Sublimes Placeres

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Capítulo 6 En sus manos

Me cruzo de brazos lentamente y lo observo con una mezcla de fastidio y curiosidad, tratando de descifrar las intenciones detrás de su repentino cambio de tono.

—Uhm, ¿qué tal si dejas de quejarte por un momento y tomas seriamente en cuenta la proposición de mamá? —sugiere Alex, apoyándose con ligereza contra el borde de mi escritorio.

—¿Cuál de todas sus descabelladas ocurrencias? —Enarco una ceja, mirándolo con desconfianza.

—Lo del matrimonio, Gabriel. Sabes perfectamente a qué me refiero.

—No. Rotundamente no —respondo de inmediato, cortando cualquier posibilidad de discusión.

—Vamos, hermano, piénsalo con la cabeza fría. Eso te beneficia mucho en el ámbito empresarial, limpiaría tu imagen de soltero codiciado y te daría la estabilidad que los inversores buscan. Además, mírate, a tus treinta años ya deberías al menos tener dos hijos corriendo por la casa, ¿no crees? Es lo que se espera de alguien en tu posición.

—¡No! No quiero casarme, ni ahora ni nunca —sentencio, visiblemente molesto, sintiendo cómo la presión en mi pecho aumenta al recordar la maldita nota de chantaje que arruina mi paz. No necesito más cadenas en mi vida.

—Bueno, bueno, pero no es para que te enojes tanto ni te pongas a la defensiva, solo fue una simple idea flotando en el aire. Si no es lo que quieres para tu futuro, allá tú, es tu vida —expresa Alex, levantando las manos en señal de paz—. En realidad, vine a tu oficina para invitarte a una fiesta de un viejo amigo, para que te despejes y olvides todo este pesado asunto por ahora. Te hace falta.

—¿Una fiesta? ¿Hoy? —inquiero, dudoso.

—Mi amigo Alejandro hará una fiesta espectacular en una de sus tantas propiedades, específicamente la casa que está justo a la orilla de la playa. Ya podrás imaginarte las bellezas que habrá caminando por ahí en trajes de baño.

En verdad es una invitación sumamente tentadora, una oferta difícil de rechazar en un día tan nefasto como este, y más si habrá hermosuras en trajes de baño de última moda, ya que la mayoría de los diseños actuales son sumamente provocativos, atrevidos y reveladores. Suspiro con pesadez y trato de controlar mis nervios alterados, masajeando mis sienes. No me encuentro muy bien que se diga; el fantasma de la amenaza anónima me tiene al borde de la paranoia y tal vez me convendrá aceptar esta invitación para no volverme loco en la soledad de mi departamento.

—Está bien —cedo finalmente, acomodándome el saco—. Pasa por mí a las siete en punto.

—Perfecto, así me gusta. Ahora sí tengo que irme a toda prisa, debo ir por los informes atrasados de la mercadería de los productos de Estef. Ya se me hizo tardísimo para ir por ellos y me va a matar si no llego a tiempo. Te veo después, hermano.

El hecho de que Alex esté aquí conmigo, aunque sea por una escasa media hora, me ayuda de cierta forma a mantener mi mente ocupada y olvidar por un instante la maldita nota. Sin embargo, en cuanto él da la vuelta y se marcha cerrando la puerta, mi mente regresa de golpe al papel arrugado. Me inquieto y me pongo tenso con el simple hecho de recordarla, sintiendo una vulnerabilidad que detesto. Me doy un pequeño masaje en la nuca, tratando de aliviar la rigidez muscular. El estrés acumulado y el dolor de cabeza punzante por la cruda de anoche me están matando lentamente, pero me mentalizo en que esta noche se me quitará todo al pasarla bien en la fiesta, rodeado de alcohol y distracciones.

—¿Listo? —pregunta mi hermano al volver a entrar abruptamente en mi oficina cuando el reloj marca la hora acordada.

—Claro que sí. Vamos de una vez, que quiero salir de este maldito lugar. Necesito una distracción urgente.

—En verdad se nota que la necesitas —gorjea con tono divertido, detallando con una mirada analítica lo desesperado y ansioso que me encuentro por cruzar esa puerta.

