Capítulo 6 Al paso del tiempo
Cinco años después
El sol de la tarde filtraba una luz cálida sobre el ventanal del estudio de diseño en Miami. Nataly revisaba los últimos bocetos de la nueva colección de interiores sobre el escritorio de cristal. Lucía más madura, con el cabello un poco más corto y una elegancia sobria que había construido a la fuerza durante su tiempo en Estados Unidos.
El sonido de unas risas infantiles al otro lado de la puerta de su oficina la hizo sonreír instintivamente.
Segundos después, la puerta se abrió y dos pequeñas de cuatro años entraron corriendo con dibujos en las manos. Eran idénticas: cabello castaño, ojos expresivos y una energía inagotable. Mishel y Camila, las mellizas cuyo descubrimiento en una ecografía a los meses de estar en Miami le cambió la vida para siempre.
—¡Mami, mira lo que pintamos con el tío Bayron! —exclamó una de ellas, apoyándose en las piernas de Nataly.
Detrás de ellas apareció Daniel, impecable en un traje gris sin corbata, sosteniendo dos vasos de café y mirando a Nataly con una devoción que jamás había intentado ocultar en los últimos tres años.
Daniel era el director de la firma de arquitectura con la que Nataly colaboraba. Un hombre atractivo, educado, atento y con la estabilidad emocional que Nataly creía necesitar. Había estado a su lado en los momentos más difíciles de su carrera, demostrándole paciencia y un amor maduro, a pesar de saber que el corazón de ella guardaba un candado que nadie había logrado abrir.
—Les dije que no interrumpieran a su mamá mientras trabajaba —dijo Daniel con una sonrisa cálida, acercándose a la mesa para dejar el café y acariciar la cabeza de una de las niñas.
—Está bien, Dani. Ya casi terminaba —contestó Nataly, tomando los dibujos de sus hijas con ternura.
—Tía Andi dijo que nos va a llevar por helados —anunció la otra pequeña, jalándole la manga a Daniel.
—Entonces es mejor que vayan con ella antes de que se arrepienta —bromeó Daniel, guiñándoles un ojo.
Andi apareció en el marco de la puerta con las llaves del coche en la mano. Le dio una mirada de complicidad a Nataly y se llevó a las niñas por el pasillo, dejando a la pareja a solas.
El silencio del estudio volvió a instalarse, pero esta vez con una tensión suave. Daniel rodeó el escritorio y se apoyó contra el borde, mirando a Nataly a los ojos.
—Te ves cansada, Naty —comentó él en tono suave, inclinándose un poco para tocarle la mejilla con los nudillos—. Llevas semanas trabajando hasta tarde en este proyecto.
—Es una oportunidad enorme para la firma, Daniel. No quiero fallar —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza ante el contacto, aunque sin corresponder con la misma pasión que él siempre le ofrecía.
Daniel suspiró. Llevaba dos años intentando que Nataly le diera una oportunidad formal como pareja. Aunque compartían salidas, eventos y un cariño innegable, entre ellos nunca había pasado nada íntimo. Nataly siempre ponía una barrera invisible cada vez que el contacto físico amenazaba con cruzar la frontera de la amistad.
—Sabes que no tienes que demostrarle nada a nadie —dijo Daniel, tomando la mano de ella con firmeza—. Eres brillante. Y sabes perfectamente que yo estoy aquí para cuidarte a ti y a las niñas. Sabes lo que siento por ti, Nataly.
—Daniel... ya hemos hablado de esto —murmuró ella con voz pausada—. Te quiero muchísimo, pero mi prioridad son las niñas y mi trabajo.
—Y no te estoy pidiendo que cambies eso, Naty —respondió Daniel mirándola a los ojos con total sinceridad—. Al contrario. Quiero ser parte de tu vida, estar a tu lado para apoyarte y caminar juntos. No quiero quitarte espacio ni interponerme en lo que amas; quiero sumar y darte la estabilidad que mereces.
Nataly cerró los ojos un segundo, sintiendo una punzada de culpa. Daniel era el hombre perfecto, alguien que la respetaba y la valoraba. Por un momento quiso dejarse llevar, desear que el fantasma de los ojos grises y la posesividad enfermiza de Alejandro desapareciera de su mente para siempre.
Justo en ese instante, Andi volvió a entrar al despacho con el rostro pálido y la pantalla del teléfono encendida en la mano.
—Naty... tenemos un problema —dijo Andi, cortando el ambiente de golpe y sin importarle la presencia de Daniel.
Nataly se incorporó de inmediato, soltándose de la mano de Daniel.
—¿Qué pasa, Andi? ¿Las niñas están bien?
—Las niñas están bien, me esperan abajo con Bayron —Andi tragó saliva, mirando el teléfono con auténtico nerviosismo—. Se acaba de confirmar la lista de los socios inversores que vienen desde Italia para la gala del proyecto de la firma la próxima semana.
Nataly frunció el ceño, sintiendo una extraña opresión en el pecho.
—¿Y?
Andi levantó la mirada, fijándola en su cara con una gravedad helada.
—Alejandro viene desde Italia liderando esa delegación. Su grupo empresarial compró el cuarenta por ciento de las acciones del complejo que vas a diseñar.
