Capítulo 4 No tenemos nada
Llevaban ya dos meses atrapados en esa rutina clandestina y salvaje. Dos meses en los que se buscaban a todas horas, donde la cama era el único terreno que compartían, pero donde jamás se había hablado de noviazgo, de compromiso ni de futuro. Nataly lo amaba en silencio, se moría por él con una intensidad que le daba miedo, pero Alejandro nunca le había dado una sola muestra de afecto que no fuera puro deseo, celos y una posesividad sofocante. Para él, ella era una fijación física, una propiedad; nunca le había dicho que la quería ni le había dejado ver si sentía algo más profundo.
Esa incertidumbre la carcomía por dentro, pero en cuanto Alejandro la acorralaba, todas sus defensas se venían abajo.
Al llegar a la habitación del hotel, él la tiró sobre el colchón y la atrapó de inmediato con el peso de su cuerpo. Le sujetó los brazos arriba, contra la cabecera, inmovilizándola con firmeza mientras la miraba con esos ojos grises cargados de furia.
—Ni se te ocurra moverte —dijo él con la voz ronca, pegado a sus labios—. Eres mía, Nataly. Toda tú.
—Eres un bruto... —protestó ella, aunque la mirada de amor y desesperación en sus ojos lo decía todo. Se entregaba a él porque lo amaba, aunque sabía que él solo buscaba marcar territorio.
—Y te fascina —le espetó él sin rodeos.
Alejandro bajó directo a su cuello, mordiéndole la piel sin delicadeza, descendiendo hacia su pecho mientras le desabrochaba la falda con la mano libre. Le quitó la ropa interior de un solo tirón, dejándola al descubierto.
Él no perdió el tiempo; la tomó con firmeza de la cadera, abriéndose paso de un solo impulso profundo y directo. Nataly echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ahogado ante el choque sordo de la embestida.
—Mírame —exigió él, manteniendo un ritmo constante e intenso que hacía crujir la estructura de la cama—. Quiero que me mires a los ojos. Que te entre en la cabeza que ningún otro tipo va a ponerte una mano encima.
Ella le sostuvo la mirada, hundiéndose en esa fijación. Alejandro empujaba con fuerza, arrastrándola al límite en cuestión de minutos, pero en el fondo, Nataly sentía ese abismo: él la poseía con rabia y obsesión, pero jamás con ternura.
—Alejandro... —pidió ella entre jadeos, sujetándose de sus hombros.
—Aguanta —ordenó él con la voz áspera.
El placer la golpeó con una fuerza aplastante, haciendo que su cuerpo se contrajera alrededor de él. Alejandro soltó un gruñido bajo, aceleró el ritmo y terminó viniéndose dentro de ella, dejándose caer a su lado con la respiración cortada.
Tres semanas después, en la ciudad, la falta de certezas en su relación pasó la factura más cara.
Nataly llevaba diez minutos encerrada en el baño de su departamento. En el borde del lavabo descansaban dos pruebas de embarazo positivas. Ambas con líneas rojas bien marcadas.
Le temblaban las manos. Esa misma mañana había ido al médico por unos mareos constantes y la revisión le había confirmado lo peor: estaba embarazada.
Apoyó la espalda contra la puerta, sintiendo una opresión en el pecho. Llevaba dos meses acostándose con él sin ser nada formal, amándolo a escondidas sin saber si él sentía algo real por ella. Y para rematar, las palabras de Alejandro en la oficina le rebotaban en la cabeza como una amenaza:
«No voy a cometer un error. Sabes perfectamente que no quiero tener hijos. Ni contigo ni con nadie. Jamás.»
—Dios mío... —murmuró Nataly, tragándose las lágrimas.
Si no tenían un noviazgo, si él nunca le había dicho que la amaba y si odiaba la idea de ser padre, la noticia de este bebé solo significaba una cosa: Alejandro lo vería como una trampa o la presionaría para deshacerse de él. No había amor del cual sujetarse para pensar que él reaccionaría bien.
No iba a arriesgar la vida de su hijo ni a rogarle amor a un hombre que solo la buscaba por sexo.
Agarró el teléfono con dedos temblorosos y marcó a Andi.
—¿Andi? —soltó con la voz completamente quebrada.
—¿Naty? ¿Qué pasó? Estás llorando.
—Estoy embarazada, Andi...
Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea.
—¿Alejandro lo sabe? —preguntó Andi.
—No. Y no puedo decírselo. Llevamos dos meses acostándonos y nunca me ha dicho que me quiere, Andi. Además me dijo a la cara que jamás tendría hijos. Tengo pánico. Si se entera, me va a obligar a interrumpirlo o me va a hacer la vida un infierno.
—Escúchame bien —dijo Andi sin dudar un solo segundo—. Junta tus cosas. Ya hablaré con Bayron, ven a Estados Unidos. Aquí vas a tener apoyo y a ese bebé no le va a faltar nada. Pero si te recomiendo que cortes todo lazo con mi hermano. Si Alejandro se entera de que estás embarazada, te va a buscar hasta debajo de las piedras.
Nataly apretó el teléfono. El alma se le caía a pedazos por dejar al hombre que amaba, pero saber que para él solo era un pasatiempo pasional la empujó a tomar la decisión.
—Le voy a dejar una carta —dijo Nataly, secándose las lágrimas con rabia—. Una carta tan podrida que le destroce el orgullo. Si cree que me fui con otro hombre, jamás me va a buscar. Su propio ego lo va a mantener lejos de mí.
—Naty, el orgullo de mi hermano es peligroso...
—Es la única forma de salvar a mi hijo y de protegerme a mí misma.
