Capítulo 1 Posesivo
El aire dentro del coche quemaba. Nataly apretaba los muslos, sintiendo una punzada caliente entre las piernas que intentaba ignorar a toda costa. Alejandro conducía con una sola mano en el volante, la mandíbula apretada y la mirada fija en la carretera nocturna.
Habían pasado años desde la última vez que lo tuvo tan cerca, pero el olor de su colonia —mezclado con el calor de su piel— la trasladaba directo a esa noche en el jardín. La noche en que ella se le regaló como una idiota y él huyó a Francia cobardemente.
—Deja de moverte —gruñó Alejandro sin mirarla. Su voz era grave, áspera.
—Tengo calor —mintió ella, pegando la espalda al asiento de cuero.
—No me parece que sea calor, Nataly. Estás nerviosa. Siempre te pones así cuando estás cerca de mi.
Nataly soltó una risa seca, intentando armarse de valor.
—No te creas tan importante, Alejandro. Ya no tengo quince años ni me ando arrastrando por ti.
Alejandro frenó el coche de golpe en el arcén de la carretera oscura. El cinturón de seguridad se clavó en el pecho de Nataly. Antes de que pudiera protestar, él se desabrochó su cinturón, se giró en el asiento y la agarró del cuello con una sola mano, apretando lo suficiente para cortarle un poco el aliento, pero sin hacerle daño.
La mirada de él era pura oscuridad. Un gris oscuro, cargado de rabia y posesión.
—Escúchame bien —susurró él, pegando sus labios a los de ella, sintiendo el aliento agitado que se le escapaba a la chica—. No me provoques. No sabes la maldita tortura que ha sido estar lejos de ti todo este tiempo, intentando sacarte de mi cabeza a base de alcohol y mujeres que no me importaban una mierda.
Nataly sintió un escalofrío eléctrico recorriéndole la columna. El agarre en su cuello, la presión de su cuerpo grande intimidándola contra la puerta del copiloto... todo en él la encendía de una forma enfermiza.
—Te fuiste —le espetó ella, con la voz entrecortada, hundiéndole las uñas en la muñeca con la que él la sujetaba—. Me dejaste tirada después de que te besé. Eres un cobarde.
—Me fui porque eras una niña y yo un enfermo que quería meterse entre tus piernas —reveló él sin rodeos, bajando la mano de su cuello para apretarle la cintura con fuerza, clavando los dedos en su carne—. Me fui para no arruinarte la vida. Pero ya creciste, Nataly. Y ahora estás aquí.
Nataly ahogó un gemido cuando la mano de Alejandro bajó hasta su muslo, subiéndole la falda de un tirón hasta dejar al descubierto su ropa interior. El roce de sus dedos gruesos contra la tela húmeda la hizo arquear la espalda.
—Mira cómo estás... —murmuró él con tono burlón y posesivo, rozándola sin piedad—. Sigues siendo mía. Aunque intentes hacerte la fuerte.
—Suéltame, Alejandro... —pidió ella, pero sus manos no lo empujaban; lo sujetaban de los hombros, atrayéndolo más.
—Pídemelo de verdad y te suelto. Pídemelo mirándome a los ojos.
Nataly abrió los ojos, hundiéndose en esa mirada oscura. No pudo decirlo. En lugar de eso, tiró de él y lo besó. Un beso sucio, con lengua, desesperado, lleno de la rabia y el deseo acumulado durante años. Alejandro respondió mordiéndole el labio inferior, sacándole un gemido ahogado mientras metía la mano por debajo de su braga para tocar la humedad hirviente que lo estaba esperando.
—Maldita seas —gruñó él contra su boca, separándose apenas unos milímetros con la respiración agitada—. Esta noche no, pero te juro que no vas a tardar en estar desnuda en mi cama.
Alejandro la soltó de golpe, le acomodó la falda con brusquedad y volvió a poner las manos en el volante. Arrancó el coche de nuevo, dejando a Nataly temblando en el asiento, con el corazón en la garganta y la piel en carne viva.
