Capítulo 4 CAPÍTULO 4
La Mansión
❦
La luna de miel oficial duró cero días.
Anabella había dejado claro en el contrato prematrimonial que no habría viaje. Don Emilio había firmado el documento sin protestar porque a los setenta y ocho años entendía mejor que su nieto que ciertas batallas no se daban. Rafael había sonreído despacio al leer la cláusula, como un hombre que reconoce la mano de su nieta.
Llegaron a la mansión Ríos a las siete y diez.
Sábado. Siete y diez.
—Tercer piso. Es mi suite. Es lo único que no te quiero enseñar.
—Anabella.
—Dime.
—No vine a invadirte la suite. Vine a no aparecer en una cárcel suiza.
—Vale. Cómo me tranquilizas. Vamos a empezar bien.
—¿Y dónde duermo yo?
—Piso del fondo. Hay seis habitaciones. Elige la que quieras. La que tiene el baño de mármol verde es la mejor. La que da al jardín es la más fría en invierno. La del rincón, según mi gobernanta, está embrujada por mi abuela, pero te aseguro que es mentira porque mi abuela me quería bastante y a ti, según ella, te miraría con piedad. Así que duerme tranquilo donde quieras.
—La del jardín.
—¿La fría?
—Sí.
—¿Por qué?
—Por nada, Anabella. Por dormir, en general.
Subieron al elevador. Anabella entró primero con la silla, Máximo después. El elevador era pequeño, antiguo, restaurado en los años cincuenta y conservado por testarudez familiar. Subir los tres pisos costaba treinta y cuatro segundos. Los dos los aguantaron sin mirarse.
A los catorce segundos, Anabella habló.
—Una cosa.
—Dime.
—Lo de la sangre del labio. ¿Qué pasó?
—Te dije. Mi hermano.
—¿Te atacó él?
—Mandó a alguien.
—¿Y viniste a la catedral así porque no te dio tiempo a cambiarte o porque querías que yo lo viera así?
—Las dos cosas, supongo.
—Mira tú qué romántico.
—Lo siento.
—No te lo digo en serio. Te lo digo en broma con muy poca gracia. Cuando me casen contra mi voluntad por segunda vez, tendré más práctica con el humor.
—Espero no estar presente esa vez.
—Yo también.
El elevador se detuvo en el tercer piso. Anabella salió. Máximo se quedó.
—Buenas noches, Máximo.
—Buenas noches, Anabella.
—Ah. Una cosa más.
—Dime.
—Mañana a las seis y media en el comedor pequeño. Desayuno. Hay reglas. Te las voy a leer mañana.
—¿Por qué a las seis y media?
—Porque a las siete y media empieza mi jornada. Y la tuya también, ahora que firmaste un papel diciendo que ibas a ser un marido funcional durante un año.
—¿Funcional?
—Funcional. Una palabra que ya verás cuántas veces vas a oír en esta mansión.
El elevador se cerró.
Máximo bajó al piso del fondo. Eligió la habitación fría, la del jardín. Se sentó en el borde de la cama sin desvestirse. Se quedó así durante diez minutos, mirando el suelo de madera, escuchando el ruido pequeño de la casa.
Después llamó a su abuelo.
—Abuelo.
—Hijo. ¿Cómo fue?
—La novia me besó la frente y le pidió a la asistente que cancelara la luna de miel. ¿Es buena o mala señal, abuelo?
—Es la única señal posible con esa mujer. Tienes suerte.
—No me lo parece.
—Te lo parecerá. Dale tres semanas.
—Abuelo. Una pregunta.
—Dime.
—¿Tú sabes que Alejandro mandó a alguien a por mí esta tarde?
Don Emilio hizo una pausa. Una pausa pequeña, larga, dudosa.
—Lo sospechaba.
—¿Lo sospechabas?
—Lo sospecho desde que tu hermano cumplió diecisiete años, hijo. Soy un viejo lento, pero no soy un viejo tonto.
—¿Y qué piensas hacer?
—Hablar con tu padre.
—Mi padre no va a hacer nada.
—Lo sé. Hablar con él es una formalidad. Lo de hacer algo lo hago yo.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé todavía. Pero tu hermano va a aprender, a partir del lunes, que las bodas se respetan en esta familia. Aunque sean bodas por contrato. Aunque sean a las seis de la tarde de un sábado en una catedral medio vacía. Aunque la novia esté en silla. Tu hermano va a aprender. Esto te lo prometo.
