Capítulo 6 El primer roce en la intimidad forzada
POV VICTORIA
El portazo de la sala de juntas de los Ashford todavía resonaba en mis oídos cuando el ascensor privado comenzó a descender hacia el estacionamiento subterráneo. El aire atrapado en la cabina de cristal se sentía espeso, cargado con la electricidad residual de la bomba que Dante acababa de detonar en la cara de nuestros padres.
Miré de reojo al hombre que estaba de pie a mi lado. Dante no se había movido ni un milímetro desde que salimos de la sala. Mantenía la vista fija en las puertas de metal, pero la tensión en sus hombros era tan evidente que parecía un resorte a punto de romperse. El saco del traje, apretado y ajeno, se amoldaba a la violenta rigidez de su espalda.
—¿Estás demente? —solté, incapaz de contener el torrente de adrenalina que me quemaba el pecho—. Te acabas de declarar la guerra a Arthur Ashford en su propio terreno. Pensé que habías dicho que esto era solo una farsa temporal, que firmaríamos el divorcio en cuanto pasara la tormenta.
Las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo electrónico, revelando la penumbra del sótano. Dante caminó hacia el auto sin responder de inmediato, obligándome a apresurar el paso para no quedarme atrás. Abrió la puerta del copiloto con un movimiento brusco y se giró hacia mí, acorralándome entre su cuerpo y el marco del vehículo.
—Lo que hice en esa sala fue protegerte, Victoria —su voz fue un susurro áspero, una vibración baja que me golpeó directo en el rostro—. Si firmaba ese poder, tu padre y el mío te habrían dejado sin un solo centavo antes del mediodía. Te habrían desechado en cuanto Sebastien regresara con el rabo entre las piernas. ¿Eso es lo que querías? ¿Volver a ser la marioneta de tu familia?
Sus ojos oscuros estaban encendidos, despojados por completo de la sumisión que solía fingir ante el mundo. La cercanía era tan abrumadora que podía oler el aroma de su piel, esa mezcla de tabaco, menta y el calor puro de un hombre que acababa de arriesgarlo todo por mí.
—No... —alcancé a articular, sintiendo que la garganta se me secaba bajo la intensidad de su mirada—. Pero ahora estamos encadenados. Me usaste como escudo para quedarte con el puesto de Sebastien.
Una mueca de dolor cruzó las facciones toscas de Dante. Retrocedió un paso, como si mis palabras le hubieran dado un golpe físico, y apretó los puños.
—Nunca te usaría, Victoria. Métete eso en la cabeza —sentenció, rodeando el auto para subirse al asiento del conductor.
El trayecto de regreso al departamento fue un tormento de silencios. Cuando entramos de nuevo a su refugio minimalista, la realidad de nuestra situación nos golpeó de frente. Ya no éramos dos extraños compartiendo un techo por una emergencia de unas horas; éramos socios en un juego de traición de alta sociedad, atados por un contrato matrimonial que Dante se negaba a disolver bajo las condiciones de su padre.
Me quité los tacones con un suspiro de cansancio y caminé hacia la sala, frotándome las sienes. El suéter de punto me pesaba, la corona de cristales invisibles de la farsa me aplastaba.
Dante se quitó el saco del traje de un tirón y lo arrojó sobre un sillón. Empezó a desabotonarse el cuello de la camisa con dedos torpes, frustrado por la opresión de la prenda. Dos botones saltaron, revelando la base de su cuello fuerte y un fragmento de su pecho bronceado.
—Necesito que te quites eso —dijo de pronto, deteniéndose en medio de la sala.
Lo miré, con el corazón dándome un vuelco violento.
—¿Qué?
—El suéter —aclaró, dando un paso lento hacia mí. Sus ojos bajaron hacia mis manos—. Tienes la piel del cuello roja. Ese material te está dando alergia por el estrés. Te dije anoche que tomaras lo que quisieras de mi armario.
El tono de su voz no era una orden corporativa; era una mezcla de torpeza y una preocupación tan genuina que me desarmó por completo.
Caminé hacia la habitación principal casi de manera hipnótica, consciente de que sus pasos pesados me seguían a una distancia prudente. Abrí su armario y, esta vez, Dante se estiró por encima de mi hombro para descolgar una camiseta de algodón gris, lavada y suave. El roce de su pecho contra mi espalda, aunque duró un microsegundo, me provocó un escalofrío que me erizó la piel por completo.
Me giré, quedando atrapada entre el armario y su cuerpo imponente. El espacio era tan reducido que mi respiración agitada chocaba contra su abdomen desnudo.
—Puedo cambiarme sola, Dante —susurré, aunque mis ojos no podían despegarse de la forma en que sus labios se apretaban.
Dante levantó una mano, despacio, como si estuviera lidiando con un animal salvaje que temía espantar. Sus dedos grandes y curtidos rozaron la línea de mi mandíbula, subiendo con una delicadeza infinita hasta apartar un mechón de cabello que me cubría el rostro. El contraste de su piel ruda contra la mía fue un chispazo eléctrico.
—Sé que puedes —respondió él, con la voz rota, la respiración acelerada—. Sé que puedes hacer todo sola, Victoria. Pero mientras lleves ese aro de plata en el dedo, no estás sola. Aunque me odies por haber tomado el lugar de mi hermano, voy a destruir a cualquiera que intente pisotearte. Incluso si ese alguien es mi propia sangre.
Sostuvo mi mirada por un segundo que se sintió como una eternidad, devorando mis dudas, alimentando un incendio silencioso que amenazaba con consumir las pocas barreras que nos quedaban. Su pulgar rozó la comisura de mi labio inferior, un toque tan cargado de posesividad y deseo contenido que estuve a punto de agarrarlo de la camisa para acortar la distancia.
Pero Dante se obligó a soltarme. Dio un paso atrás, cerrando los ojos para recuperar el control, y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé de pie, sosteniendo la camiseta gris contra mi pecho, escuchando los latidos desbocados de mi corazón en medio de la habitación del enemigo. El novio sustituto no solo le había declarado la guerra al holding Ashford; acababa de encender una hoguera en mi propio cuerpo, y el miedo a quemarme empezaba a volverse una adicción.
