Capítulo 4: Me harté de esta casa
El padre de Cora se quedó paralizado en el umbral.
Empezó a estirar la mano hacia ellas… y luego se detuvo a medio camino, con la mano temblorosa y la mirada desviándose.
Cora sintió cómo se le escapaba el último rastro de calor.
Si ni siquiera su padre las protegería, ¿qué clase de hogar era ese?
Siempre había sido así: débil, disculpándose, indefenso. Cada vez que golpeaban o regañaban a su madre, él o se quedaba a un lado en silencio o, más tarde, se arrodillaba a pedir perdón, un perdón que no cambiaba nada.
Basta.
Ya había tenido suficiente.
Esa casa era un cementerio para la esperanza.
Un padre demasiado asustado para hablar, una abuela demasiado cruel para detenerse y una madre demasiado rota para huir.
Por fin, su padre logró balbucear una súplica lamentable.
—Mamá, por favor… si sigues pegándoles, ¿quién va a cuidarte?
Ravi gritó:
—¡Todavía no estoy muerta! Puedo cuidarme sola. Quiero que se larguen… ¡que se larguen para siempre!
Eso fue todo.
Cora tomó una decisión en ese mismo instante: se llevaría a su madre, y no volverían jamás.
Se giró para ayudar a su madre a levantarse, pero ella ya estaba otra vez de rodillas, arrastrándose hacia Ravi, aferrándose a las piernas de la anciana.
—Mamá, te he cuidado todos estos años. Por favor, no nos eches.
Ravi levantó el pie para apartarla de una patada, pero su madre se aferró con fuerza, con la voz quebrada.
—Por favor, solo esta vez… ¡perdónanos! Cora sabe que se equivocó. ¡No volverá a pasar!
Cora miró la escena: su madre humillándose, su abuela con una mueca de desprecio, su padre sentado en silencio con un cigarrillo entre los dedos… y sintió que algo dentro de ella, por fin, se rompía.
No podía quedarse.
Sin decir una palabra más, agarró su maleta sin abrir y salió.
Todavía tenía trabajo en la ciudad. Trabajaría, ahorraría dinero y, algún día, volvería para llevarse a su madre.
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En el largo viaje de regreso en autobús, las lágrimas de Cora no se detenían.
Su teléfono vibró.
«Cora, ¿qué pasa? ¿Por qué no has contestado mis llamadas? Yo estoy bien aquí. Llámame cuando veas esto. Te quiero, Matt.»
Apretó el teléfono hasta que se le pusieron los nudillos blancos.
Le dolía tanto el corazón que apenas podía respirar.
Pero las palabras terminemos se negaban a salirle de los labios.
Cuatro años de amor… ¿cómo iba a acabar con todo con una sola frase?
El amor no era un globo que pudieras reventar y fingir que nunca existió.
Así que se escondió como una cobarde, ignorando sus llamadas, dejando que sonaran una y otra vez mientras se hundía más en su silencio.
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Durante las semanas siguientes, Cora se obligó a volver al trabajo.
Los moretones se le habían desvanecido, pero el dolor sordo en la espalda persistía.
Aun así, necesitaba la distracción.
Su trabajo era humilde pero estable: pedir leche, café y jugo para todos en la oficina administrativa, limpiar los escritorios, llevar expedientes.
Cada vez que alguien tenía trabajo extra que no quería, se lo encajaban a ella.
Y Cora nunca se negaba.
Se quedaba hasta tarde, lo terminaba todo y jamás se quejaba.
Era una chica común y sencilla, sin un título de una universidad de élite; solo agradecida de tener un puesto en un conglomerado internacional que abarcaba Estados Unidos, Asia y Europa.
El tiempo se le fue escurriendo.
El ajetreo interminable fue embotando su dolor hasta que aquella noche empezó a sentirse como una pesadilla de la que por fin había despertado.
Cada mañana, llevaba café y jugo a los escritorios de sus compañeros, ordenaba con cuidado los expedientes que había terminado la noche anterior y saludaba a todos con un educado:
—Buenos días.
Nadie le respondía.
También se había acostumbrado a eso.
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De pronto, el jefe de administración irrumpió por la puerta.
—¡Reunión de emergencia! El señor Watson convocó una sesión del consejo. ¡Todos, muévanse! ¡Cora, tú también!
Cora parpadeó, sobresaltada, y se apresuró a seguirlos.
Sus compañeros le encajaron sus expedientes en los brazos antes de salir corriendo, riéndose.
Siempre hacían lo mismo: le tiraban todo encima y luego se iban pavoneándose como si ya hubieran hecho su parte.
Cora no se quejó.
Equilibrando una pila de carpetas que le llegaba por encima de la cabeza, trotó hacia el ascensor, murmurando disculpas cada vez que chocaba con alguien.
Cuando se abrieron las puertas, avanzó a trompicones detrás de la multitud, aferrada a la pila que casi le bloqueaba la vista.
Iban a mitad de camino hacia la enorme sala de juntas cuando alguien gritó:
—¡El señor Watson ya llegó!