No me siento en absoluto de humor ni con los reflejos adecuados para conducir mi propio auto a través del tráfico, así que tomo la decisión de dejar mi vehículo seguro en el estacionamiento del sótano del edificio corporativo para irnos juntos en el auto de Alex. En el trayecto hacia la costa, él no para de hablar, comentándome sobre lo increíblemente bien que le está yendo a nuestra hermana Estefanía con el lanzamiento internacional de su nueva línea de maquillaje. Escucharlo hablar del éxito de la familia es lo único que genuinamente me alegra el corazón por ahora, logrando disipar un poco las nubes negras de mi cabeza.

Al llegar a la imponente propiedad de su viejo amigo, noto de inmediato que la fiesta es verdaderamente espectacular. Desde afuera, a varias casas de distancia, se puede escuchar la música vibrante y el buen ambiente que inunda el lugar. Sonrío con genuina satisfacción porque compruebo que no será una velada aburrida, después de todo; el ambiente promete cumplir con mis expectativas de evasión.

—Espérame aquí un segundo, iré a buscar a Alejandro para avisarle que ya llegamos —me dice Alex, dándome una palmada en el hombro.

Me deja solo, de pie cerca de la enorme alberca iluminada de la casa, donde el agua cristalina refleja las luces de colores. Miro con detenimiento a mi alrededor; hay muchas bellezas andantes por donde sea que mis ojos miren, mujeres hermosas que ríen y disfrutan de la noche estrellada. Incluso puedo sentir la mirada coqueta de algunas de ellas fija sobre mí, reconociéndome, pero mi atención se desvía por completo. Mis ojos ponen toda su atención, de manera casi magnética, sobre una chica en específico: una mujer de tez canela exquisita, cabello castaño y ojos avellanas cautivadores. Ella va saliendo lentamente de la piscina, y el agua escurre por su figura esbelta, vistiendo un traje de baño de dos piezas que resulta ser sumamente revelador y sugerente.

Trago saliva con dificultad, sintiendo que la garganta se me seca en un segundo.

Cuando ella termina de salir y se da la vuelta por completo hacia mi dirección, grande y monumental es mi sorpresa al ver que se trata de Mía Fermonsel. Me quedo sin aliento. Nunca en mi vida imaginé que su cuerpo fuera tan malditamente perfecto y hermoso. En el entorno de los negocios, ella siempre viste con la clásica ropa formal; faldas de tubo impecables y bien talladas a las curvas de su cuerpo, aunque sus blusas de seda siempre tienen un toque muy sexy que insinúa más de lo debido. Suele verse sumamente atractiva en la oficina, no lo niego, pero jamás la había visto de esta manera, desarmada de su armadura empresarial, luciendo un traje tan provocador que no deja nada a la imaginación. Su cabello medio largo y mojado cae desordenado por su espalda expuesta, brillando bajo las luces de la terraza, y tiene unas piernas largas e infinitas que me obligan a recorrerlas con la mirada.

Para mi buena suerte, ella parece estar absorta en sus propios pensamientos y aún no se da cuenta de que la observo fijamente desde hace un buen rato. Al mirarla así, una fantasía salvaje cruza mi mente con una claridad alarmante: la imagino debajo de mí en una cama, con el cabello desparramado sobre las almohadas mientras, entre jadeos erráticos y profundos, pronuncia mi nombre una y otra vez.

Nunca en mi vida la imaginé en un escenario así.

Por segunda vez en lo que va del día, dejo de verla como una simple rival corporativa y empiezo a verla como la mujer más deseable que he tenido enfrente.

Al escuchar la voz insistente y molesta de mi hermano llamarme en repetidas ocasiones a mis espaldas, rompiendo el hechizo, dejo de observarla por un breve momento para girarme hacia él y decirle con un grito apresurado que enseguida voy, que me dé un segundo.

Sin embargo, cuando vuelvo a girarme rápidamente para buscarla con la vista junto a la alberca, el espacio está vacío. Ella ya se ha ido, desapareciendo entre la multitud de la fiesta y dejándome con la frustración quemándome el pecho.

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