Bien. ¿Más reglas?

—No, Máximo. Por hoy ninguna más. Vámonos a trabajar.


Trabajó hasta las once y veinte de la noche, Anabella.

Máximo trabajó hasta las once y veinte de la noche también, en el sentido de que no salió de la mansión. Se quedó en la biblioteca pequeña del primer piso —la que no era la del segundo, la que sí podía usar— leyendo carpetas que Marta le había dejado encima de la mesa esa tarde sin que él se lo pidiera. Carpetas del Grupo Ríos. La empresa de Anabella. Informes de los últimos cinco años. Auditorías. Balances. Listas de consejeros. Listas de proveedores.

Máximo leyó hasta las once y diecinueve de la noche. Cerró la última carpeta a las once y veintiuno.

Y a las once y veintidós oyó un grito desde el tercer piso.

No fue grande. Fue pequeño, ahogado, animal, contenido por una mano y luego soltado a medias.

Pero Máximo Salvatierra llevaba cinco años entrenándose para oír el grito de una mujer bajo la lluvia, así que lo oyó perfectamente, aunque sonara cuatro pisos y veinte años más lejos del que él esperaba.

Subió las escaleras de dos en dos.

Llegó a la puerta del tercer piso. Estaba cerrada.

—Anabella.

Silencio.

—Anabella. ¿Estás bien?

Silencio.

—Anabella, voy a abrir.

—No abras —contestó ella, con la voz de una mujer que llevaba cinco minutos despertando de algo y otros tres tratando de recuperar la dignidad—. Estoy bien.

—¿Pesadilla?

—Sí.

—¿La de siempre?

—La de siempre.

—¿Quieres que te abra?

—No.

—¿Quieres un vaso de agua?

—Máximo.

—Dime.

—Sí. Pero déjamelo en la puerta y vete a tu piso. No quiero verte ahora.

—Vale.

Bajó a la cocina. Cogió un vaso. Lo llenó con agua del grifo, porque a las once y veintidós de la noche del primer día de casados no le pareció una buena idea ponerse a buscar dónde guardaba ella el agua embotellada. Subió otra vez al tercer piso. Lo dejó en el suelo, junto a la puerta. Llamó dos veces con los nudillos. No esperó respuesta.

Bajó.

Diez minutos después, ya en su cuarto, oyó que la puerta del tercer piso se abría. Una rueda contra el parqué. Tres segundos. La puerta otra vez. El vaso ya no estaba.

Esa noche Máximo Salvatierra estuvo despierto hasta las cuatro y trece minutos de la madrugada.

Estuvo despierto pensando en la pesadilla de Anabella Ríos.

Estuvo despierto preguntándose si la pesadilla que la mujer del piso de arriba tenía cada noche desde hacía cinco años era exactamente la pesadilla de un Mercedes negro saliéndose de un carril a cien por hora bajo la lluvia.

Probablemente sí.

Cerró los ojos a las cuatro y catorce.

No durmió.

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