Capítulo 2 Cursi amor
—Y, aun así, no valoras mis esfuerzos y lo que hago por ti. Solo quiero distraerme, salir de mi jodida rutina diaria, ¡pero parece que hasta respirar me está prohibido! —mi voz, cargada de una frustración contenida por meses, tronó en las paredes de la oficina, rompiendo el tenso silencio que nos envolvía.
El impacto de mis palabras fue inmediato. Su rostro se torna triste y desilusionado al escuchar mis palabras, una mueca de dolor profundo que caló directo en mi pecho. Un destello de culpa me golpeó con fuerza.
Sé que debo pensar detenidamente lo que diré porque cualquier alteración fuerte le puede afectar directamente a su salud, a ese corazón debilitado que pende de un hilo. Sin embargo, la presión es demasiada; casi todas las veces pierdo por completo mi paciencia cuando trata de meterse sin tregua en mi vida personal, y más todavía si tiene esa estúpida y arcaica idea del matrimonio arreglado como la única vía de salvación para mí.
Odio con toda mi alma que me quiera comprometer de nuevo, que intente encadenarme a un destino que no elegí. Siento que no quiere respetar mis decisiones, mis fronteras, ni mis derechos más básicos como una mujer independiente.
Él es un hombre muy sereno y protector con la familia, el pilar que sostiene nuestro hogar, pero en el ámbito del trabajo siempre mantiene una imagen fría, calculadora y distante todo el tiempo, un líder implacable al que nadie se atreve a cuestionar.
Su bigote perfila muy bien su rostro maduro, otorgándole un aire de autoridad indiscutible, y sus ojos castaños, usualmente severos, ahora me miran con desilusión, destilando una tristeza que me desarma. No puedo verlo así; me desgarra el alma. Por más malentendidos que haya entre nosotros y por más que choquemos como dos trenes en una vía recta, en el fondo no puedo enojarme de verdad con él.
—Escucha —me le acerco lentamente, acortando la distancia física y emocional, sintiendo cómo la adrenalina disminuye un poco en mi torrente sanguíneo—, te amo, papi.
Al escuchar el viejo apelativo de mi infancia, él esboza una débil sonrisa que suaviza sus facciones. Sin embargo, contengo el aliento y mantengo mi postura firme antes de dar el brazo a torcer.
—Sin embargo, no dejaré que te metas en mi vida de esta manera. Ya no soy una niña a la que puedan moldear a su antojo. Sabes perfectamente que no soy como Raquel, que dice sí a todo sin chistar.
Raquel es la menor de todos mis hermanos, la consentida que siempre ha seguido el camino trazado por las expectativas ajenas. Antes de ella están los gemelos, Edmon y Miranda, rebeldes a su propia manera pero siempre dentro del redil. Yo soy la mayor, la que carga con el peso de abrir las puertas y la que se niega a ser domesticada.
—Mía, me preocupo por ti de una forma que no alcanzas a dimensionar. No sabes cuánto nos angustias a tu madre y a mí cada vez que apagas el teléfono —respondió él, dando un paso al frente, su mirada suplicante—. Deseamos con el corazón verte feliz, estable, segura. ¿Acaso no comprendes que esas fiestas salvajes a las que siempre asistes y esa vida nocturna descontrolada no te llevarán a nada productivo? Solo podrán arruinar tu vida y tu reputación en un segundo.
Otra vez la burra al trigo. Las mismas frases corporativas disfrazadas de amor paternal.
Sentí una oleada de fatiga emocional. Es completamente imposible seguir con esta misma discusión circular, la cual siempre, sin excepción, termina en lo mismo: reproches, culpa y un abismo insalvable entre los dos. Cansada, suspiro con pesadez y me alejo un poco de él, rompiendo el contacto visual.
—Confía en mí, sé perfectamente lo que hago. Jamás haré algo que arruine el apellido de la familia ni tampoco mi propia vida —aseguro de manera cortante mientras tomo de un tirón mis cosas y las llaves del auto del escritorio.
—¿Adónde vas con tanta prisa? —indaga con la voz alterada, sus pasos apresurados siguiendo mis movimientos rápidos de abrir la puerta de la oficina.
