Sublimes Placeres

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Capítulo 5 Mi secreto

La resaca de anoche me está matando lentamente. Siento un martilleo incesante detrás de mis ojos que amenaza con partir mi cráneo en dos. En este estado miserable, no puedo soportar la luz de ninguna forma; el más mínimo destello hiere mis pupilas con la fuerza de una aguja. Es precisamente por eso que pido de manera estricta que mi cuarto siempre tenga cortinas gruesas, pesadas y completamente oscuras, las cuales deben estar perfectamente cerradas las veinticuatro horas del día para mantener el mundo exterior al margen. A mi madre no le parece en absoluto apropiado mi comportamiento errático ni mis constantes noches de exceso, pero eso, para mí, en este preciso momento, es lo de menos. Su juicio moral es la última de mis prioridades cuando siento que el cuerpo no me responde.

Me es tan plácido y reconfortante dormir en la penumbra que me siento verdaderamente en la gloria, flotando en un vacío libre de responsabilidades corporativas, hasta que el crujido de la madera interrumpe mi paz. Oigo pasos decididos y pesados acercándose a la entrada de mi habitación. La puerta empieza a rechinar con un sonido agudo y molesto cuando es abierta sin ningún tipo de contemplación ni cortesía.

—¡Gabriel!

La voz estridente de mi hermana, Estefanía, resuena en las paredes, haciéndome pensar de inmediato que mi madre la mandó como su emisaria personal con la única tarea de despertarme y fastidiarme el día. No planeo levantarme de mi santuario bajo ninguna circunstancia, por lo que cierro los ojos con fuerza y finjo estar profundamente dormido para ver si se cansa, se largue de una buena vez y me deje descansar. Sin embargo, sé que eso será completamente imposible de lograr con ella; conozco su obstinación y sé que no se irá de mi espacio hasta que me vea de pie.

—¡Por Dios, Gabriel, despierta ya de una maldita vez!

Siento que mi cabeza explotará en cualquier momento debido al eco de sus palabras, pero la verdadera tortura comienza cuando mis ojos arden de forma insoportable en el instante en que mi hermana enciende la luz principal, inundando el cuarto con una claridad despiadada. Me cubro el rostro con el brazo, emitiendo un gruñido ahogado, mientras ella comienza a gritar con desesperación para obligarme a reaccionar.

—¡Levántate, flojo, que se hará más tarde para tu importante reunión con los socios inversores de Inglaterra! Si arruinas este trato, papá te colgará del techo.

—Baja la voz, por lo que más quieras, que me duele la cabeza como si me hubieran golpeado con un fierro —barboto con la voz ronca, mientras me oculto por completo debajo de las pesadas sábanas, buscando un último refugio—. Tu voz es sumamente chillona e insoportable a estas horas de la mañana.

—¿Así que ahora resulta que mi voz es chillona? —Usa su característico tono sarcástico, soltando una risa seca—. Escúchame bien, Gabriel: si no te levantas de esa cama ahora mismo, mamá se enojará muchísimo más contigo por haber llegado borracho en la madrugada. Ya está abajo cruzada de brazos, y créeme, no querrás verla perder los estribos.

Descubro mi cabeza lentamente para verla y confirmar la gravedad del asunto. Estefanía se encuentra firmemente de brazos cruzados justo al pie de mi cama, y con su pie derecho golpea el suelo sin parar en un ritmo acelerado que delata su impaciencia. Espera con terquedad a que me incorpore. Froto mis ojos con fuerza para espantar la pesadez de la borrachera y me incorporo de muy mala gana, sentándome en el borde del colchón. Si mamá se tomó la molestia de esperarme despierta hasta que llegué en la madrugada, de seguro me dará su típico y eterno sermón de buenos días sobre la decencia y el legado familiar, y no tengo la más mínima energía para oírlo.

—Ya me levanté. ¿Contenta? —barbullo con fastidio, mirándola con resentimiento.

—Ahora sí, hermanito. —Esboza una amplia sonrisa de triunfo al ver que logró su cometido y da media vuelta hacia la salida.

Visiblemente molesto por la intrusión, le pido de forma tajante que salga de mi habitación, no sin antes informarle de mala gana que en exactamente diez minutos bajaré ya listo, bañado y vestido, para desayunar algo ligero que asiente mi estómago. Estiro mi cuerpo dolorido, escuchando cómo crujen mis articulaciones, me yergo con dificultad y camino con paso pesado hacia el baño adyacente.

