Capítulo 4 Mi rival
—Hubiera sido muchísimo mejor que me quedara encerrada en mi departamento comiendo helado directamente del bote —musito con amargura mientras juego distraídamente con el removedor de mi bebida, completamente aburrida y asfixiada por el ruido ensordecedor del lugar.
No sé qué hacer para matar el tiempo. Me siento un poco extraña, vulnerable y ridícula al estar sola en este ruidoso sitio sin nada productivo que hacer, rodeada de extraños que parecen encajar a la perfección en esta atmósfera superficial. Siento que a veces estoy completamente fuera de lugar, como una pieza de rompecabezas equivocada. Ni siquiera sé en qué maldito momento de mi juventud comencé a sentirme así de apática. Últimamente, siempre me molesta cualquier cosa sin importancia, arrastrando una frustración interna que no logro disipar. Cesia suele decirme con desparpajo que todo es por una evidente falta de sexo y diversión, pero yo no lo veo de esa manera tan simple; lo mío es un vacío más profundo.
Tratando de sacudirme la monotonía, agarro con fuerza mi bolso de diseñador y me dirijo decidida hacia el área VIP del antro. Tal vez ahí, lejos de la plebe y el tumulto descontrolado, pueda encontrar una grata compañía o, al menos, un espacio para respirar. Bufo con profunda angustia y fastidio al ver que hay una masa impenetrable de gente moviéndose en el centro del lugar, bloqueando los accesos. Inhalo profundo, armándome de paciencia, y como puedo me abro paso, siguiendo con mi complicado camino hacia las escaleras de caracol que dan a dicha área exclusiva.
Justo cuando intento salir por fin de entre la sofocante multitud, alguien que camina apresuradamente en dirección contraria me empuja con brutalidad en el hombro. El impacto me toma desprevenida, haciéndome perder el equilibrio por completo. Caigo sentada de golpe en el frío y pegajoso suelo de la pista de baile, sintiendo el golpe doloroso en mi coxis.
—¡Oye, maldito estúpido carente de ojos! —le chillo con todas mis fuerzas al idiota causante de mi desgracia para que logre oírme por encima de los atronadores bajos de la música.
—Perdón, de verdad discúlpame, no fue mi intención —habla una voz masculina, gruesa, firme y extrañamente familiar, que de inmediato me ofrece su mano extendida para ayudar a levantarme del suelo.
Alzo mi vista con los ojos encendidos en ira, lista para destrozar al impertinente y rechazar su falso gesto de cortesía. Sin embargo, al reconocer las facciones perfectas y arrogantes del hombre frente a mí, me quedo helada. Sin poder creer la terrible jugada que mis propios ojos observan, aparto su mano de un manotazo y me levanto por mi cuenta, temblando de una profunda molestia.
—Pero ¿quién más podría ser en este miserable universo? —Elevo mi voz al máximo a causa de la música que está a todo volumen, cruzándome de brazos—. Tenía que ser un estúpido pretencioso que nunca ve por dónde va ni respeta el espacio ajeno, ¿no es así, “señor Gabriel”?
Gabriel me mira fijamente, y una chispa de desdén cruza por sus ojos oscuros mientras retira la mano que yo rechacé.
—Al menos yo no tengo una boca tan sucia, vulgar y corriente como la suya, “señora Mía”. —Frunce su poblado entrecejo al verme, adoptando esa postura rígida e impecable que tanto detesto.
Ambos nos vemos fijamente con un rencor acumulado y un odio que parece electrizar el aire a nuestro alrededor. Al final, como si fuera un guion preestablecido por el destino, discutimos airadamente sin siquiera saber la verdadera razón detrás de nuestros gritos. Siempre pasa exactamente lo mismo cada vez que la mala suerte hace que nos encontremos en el mismo espacio geográfico.
Gabriel Hoffman, mi eterno rival en todo. Y si lo digo con tanta seguridad en todo, es porque verdaderamente es en todo: desde las calificaciones en la universidad hasta la cima del mundo corporativo. Por alguna extraña y retorcida razón de la competitividad, somos rivales encarnizados en nuestros negocios familiares, aunque para mi orgullo y tranquilidad, mi familia siempre queda en primer lugar en cada licitación y proyecto importante.
—¿Sabe qué...? —digo dispuesta a lanzarle el peor de mis insultos mientras me limpio el polvo del trasero con las manos, tratando inútilmente de vermelo de reojo para asegurarme de que mi falda no esté sucia—. Ya me cansé de sus...
Cuando vuelvo a levantar la mirada para encararlo con mi mejor repertorio de reproches, la sorpresa me golpea en la cara. Él ya no está ahí. Miro a mi alrededor, desconcertada; se desvaneció entre la multitud VIP.
El muy desgraciado e infame me dejó hablando sola, ignorándome por completo en medio de la pista.
Ja, muy típico de él huir cobardemente siempre de una discusión en la que sabe que lleva las de perder.
—Me las cobraré todas y cada una de tus impertinencias algún día, Gabriel. De una u otra forma, te juro que lo harás —sentencio para mí misma, apretando los puños con la promesa de una venganza implacable.
