Tras el divorcio, el novio sustituto reclama a su heredero

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Capítulo 5 Las garras del bastardo en la junta directiva

POV VICTORIA

El silencio dentro del auto de la compañía era asfixiante, pero el calor del cuerpo de Dante seguía irradiando a mi lado, justo donde sus dedos me habían sujetado la cintura frente a la prensa. Yo miraba mis manos, entrelazadas sobre el regazo, contemplando el tosco aro de plata que contrastaba con la sofisticación de mi ropa.

Dante no despegaba los ojos de la tableta digital. Su mandíbula seguía tan apretada que la línea de su perfil parecía esculpida en piedra. La declaración que había soltado ante los reporteros seguía resonando en mi cabeza: “Victoria Castillo es mi esposa por elección mutua”. Había sonado tan real, tan implacable, que por un segundo quise creerle. Quise creer que no era un juego de ajedrez corporativo para salvar el pellejo de nuestras familias.

El coche se detuvo frente al imponente rascacielos de cristal del Holding Ashford, en el corazón del distrito financiero. El epicentro del poder que me había sido prometido con Sebastien, y donde ahora entraba del brazo del hijo ilegítimo.

Al bajarnos, los empleados nos miraban de reojo, murmurando detrás de las pantallas de sus computadoras mientras caminábamos hacia el ascensor privado. Dante no aminoró el paso. Mantenía una postura erguida, imponente, ignorando las miradas de desprecio con una dignidad que me obligó a enderezar la espalda.

Cuando las puertas del piso de la alta gerencia se abrieron, el ambiente se volvió gélido.

En la sala de juntas, mi padre y Arthur Ashford rodeaban la enorme mesa de caoba, devorando con la mirada las pantallas que mostraban las acciones de la empresa estabilizándose lentamente tras la aparición pública de Dante. El truco de la "boda por amor de último minuto" había funcionado con los inversionistas, pero el ambiente apestaba a resentimiento.

—Vaya, miren quién decidió aparecer —escupió mi padre en cuanto cruzamos el umbral, dedicándole a Dante una mirada cargada de asco—. El salvador de pacotilla. Supongo que tengo que agradecerte que las acciones de los Castillo no se hayan devaluado a la mitad esta mañana, bastardo.

Dante no parpadeó. Caminó hacia el extremo opuesto de la mesa, apartó una silla para mí con una cortesía impecable, y luego se quedó de pie, apoyando los puños sobre la madera.

—No lo hizo por tu empresa, Castillo —intervino Arthur, el patriarca de los Ashford, con voz cortante—. Lo hizo porque es su obligación con este apellido. Aunque no tenga la sangre legítima de Sebastien, lleva mi marca. Ahora que la prensa se ha tragado la historia, tenemos que formalizar el traspaso de las acciones de la fusión. Obviamente, Dante no tendrá control sobre ellas. Firmará un poder absoluto para que yo maneje el capital de Victoria.

Un frío punzante me recorrió el pecho. Miré a mi padre, esperando que me defendiera, pero él simplemente asintió con la cabeza, encendiendo un puro con total indiferencia. Para ellos, yo seguía siendo una ficha de cambio, y Dante, el peón que usarían para moverla.

—Firma aquí, Dante —ordenó Arthur, deslizando un pesado documento legal a lo largo de la mesa—. Regresa a tu oficina en el sótano y mantén la boca cerrada ante los periodistas. Los abogados ya están redactando el acuerdo de confidencialidad para el divorcio que se firmará en un año.

El silencio que siguió fue sepulcral. Esperaba que Dante tomara la pluma con la misma sumisión con la que siempre había obedecido las órdenes de su padre. Esperaba que bajara la cabeza y aceptara las migajas, como me había dicho la noche anterior en la cocina.

Pero Dante no se movió.

Lentamente, apartó el documento con un solo dedo, arrastrándolo de vuelta hacia el centro de la mesa. Luego, levantó la mirada. Sus ojos oscuros ya no tenían la opacidad de un empleado sumiso; brillaban con una frialdad implacable, peligrosa, que hizo que el cigarro de mi padre se detuviera a mitad de camino a su boca.

—No voy a firmar eso —dijo Dante. Su voz fue un susurro bajo, pero con la fuerza de un terremoto que agrietó la seguridad de los dos viejos magnates.

—¿Qué dijiste? —Arthur se puso de pie, golpeando la mesa, el rostro rojo de furia—. ¡Olvidas a quién le debes todo lo que eres! ¡No eres más que un error que mantengo por caridad!

—Lo que yo sea no importa hoy, padre —replicó Dante, pronunciando la palabra "padre" con una ironía que cortaba el aire—. Lo que importa es que legalmente soy el esposo de Victoria Castillo. La fusión estipula que el control de las acciones unificadas pertenece al matrimonio. Si yo no firmo, la fusión no se legaliza ante la junta. Y si la fusión no se legaliza hoy, los inversionistas extranjeros retirarán sus capitales a las doce.

Mi corazón dio un vuelco. Miré a Dante, estupefacta. El hombre invisible del sótano había estado estudiando los contratos al milímetro mientras nosotros llorábamos la huida de Sebastien.

—¡Eres un maldito infeliz engreído! —rugió mi padre, señalándolo—. ¿Estás intentando chantajearnos usando a mi hija?

Dante dio la vuelta a la mesa con paso lento y seguro, deteniéndose justo detrás de mi silla. Apoyó una mano en el respaldo, muy cerca de mi hombro, haciéndome sentir el calor protector de su presencia.

—No estoy chantajeando a nadie. Estoy reclamando los derechos de mi esposa —sentenció Dante, clavando su mirada en su padre—. A partir de hoy, yo manejaré el fondo de la fusión. Yo tomaré el asiento en la junta directiva que le correspondía a Sebastien. Y si intentan forzar a Victoria a un divorcio antes de que yo lo decida, hundiré las acciones de ambas empresas antes de que termine el día.

Arthur Ashford temblaba de rabia, dándose cuenta de que el perro guardián que había criado para recibir los golpes acababa de soltarse de la correa y le estaba mostrando los colmillos.

Dante bajó la vista hacia mí por una fracción de segundo. No había triunfo en sus ojos, solo una promesa silenciosa de protección que me aceleró el pulso. El novio sustituto acababa de declarar la guerra a su propia sangre, y por primera vez en mi vida, sentí que no estaba sola en medio de los monstruos.

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