Tu y yo

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Capítulo 2 Fuego

El despacho que el padre de Nataly había dispuesto para el proyecto era sofocante. Dos escritorios de madera demasiado juntos y una puerta pesada que aislaba el espacio del resto de la planta.

Nataly llevaba una hora intentando concentrarse en los presupuestos, pero el sonido de las teclas que Alejandro presionaba al otro lado la volvía loca. Él no llevaba la chaqueta; se había arremangado la camisa blanca hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos marcados y una vena gruesa que se le hinchaba en el puño.

—Si sigues mirándome así, no vamos a terminar esto hoy —dijo Alejandro sin levantar la cabeza.

—Estoy mirando el monitor, Alejandro. No te des tanta importancia.

Él dejó de escribir de golpe. Levantó la vista y la clavó en la silla con una mirada que a Nataly le hizo apretar las piernas instintivamente.

—Ayer en el coche no te hacías la difícil —soltó él sin filtro—. Sé perfectamente cómo te pones cuando te tengo cerca.

Nataly sintió cómo la cara le ardía de rabia. Se levantó de la silla de golpe.

—¡Estamos en la empresa de mi padre! Compórtate como un profesional.

Alejandro rodeó la mesa con pasos lentos, como un depredador, y caminó directo hacia ella hasta acorralarla contra el borde del escritorio.

—¿Profesional? —murmuró él, pegando su boca a la de ella—. Llevo días sin dormir pensando en tenerte. Me importa una mierda la empresa y este proyecto.

La agarró del cuello con firmeza y la besó con una rabia salvaje, imponiéndose sin pedir permiso. Nataly intentó resistirse un segundo, pero la diferencia de fuerza y la atracción enfermiza que sentía por él la aplastaron. Le rodeó la espalda, hundiéndole las uñas en la camisa mientras él la subía al escritorio.

Justo cuando la tensión física llegó al límite y la pasión amenazaba con desbordarlos por completo, Alejandro la detuvo de golpe. La tomó del rostro con brusquedad, mirándola fijamente con una seriedad fría y cortante.

—Dime que te estás cuidando —exigió con la voz áspera y dominante—. Dime que estás tomando la pastilla.

Nataly, confundida por el freno repentino, lo miró agitada.

—¿Qué?

—Anticonceptivos, Nataly —reiteró él, apretando las manos en sus caderas para dejarle claro que no bromeaba—. No voy a cometer un desacierto. Sabes perfectamente que no quiero tener hijos. Ni contigo ni con nadie. Jamás. Es una línea que no voy a cruzar bajo ninguna circunstancia.

Esas palabras cayeron sobre Nataly como un jarro de agua fría, pero la neblina del deseo pudo más que la razón.

—Sí, tomo anticonceptivos —aseguró ella, convencida en ese momento de que no había riesgo alguno—. No te preocupes, tampoco estoy buscando arruinarme la vida.

Tranquilizado por su respuesta, Alejandro dejó caer todas sus defensas y se entregó a la posesividad del momento, convencido de que tenía el control absoluto de la situación.

Minutos después, ambos quedaron recuperando el aliento en el penumbroso despacho. Alejandro se arregló la ropa sin el menor rastro de culpa, recuperando su máscara de autocontrol como si nada hubiera pasado.

—Mañana salimos para el hotel donde se hace la presentación —dijo con tono frío antes de salir—. Prepárate.

Nataly se quedó sola en la oficina, con el corazón latiendo desbocado y una sensación inquietante en el pecho. La advertencia de Alejandro sobre los hijos

había sido clara, tajante y sin retorno.

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