El chorro de agua caliente cae con fuerza sobre mi cuerpo, relajando mis músculos tensos mientras los borrosos recuerdos de anoche invaden mi mente de golpe. Entre la bruma del alcohol, rememoro con nitidez el momento exacto en que me topé de frente con Mía Fermonsel en medio del club nocturno. De solo recordarlo, se me tensa la mandíbula. No sé por qué carajos siempre que nos encontramos en cualquier lugar, ya sea una gala benéfica, un restaurante o una discoteca, terminamos discutiendo a gritos por la estupidez más insignificante. Quizá se deba a ese resentimiento silencioso que compartimos, o al hecho innegable de que su maldita familia nos supera en absolutamente todo el ámbito empresarial, dejándonos siempre en un humillante segundo lugar en cada licitación importante del país. Sacudo la cabeza bajo el agua, obligándome a dejar de pensar en ella y en su insufrible arrogancia.

Salgo del baño envuelto en una toalla para vestirme rápidamente con uno de mis trajes hechos a medida. Me dispongo a cerrar la puerta para bajar de una vez al comedor, pero un sonido agudo me detiene en seco: escucho algo quebrarse con violencia dentro de mi habitación. Cuando entro corriendo, alarmado, me percato con asombro de que el cristal de la ventana lateral está completamente roto, hecho trizas, y de que hay una pesada piedra envuelta con una nota en la alfombra, justo a un lado de mi cama.

Con el corazón latiendo con fuerza por la sorpresa, me agacho y desenvuelvo el papel arrugado. Mis ojos se abren de par en par al leer el texto escrito con letras apresuradas:

Vamos, sé que la pasaste muy bien conmigo anoche. ¿Por qué te niegas a darme mi lugar? Si no lo aceptas y sigues ignorándome, te juro que se lo diré a todos los medios.

Muerdo mi labio inferior con tanta fuerza que casi me saco sangre al terminar de leerla, sintiendo un frío helado recorrer mi espalda. Tomo la piedra con furia contenida y la lanzo con violencia hacia afuera por la ventana rota. No puedo entenderlo. No sé en qué maldito momento cometí un error tan garrafal y destructivo para mi reputación.

—Quiero este informe financiero completamente listo y sin ningún detalle o error para la reunión —le ordeno a mi secretaria un par de horas más tarde en la empresa, con un tono de enojo evidente que la hace palidecer.

—Sí, señor Hoffman, lo tendré de inmediato —responde ella con nerviosismo, tomando los papeles y saliendo a toda prisa de mi despacho.

Por más que intento concentrar mi mente en los números y en los complejos asuntos del trabajo que exigen los ingleses, todo es en vano. Me resulta completamente imposible concentrarme, ya que mi cabeza no puede dejar de pensar en la misteriosa nota y en la amenaza implícita que conlleva. No sé cómo pude cometer un error de esa magnitud, dado que yo no soy un tipo tan estúpido ni descuidado con mi vida privada. Podría haber estado muy ebrio anoche, al borde del colapso, pero jamás haría algo que pusiera en riesgo el apellido Hoffman.

—Gabriel —llama mi hermano mayor, Alex, interrumpiendo mis pensamientos al entrar sin tocar en mi oficina corporativa—. Deja de darle tantas vueltas a ese maldito asunto de la piedra. Es solo un chantaje barato de alguna despechada, no es para tanto —expresa con una ligereza e importancia nula, adoptando una actitud relajada que me molesta y me enciende la sangre aún más.

—Tú no sabes lo desesperante y asfixiante que es esto, Alex. ¿Acaso no tienes dimensiones de la gravedad? ¡¿Te imaginas que los medios de comunicación y la prensa amarillista se enteren de esto?! ¡¿Te imaginas el escándalo para las acciones de la firma?!

—Sí, sí, lo entiendo perfectamente, pero cálmate de una vez, que el pánico no sirve de nada. No pasará a mayores si lo arreglamos antes de que explote.

—Ah, ¡¿sí?! Qué fácil lo haces ver. A ver, dime inteligente, ¿cómo demonios planeas hacerlo?

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