—Abuelo.
—Dime.
—Gracias por sacarme del Royal anoche.
—No me las des. Te quedan trescientas sesenta y cuatro noches de matrimonio. Vas a maldecirme antes del miércoles.
Colgaron.
A esa misma hora, en la otra punta de la ciudad, en el ático del último piso del edificio Salvatierra, Ofelia Salvatierra se servía un té.
Era una mujer de sesenta y un años, vestida en seda gris, con un collar de perlas y la voz exacta de las mujeres a las que la sociedad les enseña a hablar bajo para que parezcan inofensivas y la propia naturaleza les da, por dentro, exactamente lo contrario. Era la madrastra de Máximo. Era la madre de Alejandro. Era la mujer a la que Don Emilio Salvatierra hubiera echado de su casa hacía veintidós años si no estuviera casada con su único hijo, y por eso no la había echado. Ofelia llevaba veintidós años cobrándole esa indecisión a la familia entera.
Le hicieron compañía dos personas esa noche. Alejandro, con un hielo derretido en el vaso de whisky. Y Victoria Ríos, con un sobre vacío en la mano.
—¿Y bien? —dijo Ofelia.
—Se casaron —dijo Victoria.
—Lo sé. Lo vi por las cámaras de la catedral.
—¿Tienes cámaras en la catedral del centro?
—Tengo cámaras en la sacristía. Hace dos meses. La catedral está en obras y el contratista es mío. Cosas que pasan.
Victoria sonrió.
—Eres deliciosa, Ofelia.
—Tú también lo serías, querida, si no fueras tan vulgar a la hora de hacer daño. Lo de la nota dejada en el banco es de aficionada.
—¿Te molestó?
—Me molestó que la dejaras donde Rafael la encontró. Aprende algo, Victoria. Cuando vas a hacerle daño a alguien, no firmes. Y cuando firmes, no firmes con tu nombre real. Esto te lo digo gratis. La próxima vez te lo cobro.
Alejandro soltó una risa pequeña.
—Madre.
—Dime.
—¿Y mi hermanito?
—En la mansión Ríos. Subió al piso del fondo a dormir solo. Esta información me costó dos mil euros del personal de servicio de la mansión Ríos. Quiero que sepas, hijo, que esta es ya tu boda. La pago yo. Está abierto el grifo.
—¿Y la chica?
—Subió al tercer piso. Ningún contacto físico desde el beso en la frente. Conversación de elevador de treinta y cuatro segundos. Cierre amistoso. Es la luna de miel más fría que ha tenido este país desde la de la infanta Isabel y el sobrino del rey, y aquello ya fue épico. Estamos bien, hijos. Estamos en el sitio donde quería estar.
—¿Y ahora qué?
—Ahora esperáis.
—¿Cuánto?
—El tiempo que haga falta. Yo le doy a este matrimonio seis meses antes de la primera grieta importante. Mientras tanto, miramos. Bebemos té. Tomamos nota. Y no firmamos las cosas que dejamos en bancos vacíos, querida Victoria.
Victoria sonrió otra vez. Más fría que antes.
—Lo aprenderé.
—Espero. Aprende rápido. Yo no enseño dos veces.
A la una y veinte de la madrugada, Máximo seguía sin dormir.
Se levantó. Cogió el móvil. Buscó en internet, con la curiosidad de un hombre que no quiere encontrar lo que va a encontrar, dos palabras concretas.
Anabella Ríos accidente.
Hubo doscientos cuarenta mil resultados.
Pulsó el primero.
Anabella Ríos, heredera del Grupo Ríos, ingresó la noche del 14 de noviembre tras un atropello con fuga en una calle del centro. Una noche de lluvia. Lesión medular T-12. La policía continúa buscando al conductor.
Catorce de noviembre. Cinco años atrás.
Una calle del centro. Lluvia.
Máximo se quedó mirando el techo de la habitación del fondo de una mansión que no era la suya, en un piso que no era el suyo, con una mujer dormida tres pisos por encima a la que acababa de jurarle delante de un cura que iba a cuidarla durante un año.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en cinco años, Máximo Salvatierra entendió perfectamente para qué su abuelo le había encontrado una mujer en silla.
No era para enamorarse.
Era para devolverle algo.
—Mierda —dijo en voz baja a la habitación oscura—. Mierda, abuelo. Mierda, mierda, mierda.
No durmió.
