Tras el divorcio, el novio sustituto reclama a su heredero

Download <Tras el divorcio, el novio sus...> gratis!

DOWNLOAD

Capítulo 1 Novio sustituto

POV VICTORIA

El blanco del vestido de novia se sentía como una burla cruel contra mi piel. Se suponía que este era el día más feliz de mi vida, el evento del año para la alta sociedad que los periódicos llevaban meses anunciando. La fusión perfecta entre los Castillo y la prestigiosa dinastía Ashford.

Pero el camerino de la gran catedral se sentía como una celda de aislamiento.

—¿Aún no contesta? —pregunté, sintiendo cómo el frío de las paredes de piedra calaba hasta mis huesos. Mi voz sonó tan frágil que apenas la reconocí.

Mi madre, en lugar de mirarme, caminaba de un lado a otro destrozando la pantalla de su teléfono con dedos temblorosos. Su rostro, estirado por el colágeno y el pánico social, estaba rojo de furia.

—Ese maldito imbécil... —siseó entre dientes, ignorando mi pregunta. Estaba más preocupada por los quinientos invitados que murmuraban en las bancas de la iglesia que por el hecho de que su única hija estuviera a punto de ser humillada públicamente.

No hacía falta que lo dijera en voz alta. Lo sabía. Sebastien no iba a venir.

Sebastien Ashford, el heredero perfecto, el hombre con el que me habían comprometido para salvar los negocios de mi padre, había huido. Las notificaciones en mi propio teléfono habían comenzado a vibrar hacía diez minutos: fotos borrosas de él subiendo a un jet privado en el aeropuerto privado de la ciudad, acompañado por una modelo de la que todos en nuestro círculo hablaban a espaldas mías. Había escapado de su propia boda. Me había dejado plantada frente al altar del que se suponía era el boleto de salvación para mi familia.

La puerta del camerino se abrió de golpe, golpeando la pared. Mi padre entró arrastrando una tormenta de rabia, seguido de cerca por el viejo patriarca de los Ashford, Arthur. Ambos hombres exudaban el olor agrio del sudor y el pánico corporativo. Si la boda se cancelaba, las acciones de ambas empresas caerían en picada al abrir los mercados el lunes por la mañana.

—No podemos cancelar —declaró Arthur Ashford, con su voz de trueno artificial—. Los periodistas están en la entrada. Si la prensa se entera de que Sebastien huyó, estamos acabados. La fusión se mantiene.

—¿Y cómo demonios piensas hacer eso, Arthur? —le gritó mi padre, señalándome—. ¡El novio no está! ¿Quieres que mi hija camine hacia un altar vacío? ¡Es una humillación!

—El novio está aquí —replicó Arthur con una frialdad matemática. Se dio la vuelta hacia el pasillo y tiró del brazo de alguien que permanecía en las sombras—. Pásate para acá.

Un hombre dio un paso al frente, entrando en la iluminación mortecina del camerino. Cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, un escalofrío completamente distinto me recorrió la espina dorsal.

Dante.

Era el hermano bastardo de Sebastien. El hijo ilegítimo que los Ashford mantenían escondido en las oficinas del sótano de la corporación, la mancha en el apellido que nadie mencionaba en las cenas de gala. Llevaba un traje de etiqueta que evidentemente no era de su talla; los hombros le quedaban ligeramente estrechos y las mangas cortas, revelando unas muñecas fuertes y curtidas. Todo en él contrastaba con la pulcritud aristocrática que Sebastien solía presumir. Dante era más alto, de facciones más toscas, con una mandíbula afilada que parecía permanentemente apretada y unos ojos oscuros, tan profundos y opacos que resultaba imposible leer lo que había detrás de ellos.

Dante me miró. Fue una fracción de segundo, un roce de miradas que me cortó la respiración, antes de que él bajara la vista hacia el suelo, adoptando esa postura sumisa e invisible que su familia le había impuesto desde niño.

—Él tomará el lugar de Sebastien —sentenció Arthur, como si estuviera ofreciendo una mercancía de segunda mano—. Firmará el acta matrimonial con su nombre legal. Ante la prensa y los invitados, un Ashford se está casando con una Castillo. Salvamos las apariencias hoy, y arreglamos el desastre en privado después.

—¿Estás loco? —intervine, poniéndome de pie. Las capas de tul de mi vestido crujieron—. ¿Quieres que me case con él? ¡Ni siquiera nos conocemos! ¡Es una locura!

—Es eso, o ver a tu padre en la ruina antes del amanecer, Victoria —soltó mi madre, agarrándome del brazo con una fuerza que me dejó marcas—. Cállate y camina. Un bastardo es mejor que un altar vacío.

Miré a Dante, esperando ver rabia, humillación o algún rastro de rebeldía en su rostro por estar siendo usado como un maldito trofeo de repuesto. Pero no había nada. Su rostro era una máscara de piedra. Permanecía allí, de pie, soportando los insultos implícitos de mis padres y el desprecio de su propio padre sin parpadear.

—Dante —lo llamé, ignorando a los demás—. Di algo. ¿Vas a permitir que te hagan esto?

Él levantó la mirada lentamente. Por un instante, juré ver una chispa de algo doloroso y salvaje arder en el fondo de sus ojos oscuros, una tormenta contenida que amenazaba con destruirlo todo. Pero la apagó tan rápido como apareció.

—Si es lo que la familia necesita, lo haré —su voz fue un susurro bajo, raspado, que vibró directamente en mi pecho.

Cinco minutos después, las puertas de la catedral se abrieron de par en par. La marcha nupcial comenzó a resonar, pero para mí sonaba como una marcha fúnebre. Caminé del brazo de mi padre por el pasillo central, sintiendo cómo los murmullos de los quinientos invitados se clavaban en mi espalda como agujas. Todos sabían la verdad. Todos habían visto las noticias en sus teléfonos.

Al final del altar, esperándome bajo la luz de los vitrales, no estaba el hombre perfecto que había prometido amarme.

Estaba el impostor. El novio sustituto. Dante Ashford me esperaba en la oscuridad, listo para encadenar su vida a la mía en un matrimonio que nacía muerto.

Volgend hoofdstuk