Capítulo 5 Traición
Nataly apoyó el juego de llaves sobre la mesa del comedor. Alejandro se las había dado hacía un mes para que pudiera ir a su departamento cuando quisiera, aunque ella solo iba cuando él la buscaba o la llamaba. Dejar ese manojo de metal sobre la madera se sentía como cortar la última cuerda que los unía.
Acomodó la hoja doblada justo debajo de las llaves. Releyó las líneas una vez más con los ojos nublados por las lágrimas:
"Alejandro:
-Esto se terminó. Lo nuestro no fue más que una calentura que duró demasiado. Me cansé de tus celos, de tus ataques de posesión y de estar en las sombras.
Me voy del país con el hombre que realmente amo, alguien que sí sabe lo que quiere y con quien voy a rehacer mi vida lejos de ti. No pierdas el tiempo buscándome. Nunca te quise y no pienso volver.
Nataly."
Tragándose el dolor que le desgarraba el pecho, tomó su maleta y salió del edificio. Subió a un taxi rumbo al aeropuerto; Andi la esperaba en Estados Unidos, para recibirla y ayudarla a empezar de cero.
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A las nueve de la noche, Alejandro entró a su departamento. Venía agotado tras un día pesado en la empresa, pero con la mente puesta únicamente en ella. Se sacó el celular del bolsillo del saco para marcarle a Nataly y pedirle que viniera, pero al avanzar hacia el salón se detuvo en seco.
Sobre la mesa del comedor, la luz de la lámpara iluminaba el brillo de las llaves de Nataly, puestas justo encima de un papel doblado.
Frunció el ceño. Dejó el teléfono sobre la barra y se acercó despacio. Tomó las llaves, sintiendo un mal presagio en el estómago, y desdobló la hoja.
A medida que sus ojos recorrieron las palabras de Nataly, el mundo se le vino abajo.
Por dentro, un golpe brutal le atravesó el pecho. Le dolió hasta el aliento. Alejandro jamás le había dicho «te amo» con palabras —su orgullo y su carácter cerrado se lo impedían—, pero para él era más que evidente. Desde que ella había vuelto a su vida, él no tenía ojos para absolutamente ninguna otra mujer; la buscaba, la celaba y vivía obsesionado con ella. Pensaba que Nataly lo sabía, que no hacía falta decirlo para que ella entendiera que le pertenecía en cuerpo y alma.
Leer que para ella solo había sido «una calentura» y que se iba con «el hombre que realmente ama» fue una puñalada directa al corazón y al ego.
La confusión y la rabia empezaron a quemarle las entrañas. ¿Quién demonios era ese tipo? ¿En qué momento se le había metido entre las piernas y la cabeza sin que él se diera cuenta? La idea de Nataly en los brazos de otro imbécil le hacía hervir la sangre.
Pero el orgullo de Alejandro era demasiado grande como para doblegarse o permitirse llorar por una traición. La sorpresa y el dolor doloroso se transformaron de golpe en una furia ciega, negra y calculadora.
Apretó el papel en su puño hasta volverlo una bola arrugada. Clavó los ojos grises en la penumbra del apartamento, con la mandíbula apretada y la respiración pesada.
—Si te vuelves a cruzar en mi camino... tú y ese imbécil se van a arrepentir de haber nacido.