—Tengo que irme ya, pues tengo un...
—¿Otra fiesta, Mía? ¿Otra noche perdida en el alcohol y el ruido? —reprocha, molesto, la vena de su frente comenzando a hincharse peligrosamente.
—¡Sí, papá, otra fiesta! —farfullo, exasperada, girándome sobre mis tacones, sintiendo el impulso eléctrico de la rebeldía arder en mis venas.
Él se detiene en seco. Sacude su cabeza con incredulidad y suspira con un cansancio infinito al verse superado, al no poder ganar una discusión que para él no tiene pies ni cabeza. El silencio vuelve a reinar por un instante. Entonces, camina pausadamente en mi dirección hasta quedar frente a mí. Con una ternura inesperada que me congela en el sitio, agarra mis mejillas y las acuna con delicadeza entre sus manos cálidas, para luego depositar un suave beso en mi frente.
—Sabes que si te lo digo es únicamente por tu bienestar, mi niña —susurra con un hilo de voz, sin dejar de observarme directamente a los ojos.
El corazón se me estrujó, pero el deseo de huir de esa asfixia era más fuerte.
—Lo sé, no te preocupes por mí —intento tranquilizarlo, forzando una calma que no siento—. Sólo iré un rato para despejar la mente. Llegaré temprano a mi departamento, te lo prometo.
Con una sonrisa sincera, sujeto sus manos, retirándolas suavemente de mi rostro para calmar su angustia latente.
—Confía en mí, papá. Por favor.
Él no parece muy convencido con mi apresurada respuesta, la duda brilla en sus ojos castaños, pero sabe que insistir desatará otra tormenta, así que no le queda más opción que aceptar con resignación y confiar en mí.
A veces discutir una y otra vez por lo mismo puede ser terriblemente estresante y cansino, pero es mi padre y el peso de su tradición es gigante. Para su mentalidad, yo ya debo estar casada y con dos hijos correteando por el jardín. Por más que le repita mil veces que no quiero esa vida, él empieza con sus sermones moralistas, y eso es algo insoportablemente tedioso. Aún no me siento preparada para el encierro del matrimonio, tal vez nunca lo esté. Deseo vivir mi vida al límite, justo como hasta ahora: libre de todo compromiso, dueña de mi tiempo y de mi cuerpo.
Miro el reloj en mi muñeca y el pánico me recorre. ¡Ya se me hizo muy tarde!
Salgo de la empresa a toda velocidad. Llego a mi departamento con el corazón acelerado por la prisa. Tomo una ducha corta, sintiendo el agua fría golpear mi piel para espabilarme, me preparo lo más rápido que puedo, deslizándome en un vestido negro ajustado, y salgo de prisa hacia el estacionamiento. Al ver que tengo el tiempo estrictamente contado y que los minutos vuelan, decido llevar mi indomable cabello suelto, dejando que caiga en ondas sobre mis hombros.
Enciendo el motor de mi auto con un rugido potente y lo pongo en marcha de inmediato, quemando llantas en el pavimento. Tengo que pasar volando por mi amiga Cesia. Ella es la única amiga real que tengo hasta ahora, la única persona en la que puedo confiar plenamente en este mundo de apariencias. Es ella la que siempre me cuida las espaldas y me acompaña en todas las noches salvajes que salgo a divertirme; bueno, al menos así podría decirlo para no levantar más sospechas.
La adrenalina se dispara mientras devoro los kilómetros de la autopista. Con una mano en el volante controlando la velocidad y la otra sosteniendo el espejo, me maquillo sobre la marcha aprovechando las luces de la ciudad, ya que, por el estrés de la oficina, me miro completamente anémica y demacrada sin maquillaje. El velocímetro sube peligrosamente. De repente, cuando siento una fuerte vibración continua sobre mis piernas, bajo mi rostro por un milisegundo para ver la pantalla encendida de mi teléfono. Sonrío de lado, sintiendo un vuelco de emoción en el estómago, al saber exactamente qué es lo primero que escucharé al contestar la llamada.
