Terciopelo y Plomo

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Capítulo 5 Cenando entre lobos

El comedor de la Fortaleza de Bonifacio es un espacio minimalista que parece excavado directamente en la roca. Una mesa de roble oscuro, lo suficientemente larga como para mantener a los enemigos a una distancia segura, preside la estancia. El único sonido es el viento golpeando los ventanales reforzados y el rítmico chocar de las olas contra el acantilado, cien metros más abajo.

Me he puesto el vestido rojo oscuro. Es austero, de cuello alto pero ceñido, marcando mi silueta con una sutileza que sugiere más de lo que muestra. No uso joyas, salvo un anillo de plata que perteneció a mi madre.

Cuando entro, Dante ya está allí. Está de pie junto a un aparador de cristal, sirviéndose un whisky. La luz de las velas resalta los ángulos de su rostro: la mandíbula tensa, la nariz recta, la frente amplia. Se gira al oírme llegar y sus ojos negros recorren mi figura de arriba abajo. No hay un cumplido en su mirada, solo una chispa de reconocimiento de que he aceptado el desafío de su hermana.

—El rojo te hace parecer menos... pálida —dice, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco—. Siéntate, Isolde. Mi padre siempre decía que nunca se debe negociar con el estómago vacío.

—¿Es esto una negociación, Dante? —pregunto, tomando asiento frente a él—. Creía que ya habías dado tu respuesta definitiva tres veces.

Mi padre entra en ese momento, seguido por Alessia, interrumpiendo la tensión. La cena se sirve en un silencio tenso, interrumpido solo por comentarios casuales de mi padre sobre las rutas comerciales en el Mediterráneo. Dante responde con monosílabos, manteniendo su atención dividida entre su plato y una carpeta de seguridad que descansa a su lado.

—Dante, por Dios, deja el trabajo —le recrimina Alessia, lanzándome una mirada de disculpa—. Tenemos invitados. Isolde ha venido desde Marsella y tú te portas como si estuvieras en una reunión de logística.

—Lo estoy —responde él, levantando por fin la vista hacia ella—. La seguridad de esta familia depende de que yo no me distraiga con invitados. 

—Mi hija no es una distracción, Dante —interviene mi padre, su tono volviéndose peligrosamente bajo—. Es una oportunidad. Una que quizás no vuelvas a tener cuando las facciones del norte decidan que Córcega está demasiado aislada.

Dante deja los cubiertos. Se reclina en su silla, cruzando sus brazos potentes sobre el pecho. Su presencia física parece encoger la habitación.

—Lorenzo, ambos sabemos por qué estás aquí. Estás acorralado. Algo en Marsella te está quitando el sueño y crees que uniendo tu apellido al mío los federales se asustarán —Dante se inclina hacia adelante, fijando su mirada en la mía—. Lo que no entiendo es por qué ella acepta esto. Isolde, tienes 24 años. Podrías casarte con cualquier heredero que se conforme con una cara bonita y una esposa sumisa. ¿Por qué quieres entrar en una casa donde no eres bienvenida?

El corazón me late con fuerza contra las costillas. No puedo decirle que es porque mi pasatiempo de salvar personas me ha puesto una diana en la espalda. No puedo decirle que mi padre me entregará a la policía si no consigo este matrimonio.

—Porque no busco a alguien que se conforme, Dante —respondo, manteniendo mi voz firme y mis ojos oscuros clavados en los suyos—. Busco a alguien que entienda que el poder no se mantiene solo con muros de piedra, sino con alianzas que nadie se atreva a cuestionar.

Dante me observa durante un largo minuto. Es un silencio pesado, eléctrico. Por un segundo, creo ver una grieta en su máscara de hielo, una chispa de curiosidad. Pero entonces, la cierra de golpe.

—Bonito discurso. Pero las palabras son baratas en Bonifacio. Aquí lo que cuenta es la realidad. Y la realidad es que mañana tengo una inspección en los muelles del sur y no tengo tiempo para juegos de seducción.

Se levanta sin pedir permiso, toma su carpeta y sale del comedor con pasos pesados y decididos. El aire parece volver a la habitación en cuanto él se marcha.

—Te lo dije —susurra Alessia, inclinándose hacia mí cuando mi padre se distrae con una llamada—. Es un muro de carga. Si intentas empujarlo, te romperás las manos. Tienes que encontrar la llave.

—¿Y dónde guarda esa llave? —pregunto, bebiendo un sorbo de vino para calmar mis nervios.

—En su rutina. Dante es un hombre de hábitos. Todas las noches, a las dos de la mañana, baja al gimnasio del nivel inferior para drenar la tensión. Es el único momento en que no tiene guardaespaldas en la puerta. El único momento en que es... humano.

Anoto mentalmente la información. Dos de la mañana. El gimnasio.


Después de la cena, me retiro a mi habitación. Me asomo al balcón y dejo que el aire frío de la noche corsa me azote el rostro. Miro hacia abajo, hacia el abismo. Si fallo, esa caída será mi único destino.

Tengo que engañarlo. Tengo que hacerle creer que su autocontrol es una ilusión. La idea de la trampa empieza a cobrar forma en mi mente, entrelazándose con la necesidad de sobrevivir. No será fácil acostarse con un hombre que me mira como si fuera un estorbo, pero el miedo a ser descubierta en Marsella es un motor más potente que el orgullo.

Saco mi teléfono y veo un mensaje cifrado de Marcello: "Los federales preguntaron por el 'Ángel' hoy. El tiempo se agota, Isolde".

Guardo el teléfono. No hay vuelta atrás.

A las dos de la mañana, cuando la fortaleza esté en silencio y el mar sea el único testigo, comenzaré mi jugada. Dante Vallo cree que las mujeres son una debilidad. Voy a demostrarle que tiene razón, pero no de la forma en que él espera.

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