Capítulo 2 Un esposo en las sombras
POV VICTORIA
Las campanas de la catedral repicaban con una fuerza que me taladraba los oídos, pero el interior del auto de bodas se sentía como un ataúd flotando en el vacío.
El chofer mantenía la vista fija en el frente, probablemente cobrando el triple por su silencio. A mi lado, en el asiento de cuero negro, el enorme vestido de novia ocupaba casi todo el espacio, aplastándome bajo capas de seda y tul. Y justo al lado de esa montaña de tela blanca, perfectamente rígido, estaba mi ahora esposo.
Dante Ashford.
Observé sus manos de reojo. Las tenía apoyadas sobre sus muslos, los puños tan apretados que la tela barata de los pantalones del traje prestado parecía a punto de rasgarse. No llevaba el anillo de oro blanco con diamantes incrustados que habíamos diseñado para Sebastien; en su lugar, un aro de plata liso y genérico, sacado a última hora de la guantera del auto de su padre, rodeaba su dedo anular. El recordatorio perfecto de lo que éramos: una farsa de urgencia.
—¿No vas a decir nada? —solté. Mi voz rasgó el silencio del auto, sonando más rota y furiosa de lo que pretendía.
Dante no se movió de inmediato. Giró la cabeza despacio, con esa lentitud pesada que parecía ensayada para no asustar a la gente, y me miró. Sus ojos, oscuros como el carbón, devoraron la palidez de mi rostro antes de volver a enfocarse en sus propias manos.
—¿Qué quieres que diga, Victoria? —Su voz fue un gruñido bajo, áspero, que raspó el aire acondicionado del coche.
—No lo sé, ¡cualquier cosa! —Exclamé, sintiendo que las lágrimas que había contenido durante toda la ceremonia finalmente me quemaban los ojos—. Acabas de casarte con la mujer que estaba comprometida con tu hermano. Tu padre te usó como un perro guardián para salvar sus malditas acciones y mis padres me entregaron a ti como si fuera mercancía defectuosa. ¿De verdad no sientes nada? ¿Ni un poco de rabia?
Una pequeña línea se dibujó en la frente de Dante, el único indicio de que mis palabras habían golpeado en algún lugar profundo. Su mandíbula se tensó tanto que temí que se le rompieran los dientes.
—La rabia es un lujo que la gente como yo no puede permitirse —respondió, con una frialdad que me erizó la piel—. Tú necesitabas un apellido en el altar para que tu familia no cayera en la ruina mañana por la mañana. Yo te lo di. Eso es todo.
—¿Eso es todo? —Me reí, una carcajada amarga y cargada de dolor—. Dante, firmamos un acta legal. Ante el mundo, soy tu esposa.
—Solo en el papel —sentenció, volviendo a mirar por la ventanilla ahumada—. Mañana, cuando el escándalo disminuya y las acciones se estabilicen, los abogados de mi padre prepararán los términos de la separación discreta. No tienes de qué preocuparte. No pretendo ocupar un lugar que no me corresponde. Sé perfectamente lo que soy para ti: el sustituto del hombre que de verdad querías allí.
Sus palabras cayeron como un balde de agua helada. Quise gritarle, quise decirle que yo no quería a Sebastien, que solo estaba cumpliendo con el deber que me habían impuesto, pero el orgullo me cerró la garganta. Además, ¿qué ganaba explicándome ante el bastardo marginado de los Ashford?
El auto se detuvo. Miré por la ventana esperando ver las luces del gran salón de fiestas del hotel Hilton, donde nos esperaban los quinientos invitados para la recepción. Pero no había fotógrafos, ni alfombra roja, ni música.
Estábamos frente a un edificio de apartamentos residencial, elegante pero apartado, en una de las zonas más discretas de la ciudad.
—¿Qué es esto? —pregunté, confundida.
—La recepción se canceló —dijo Dante, abriendo la puerta del auto antes de que el chofer pudiera bajarse—. Mi padre consideró que exhibirme ante los socios del holding sería "demasiado arriesgado" para la prensa económica. Este es mi departamento. Viviremos aquí el tiempo que sea necesario para mantener la fachada del matrimonio feliz ante los reporteros que vigilen la zona.
Bajó del auto y, por un segundo, se quedó de pie bajo la tenue luz de la calle. El traje le quedaba mal, sí, pero su postura recta y la anchura de sus hombros le daban un aire imponente, casi peligroso, que nada tenía que ver con la sumisión que mostraba ante su padre.
Me bajé sola, arrastrando el pesado vestido por el pavimento frío. Dante no intentó tomar mi mano, ni rodear mi cintura, ni actuar como un caballero andante. Se limitó a caminar dos pasos por delante de mí, abriendo las puertas del edificio en absoluto silencio, como un guardaespaldas pagado para escoltarme.
Al entrar al departamento, el vacío me golpeó el pecho. Era un lugar minimalista, de paredes grises, casi sin decoración, que olía a madera limpia y a café. No había rastro de lujos, ni obras de arte, ni nada que gritara el apellido Ashford. Era el refugio de un hombre invisible.
Me paré en medio de la sala, sintiéndome ridícula con mi corona de cristales y las capas de tul blanco.
Dante se quitó el saco del traje, arrojándolo sobre el respaldo de un sillón individual, y comenzó a desabotonarse los puños de la camisa, revelando unos brazos fuertes, marcados por venas gruesas.
—El dormitorio principal está al fondo del pasillo —dijo, sin mirarme, señalando la dirección con la cabeza—. Puedes usarlo. Yo dormiré en el sofá del estudio.
—Dante... —comencé, pero él me interrumpió levantando una mano.
—No tienes que forzarte a mirarme, Victoria. Sé que este es el peor día de tu vida. Mañana comenzaremos a planear cómo salir de este desastre. Por ahora, quítate ese vestido y descansa. Estás a salvo aquí.
Se dio la vuelta y entró al estudio, cerrando la puerta con un clic definitivo.
Me quedé sola en la sala oscura, escuchando el eco de mis propios sollozos contenidos. Me desabroché los primeros ganchos del vestido de novia con dedos torpes, mirando la puerta cerrada del hombre que me había salvado de la humillación pública, pero que me acababa de condenar a vivir con un fantasma.
