Tras el divorcio, el novio sustituto reclama a su heredero

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Capítulo 3 Primera noche en la cama del enemigo

POV VICTORIA

El silencio del departamento era tan denso que podía escuchar el eco de mis propios latidos. Me tomó casi veinte minutos deshacerme de las interminables capas de tul y encaje del vestido de novia. Sin la ayuda de una sirvienta, o de la madre que me había empujado al altar, tuve que contorsionarme hasta que los dedos me dolieron para deslizar la cremallera por mi espalda. Cuando el vestido finalmente cayó al suelo, como una enorme piel muerta y blanca, sentí que una parte de la asfixia abandonaba mi cuerpo.

Me quedé en ropa interior en medio de la habitación principal. Era un espacio amplio, dominado por una cama King Size vestida con sábanas de un gris carbón impecable. Todo en este lugar gritaba la esencia de Dante Ashford: desprovisto de adornos innecesarios, funcional, frío y extrañamente protector.

Busqué en la pequeña maleta de mano que mi chofer había subido antes de que todo el caos estallara. Mi madre solo había empacado lencería de seda fina y batas transparentes diseñadas para una noche de bodas real con Sebastien. Un amargo sabor a hiel me inundó la boca. No iba a usar eso aquí. No iba a humillarme más.

Caminé hacia el armario de Dante y lo abrí con timidez. Dentro, todo estaba perfectamente ordenado: camisas oscuras, trajes oscuros, abrigos pesados. Tomé una de sus camisas de algodón negro de uso diario. Al ponérmela, la tela me cubrió hasta la mitad de los muslos. Estaba tibia, impregnada de un aroma que me hizo cerrar los ojos por un segundo: madera, tabaco de alta calidad y un deje sutil de menta. Era el aroma del hombre que dormía en el sofá de al lado para no incomodarme.

Salí de la habitación descalza, guiada por una sed repentina que me quemaba la garganta. La sala estaba en penumbra, solo iluminada por las luces de la ciudad que se filtraban a través de los enormes ventanales que daban al vacío. Me detuve en seco al ver una silueta recortada contra el cristal.

Dante seguía despierto.

Se había quitado la camisa del traje prestado y vestía solo unos pantalones deportivos grises. Su espalda estaba desnuda, revelando una musculatura tensa, marcada por la sombra de las cicatrices finas que la luz de los rascacielos acentuaba. No tenía el cuerpo de un heredero que pasaba sus días en clubes de golf; sus hombros eran anchos, esculpidos por un esfuerzo que la alta sociedad prefería ignorar. Sostenía un vaso de whisky con un solo hielo, haciéndolo girar con un tintineo pausado y melancólico.

—Hay agua fría en la nevera, y vasos en la alacena de la derecha —dijo, sin volverse. Su voz baja y rasposa rompió la penumbra, demostrando que había notado mi presencia incluso antes de que yo diera el primer paso en la cocina integrada.

—Gracias —susurré, sintiéndome de pronto muy pequeña bajo su camisa.

Caminé hacia la cocina, esquivando su mirada, y me serví un vaso de agua. Mis manos temblaban ligeramente, provocando que el cristal chocara contra la jarra. El sonido pareció romper el autocontrol de Dante. Dejó su whisky sobre la barra con un golpe seco y finalmente se giró para mirarme.

Cuando sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo y se detuvieron en la camisa que llevaba puesta —su camisa—, vi cómo sus pupilas se dilataban en una fracción de segundo. Una vena comenzó a latir con fuerza en su cuello rígido. Para un hombre que fingía ser de piedra, su cuerpo reaccionaba con una violencia silenciosa ante mí.

—Te queda grande —comentó, con una voz que había bajado una octava, volviéndose más áspera.

—No tenía nada más que ponerme. Lo que empacó mi madre... no era adecuado para esta situación —respondí, cruzando los brazos sobre mi pecho en un gesto defensivo.

Dante soltó una risa amarga, un sonido seco que no llegó a sus ojos.

—Claro. Tu madre planeaba la noche de bodas perfecta con el heredero legítimo. No con el bastardo de repuesto. Lamentablemente, este apartamento es todo lo que puedo ofrecerte por ahora, Victoria. No hay lujos de diseñador aquí.

—¿Por qué te empeñas en rebajarte todo el tiempo? —le pregunté, dando un paso hacia él, impulsada por una mezcla de frustración y extraña fascinación—. En la catedral te quedaste callado mientras mi padre te insultaba con la mirada. Tu propio padre te trató como si fueras un objeto desechable para tapar las porquerías de Sebastien. Y ahora estás aquí, actuando como si me hubieras hecho un daño, cuando fuiste el único que no me dejó sola en ese altar.

Dante dio un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros con una velocidad que me hizo retroceder hasta que mi espalda chocó contra la encimera de mármol de la cocina. Se apoyó con ambas manos a los lados de mi cuerpo, atrapándome en su espacio personal. El calor que desprendía su piel desnuda me golpeó el rostro como una ola en pleno invierno. Podía oler el whisky en su respiración, una mezcla embriagadora que me aceleró el pulso.

—¿Quieres saber por qué me quedé callado, Victoria? —Su rostro estaba a escasos centímetros del mío, y sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa, desprovista de toda la sumisión que fingía ante el mundo—. Porque sé exactamente cuál es mi lugar. Desde el día en que nací, me enseñaron que todo lo que pertenece a Sebastien es sagrado, y que yo solo existo para recoger las migajas que él deja caer.

Él bajó la mirada hacia mis labios por un segundo que se sintió eterno, y juro que el aire se congeló entre nosotros. La tensión sexual acumulada en los últimos meses de reuniones familiares, donde nos mirábamos a escondidas mientras Sebastien presumía de mí, estalló en el aire como pólvora seca.

—Tú eras de él —continuó Dante, con un hilo de voz que sonaba a pura agonía—. Eras la mujer perfecta para el hijo perfecto. Estar de pie junto a ti en esa iglesia no fue un triunfo para mí, fue mi mayor tortura. Porque sé que me miras y solo ves el reflejo de lo que perdiste. Sé que estás deseando que fuera él quien estuviera tocando esta camisa ahora mismo.

—Eso no es verdad —dejé escapar en un susurro, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Quería estirar la mano y tocar la línea tensa de su mandíbula, quería decirle que Sebastien nunca me había mirado con esa devoción salvaje y posesiva que él contenía en sus ojos.

Pero el miedo me paralizó. Miedo a romper las reglas de este juego cruel, miedo a confesar que el bastardo de los Ashford me provocaba un incendio que su hermano jamás pudo encender.

Dante cerró los ojos, apretando los puños sobre el mármol hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Se alejó de mí de golpe, dándome la espalda como si el solo hecho de estar cerca de mí lo quemara.

—Vete a la cama, Victoria —ordenó, con una frialdad impuesta que me dolió más que un golpe—. Mañana será un día largo con la prensa en la puerta. No vuelvas a salir de la habitación vestida así. No tientes a un hombre que ya lo ha perdido todo.

Caminó hacia el estudio sin mirar atrás y cerró la puerta, dejándome sola en la cocina, con el vaso de agua intacto y el cuerpo temblando por una verdad que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar: el matrimonio de papel ya estaba empezando a quemarse.

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