Capítulo 3 Amiga asi
—¡Por Dios, Mía! ¿Dónde demonios estás? Llevo más de una hora esperando como una estúpida a que pases por mí —masculla mi amiga incondicional a través del auricular, con un tono de voz tan afilado que podría cortar el cristal. Su frustración es palpable y casi puedo sentir la vibración de su furia al otro lado de la línea.
—Lo siento muchísimo, Cesia. Sucedieron un par de imprevistos de última hora en la oficina y, sin darme cuenta, ya era tardísimo —miento descaradamente, tratando de suavizar la tensión y ocultar el hecho de que me había quedado atrapada discutiendo con mi padre sobre mi futuro y sus eternas presiones matrimoniales. El peso de mi realidad familiar me había consumido más tiempo del debido.
—Sí, claro, lo que tú digas —responde, profundamente sarcástica, dejando escapar un suspiro cargado de indignación—. ¿Dónde estás metida ahora mismo? —inquiere algo desesperada, mientras de fondo escucho el repiqueteo impaciente de sus tacones contra el suelo.
—Estoy a tan solo unas pocas cuadras de tu casa, ya casi puedo ver tu calle —vuelvo a mentir con naturalidad, pisando el acelerador para acortar la distancia real que todavía me separa de ella.
—Más te vale. Date prisa, que por tu culpa se nos hará más tarde de lo previsto —advierte con tono amenazante y cuelga de golpe, visiblemente molesta.
Sostengo el volante con fuerza, sabiendo perfectamente que este retraso monumental me costará bastante caro. Conociendo su nivel de indignación, tendré que resarcir mi falta pagando absolutamente todo su consumo de la noche en el antro, desde los tragos caros hasta los caprichos más absurdos.
Cesia es mi mejor amiga desde la infancia, mi compañera de batallas y la única que conoce mis secretos más oscuros. Ella es una chica deslumbrante, de piernas largas e infinitas que parece haber salido directamente de una pasarela de Victoria’s Secret. Se hace iluminaciones rubias muy sutiles en su sedoso cabello castaño y su piel es de una blancura impecable, casi perfecta, denotando que está sumamente bien cuidada con tratamientos costosos. Sus ojos azules son grandes y hermosos, tan intensos como el mismo cielo en un día despejado. Cualquiera que la mire por primera vez podría decir con certeza que es una auténtica princesa de cuentos de hadas; solo que, a diferencia de ese tipo de princesas sumisas y melancólicas, mi querida amiga es muchísimo más descarada, rebelde y audaz. Tiene un carácter de los mil demonios que no cualquiera es capaz de tolerar. A veces su malgenio es tan insoportable que me dan ganas de gritar, pero supongo que cuando yo me pongo insoportable ella tampoco me tolera. Tal vez por esa misma intensidad compartida somos como uña y mugre, inseparables a pesar de las tormentas, e incluso puedo asegurar que no existe ni un solo secreto entre nosotras.
Físicamente, soy completamente distinta a Cesia. Sí, es verdad que tengo piernas largas, pero no son como las suyas, que parecen no tener fin y capturan las miradas de todos los hombres al pasar. Tampoco poseo una piel blanca y perfecta como la de ella. Al igual que mi madre, heredé una piel acaramelada, de un tono cálido y bronceado natural, combinada con unos ojos color avellana que a veces cambian con la luz, y un cabello algo castaño claro, aunque en realidad ese tono es artificial porque me lo tiño cada mes para ocultar mi color natural.
Cuando finalmente llego a la casa de Cesia y me detengo frente a la acera, la expresión de su rostro me dice con total claridad lo sumamente cabreada que está por haberme esperado tanto tiempo. Seguro que me esperó durante casi dos horas seguidas, conteniendo la rabia bajo el frío de la noche. La invito a subir al auto con un gesto de la mano, pero ella solo se cruza de brazos firmemente y ladea su cadera, adoptando una postura imponente e indignada por mi tardanza. La conozco demasiado bien; sé con total certeza que con un par de tragos fuertes se le pasará el enojo y volverá a ser la misma de siempre. Detengo el vehículo justo frente a ella, dado que, en vez de esperarme resguardada dentro de la comodidad de su casa, prefirió quedarse afuera en la entrada, desesperada por salir y devorarse la noche.
Abrió la puerta del copiloto con un movimiento brusco y se subió, arrojando su bolso de diseñador en el asiento trasero antes de golpear la puerta al cerrar.
—¿Sabes perfectamente que estuve a punto de tomar un taxi e irme sin ti? —rompe el hielo y el pesado silencio que se había instalado entre ambas, mirándome de reojo con los ojos entrecerrados.
—Vamos, no es para tanto, ¿no crees? Tampoco es el fin del mundo —respondo con indiferencia fingida, manteniendo mi vista fija al frente mientras me incorporo de nuevo al tráfico de la ciudad.
—¡¿Que no es para tanto?! —Alza su voz de inmediato, sintiéndose profundamente ofendida por mi falta de remordimiento—. Llevo una hora esperándote aquí afuera, Mía, soportando el frío de la noche. Si fuera otra clase de amiga, con un poquito menos de paciencia, me hubiera largado hace muchísimo tiempo y te habría dejado plantada.
—Y es precisamente por eso que eres mi mejor amiga —intento alegrarla, regalándole una sonrisa cómplice mientras nos detenemos en un semáforo en rojo—, porque solo yo soy capaz de soportar tu terrible malgenio, y tú eres la única que soporta el mío y mis inevitables retrasos también. Nos complementamos en nuestras imperfecciones.
Mis palabras logran ablandar su dura fachada. Quita finalmente su cara de vieja amargada por falta de sexo, deja escapar una pequeña risa resignada y olvida por completo mi retraso, cambiando el tema para hablar de la música que suena en la radio.
Al llegar al concurrido estacionamiento del club nocturno, Cesia ni siquiera aguarda a que terminemos de hablar; solo espera con impaciencia a que yo apague por completo el motor del auto para después bajarse de inmediato y con mucho afán, acomodándose el corto vestido.
Me deja atrás en un segundo. Sin siquiera esperarme para caminar juntas hacia la entrada principal, se largó a toda prisa hacia la fila VIP, ansiosa por sumergirse en la música y las luces. Viro mis ojos con fastidio mezclado con diversión mientras cierro el vehículo con el seguro electrónico y camino rápido para seguirla entre la multitud.
Una vez adentro, la realidad de la noche se vuelve muy diferente a mis expectativas. Las horas transcurren largas, monótonas y extrañamente aburridas para mí, a pesar del ruido ensordecedor de los bajos de la música electrónica. Ambas nos colocamos a beber directamente en la barra, pidiendo copas que consumo casi mecánicamente para apagar los pensamientos sobre mi padre. Lamentablemente, no me dura mucho la compañía de mi salvadora, pues mi querida amiga divisa a lo lejos a un hombre muy joven, un tipo apuesto de sonrisa arrogante que le sostiene la mirada desde la zona de la pista.
Cesia ni la piensa dos veces para dejar su trago a medias e irse con él a bailar, perdiéndose entre la marea de cuerpos sudorosos. Como siempre lo hace cuando encuentra una distracción masculina que alimente su ego, me deja completamente sola en la barra.
