Terciopelo y Plomo

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Capítulo 1 La hija del Milieu

El puerto de Marsella nunca duerme, y sus secretos tampoco.

Me limpio el rastro de sangre de los nudillos con un pañuelo de seda. No es mi sangre, es la de un marinero que creyó que podía sobrepasarse con una de las chicas que intento sacar de la red de trata en el Muelle 47. Mi pulso sigue acelerado, no por la pelea, sino por la adrenalina de saber que, a menos de dos kilómetros de aquí, en la mansión Bastiani, soy la hija perfecta que viste de Chanel y toca el piano.

—Marcello, deshazte de esto —le digo a mi guardaespaldas, entregándole el pañuelo manchado.

Marcello me mira con esa mezcla de respeto y terror que solo los que conocen mi pasatiempo profesan. Él sabe que lo que hago es traición. En el mundo de la mafia, nosotros somos los dueños de los muelles, no sus salvadores. Si mi padre, Lorenzo, se entera de que uso el dinero de mi fideicomiso para comprar libertades y medicinas para los enemigos del negocio, mi vida valdría menos que un casquillo vacío.

—Se hace tarde, Isolde. Tu padre espera para la cena. El señor Vallo está en la ciudad —advierte Marcello con voz ronca.

El nombre golpea mi estómago como un bloque de hielo. Dante Vallo. 

—¿Otra vez? —pregunto, tratando de sonar indiferente mientras subo al Bentley blindado—. Ya me rechazó en la gala de Lyon y en el funeral de los De Luca. ¿Qué busca ahora? ¿Humillarme en mi propia casa?

—Esta vez es diferente. Hay rumores de que la inteligencia francesa tiene ojos en el puerto. Tu padre está nervioso. Necesita la fuerza de Córcega para cerrar las fronteras.

Cierro los ojos y me recuesto en el asiento de cuero. El aroma a tabaco y perfume caro de la ciudad me marea. Tengo veinticuatro años, soy esbelta, me dicen que soy hermosa con este cabello negro que parece una cascada de luto, pero me siento como un animal acorralado. Si la policía me descubre en el Muelle 47, mi padre no podrá protegerme... a menos que sea la esposa del hombre más temido del Mediterráneo.


Llegamos a la mansión. Me cambio en tiempo récord. Fuera el cuero y las botas de combate; hola al vestido de seda color perla y los tacones que me hacen parecer más alta, más vulnerable, más esposa. 

Bajo las escaleras de mármol y el silencio en el comedor es sepulcral. Mi padre está en la cabecera, bebiendo un tinto que parece sangre. A su lado, imponente como una montaña de granito, está él.

Dante Vallo no parece un hombre; parece una sentencia de muerte. Su cabello negro está perfectamente peinado hacia atrás, resaltando una mandíbula tan marcada que podría cortar el aire. Sus ojos negros se clavan en mí cuando entro, y no hay ni un ápice de calidez en ellos. Solo cálculo.

—Llegas tarde, Isolde —dice mi padre, aunque su tono es suave, hay una advertencia debajo.

—Mis disculpas, padre. Estaba... terminando unas lecturas —miento sin parpadear.

Me siento frente a Dante. El olor de su colonia —madera, cuero y algo peligrosamente masculino— llena mis pulmones. Él ni siquiera me saluda. Simplemente sigue cortando su filete con una precisión quirúrgica.

—Estábamos discutiendo los términos de la unión, Isolde —continúa mi padre, mirando a Dante—. El Milieu de Marsella y el de Córcega deben ser uno solo para enfrentar lo que viene.

Dante deja el cuchillo. El sonido del metal contra la porcelana resuena como un disparo.

—Ya di mi respuesta, Lorenzo —la voz de Dante es un barítono profundo, frío, sin emoción—. No necesito una distracción. Una esposa es una debilidad que mis enemigos usarán para ponerme de rodillas. Mi familia está a salvo porque no tengo flancos abiertos.

Me arden las mejillas. La humillación es física, un nudo en la garganta que me obliga a apretar los cubiertos. Me está tratando como si fuera un objeto defectuoso en una transacción comercial.

—No soy una distracción —intervengo, mi voz firme a pesar del temblor interno—. Soy una Bastiani. Sé cómo funciona este mundo. Conozco las reglas, el respeto y el silencio.

Dante levanta la mirada. Sus ojos negros recorren mi rostro, bajando por mi cuello hasta mis manos. Se detiene un segundo de más en mis muñecas. ¿Habrá notado el enrojecimiento de la pelea en el muelle?

—Respetas las reglas porque vives bajo el ala de tu padre, Isolde —dice él con un desdén que me hiela la sangre—. Pero no tienes ni idea de lo que es cargar con el peso de una corona de plomo. Eres demasiado... delicada. No quiero enterrar a una esposa seis meses después de la boda porque alguien decidió enviarme un mensaje a través de su cadáver.

Se pone de pie, ignorando el plato medio lleno. Su altura es intimidante; llena la habitación de una manera opresiva.

—La respuesta sigue siendo no. Busquen otra forma de sellar su alianza.

Dante se retira sin mirar atrás. Mi padre golpea la mesa con el puño, haciendo saltar las copas de cristal.

—¡Maldito sea su orgullo corso! —ruge mi padre—. Isolde, si no logramos este acuerdo, no podré desviar la investigación del puerto. Si ellos entran y encuentran lo que has estado haciendo... ni yo podré salvarte de la junta de jefes. Te acusarán de traición por ayudar a los informantes.

Me quedo helada. Mi padre lo sabe. Siempre lo ha sabido.

—¿Qué quieres que haga? —pregunto en un susurro.

—Engatúsalo. Haz que te desee. Los hombres como Dante Vallo se creen invencibles hasta que su sangre hierve. Tienes una semana antes de la próxima reunión en Bonifacio. Si para entonces no tienes un anillo en el dedo o un compromiso firmado, tendré que entregarte a la justicia de la mafia para salvar al resto de la familia.

Me quedo sola en el comedor, rodeada de lujos que ahora se sienten como los barrotes de una celda. Miro hacia la puerta por donde salió Dante.

Es un hombre de reglas. Es un hombre de honor oscuro. Y yo voy a tener que romper cada una de sus defensas para sobrevivir. Si él cree que soy delicada, le enseñaré que el terciopelo puede asfixiar con la misma eficacia que una soga.

Tengo que seducir al diablo, o el infierno me devorará a mí primero.

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