Tu y yo

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Capítulo 3 ¿Celos?

El salón de conferencias del hotel estaba a reventar. Nataly caminaba por el escenario con seguridad, proyectando los gráficos en la pantalla gigante. Llevaba una falda de tubo negra que se ajustaba a sus caderas como una segunda piel y una blusa de seda blanca, abotonada estrictamente hasta el cuello.

Desde la primera fila, Alejandro no le quitaba los ojos de encima. No miraba la pantalla; la miraba a ella. Observaba cómo se movía, cómo respiraba, cómo los demás hombres en la sala la devoraban con la mirada. Y eso le revolvía las tripas.

Cuando la presentación terminó y estallaron los aplausos, pasaron al salón contiguo para el cóctel de networking.

Nataly apenas había tomado una copa de champán cuando Arturo, uno de los principales inversores del proyecto —un tipo de unos cuarenta años, arrogante y con fama de depredador—, se acercó a ella.

—Impecable, Nataly. Sencillamente impecable —dijo Arturo, acortando la distancia entre ellos mucho más de lo necesario para una charla de negocios. Le rozó el brazo con la mano, dejándola allí unos segundos de más—. Es raro encontrar una mujer con tu nivel de inteligencia... y con esta presencia.

Nataly forzó una sonrisa profesional y dio un medio paso hacia atrás, intentando zafarse del contacto.

—Gracias, Arturo. Ha sido por el esfuerzo de todo el equipo.

—No seas modesta. Sé reconocer el talento cuando lo tengo delante —Arturo bajó la voz, inclinándose hacia su oído—. Deberíamos discutir los detalles de mi inversión esta noche. Conozco un restaurante muy discreto aquí cerca. Solo tú y yo.

Antes de que Nataly pudiera responder y mandarlo al diablo educadamente, una mano enorme y caliente se cerró sobre su cintura baja. Los dedos se le clavaron en la carne a través de la tela de la falda, apretando con una fuerza posesiva y brutal.

Alejandro se paró justo a su lado, pero su presencia llenó todo el espacio. Sus ojos grises estaban fijos en Arturo, fríos como el hielo, oscuros y cargados de una amenaza directa.

—La señorita Rodríguez no hace reuniones a solas con inversores, Arturo. Y mucho menos fuera del horario laboral —la voz de Alejandro fue un latigazo bajo, sin una gota de cordialidad.

Arturo frunció el ceño, enderezándose, intentando no dejarse intimidar.

—Alejandro, por favor. Solo le estaba ofreciendo una cena para hablar de negocios. No hace falta que te pongas a ladrar como un perro guardián.

Alejandro dio un paso al frente, obligando al inversor a retroceder. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.

—A mí no me hables de negocios. Sé perfectamente lo que estás buscando —le espetó Alejandro en un tono tan bajo y letal que solo ellos tres pudieron escucharlo—. Si vuelves a ponerle una mano encima, si vuelves a insinuarle una mierda, retiro tu capital del proyecto hoy mismo y me encargo de hundirte en cada banco de esta maldita ciudad. ¿Me has entendido?

Arturo palideció. Tragó saliva, asintió rígidamente y, sin decir una palabra más, dio media vuelta y desapareció entre la multitud.

Nataly se giró hacia Alejandro, con la sangre hirviéndole de indignación.

—¿Te has vuelto loco? —siseó ella entre dientes, mirando a los lados para asegurarse de que nadie los miraba—. ¡Es el inversor principal! Yo podía manejarlo sola. No necesito que vengas a marcar territorio como un cavernícola.

Alejandro no le contestó. La agarró del brazo, y tiró de ella, abriéndose paso por el salón hasta llegar a los ascensores.

—¡Suéltame, me estás lastimando! —protestó ella cuando las puertas metálicas se cerraron, dejándolos solos.

Alejandro la acorraló contra el espejo del ascensor de un empujón seco. Le atrapó ambas muñecas con una sola mano y se las inmovilizó por encima de la cabeza, apretando su cuerpo grande y duro contra el de ella, dejándola sin escapatoria.

—No vuelvas a cuestionarme en público —gruñó él, con la respiración agitada rozándole los labios—. ¿Te gusta que te miren? ¿Te gusta que tipos como ese te babeen encima y te inviten a cenar?

—¡Es mi trabajo, Alejandro! ¡Tengo que ser amable! —le gritó ella, respirando con dificultad, sintiendo el calor del cuerpo de él quemándola a través de la ropa—. Estás enfermo de celos.

—Sí, estoy enfermo —admitió él sin un gramo de arrepentimiento, pegando la nariz a su cuello para aspirar su olor—. Estoy enfermo por ti. Y me hierve la sangre solo de pensar en otro cabrón respirando tu mismo aire.

Alejandro le mordió el cuello, justo donde se unía con el hombro, con la fuerza suficiente para dejarle una marca roja, un moretón que no iba a poder ocultar fácilmente. Nataly ahogó un gemido, sintiendo esa mezcla tóxica de rabia y excitación que siempre la traicionaba cuando él se ponía así.

El ascensor hizo un pitido al llegar a la planta de las suites. Alejandro la soltó de golpe, la agarró por el brazo y la arrastró por el pasillo hasta la puerta de su habitación.

Metió la tarjeta, empujó la puerta con el hombro y, antes de que se cerrara del todo, ya le estaba arrancando la blusa de seda sin importarle que los botones saltaran por los aires.

—Esta noche te voy a dejar tan claro a quién le perteneces que ni siquiera vas a poder caminar derecho mañana —le susurró él, tirándola sobre la cama.

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