Capítulo 7 Caso Villarreal
Nicolás Ortiz
Lo que hice ayer fue una estupidez. Perder mi tiempo rastreando fantasmas en una biblioteca por una mujer que solo vi unos minutos es, sencillamente, absurdo. Soy un hombre de lógica, no de impulsos adolescentes.
Así que hoy he decidido enterrar esa distracción y concentrarme exclusivamente en el caso Villarreal. El día del juicio se aproxima y necesito reformular absolutamente cada ángulo de la defensa. No puedo permitirme perder; es una palabra que no existe en mi vocabulario profesional. Por ello, estoy desde muy temprano en el bufete, mucho antes de que el sol termine de salir, rodeado de café frío y expedientes.
—¿Necesita un café nuevo, señor? —preguntó mi asistente asomándose con cautela.
—No... —respondí sin despegar la vista de las cláusulas del contrato prenupcial—. Retírate. En cuanto llegue Villarreal, hazlo pasar de inmediato. No quiero que espere ni un segundo en la recepción.
—Entendido, señor.
Poco después, la puerta pesada de caoba se abrió. Alfonso Villarreal entró con una expresión que era una mezcla tóxica de tensión y desprecio. Su presencia dominaba la habitación de inmediato; había algo en su forma de caminar, en la rigidez de sus hombros y en cómo se dejó caer en la silla frente a mí que gritaba arrogancia innata. Me saludó con una leve inclinación de cabeza, una formalidad casi insultante.
—¿Cómo va el caso? —preguntó. Su tono no era una consulta, era una exigencia de eficiencia.
—Estamos afinando los detalles —le respondí, cerrando el fólder y sosteniéndole la mirada con la misma intensidad—. Hay mucho en juego, Alfonso. El prestigio de la firma y tu patrimonio. Necesitamos estar blindados para cualquier ataque de la parte contraria. Cuéntame, ¿qué esperas lograr exactamente con este juicio?
Villarreal se acomodó, cruzando una pierna sobre la otra con una elegancia despreocupada que no lograba ocultar el brillo de ira en sus ojos.
—Quiero que todo quede claro de una vez. Brenda está pidiendo el divorcio, pero no pienso darle un centavo. Cuando nos casamos, acordamos que la infidelidad sería el límite absoluto; ambos lo firmamos. Y ahora, esa mujer pretende quedarse con parte de mis bienes después de haberse acostado con uno de mis supuestos amigos. Eso no va a suceder, Nicolás. No bajo mi guardia.
—Entiendo. Divorcio vincular sin compensación económica —resumí, observando cómo su mandíbula se tensaba hasta el punto de parecer piedra—. Buscas la ejecución estricta de la cláusula de rescisión por incumplimiento de fidelidad.
—Exactamente. Si se va, se va con lo puesto. Esa fue la regla y quiero que se respete. No me importa cómo lo hagas, pero quiero ganar, cueste lo que cueste —dijo con una frialdad que me revolvió el estómago. Su desdén por cualquier concepto de equidad era evidente.
—¿Tiene pruebas físicas de esa infidelidad? —le pregunté, yendo directo al grano. Sin pruebas, la estrategia es humo.
—Tengo suficientes indicios —respondió con autosuficiencia—. Vi mensajes en su teléfono, cambios en su horario... y supe por amigos en común que se estaba comportando de manera extraña. No tengo fotos de ellos en la cama, ni videos, pero mi instinto no me falla. No voy a dejar que se salga con la suya basándose en tecnicismos legales.
—Alfonso, escúcheme bien —le advertí, inclinándome hacia adelante—. El instinto no gana juicios. Sin pruebas sólidas, será un calvario convencer al juez de que le neguemos sus derechos conyugales básicos. Sin embargo, podemos atacar su conducta, demostrar que rompió el vínculo de confianza fundamental.
Villarreal soltó un bufido de irritación. En ese momento, tuve que apretar los puños bajo la mesa para no mandarlo al carajo. Solo el respeto que le tengo a mi padre me mantenía en esa silla. El tipo me caía fatal.
—Los jueces siempre tienen esa debilidad por las mujeres, como si fueran seres intocables —escupió con amargura—. Pero esta vez no. Quiero que esto termine a mi favor, sin importar el método.
—Dígame una cosa —cambié de tema, ignorando su misoginia—, ¿cómo era la dinámica entre ustedes antes de esto?
—Al principio, todo marchaba bien —explicó con una condescendencia que goteaba veneno—. Pero luego Brenda empezó a actuar como una niña caprichosa. Gastos excesivos, amistades de dudosa reputación... Yo solo intentaba mantener el orden, establecer reglas para proteger mi nombre y nuestro matrimonio. Tal vez fui severo, pero alguien tenía que poner límites en esa casa.
Hice una pausa, considerando cómo abordar el siguiente tema delicado.
—En cuanto a sus relaciones anteriores... ¿alguna de sus exesposas lo ha acusado formalmente de ser controlador o posesivo? Necesito saber si la parte contraria puede usar un patrón de conducta en su contra.
Villarreal levantó una ceja, ofendido hasta la médula.
—Mira, Nicolás, soy un hombre que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Algunas mujeres confunden la disciplina con el control porque no entienden lo que es la lealtad. Pero nunca —remarcó cada sílaba— he maltratado a nadie. Si insinúas eso, estás perdiendo el tiempo. Soy un hombre de principios.
Asentí despacio, tomando notas rápidas. Mentira. Sus palabras sonaban a discurso ensayado. Sabía que manejar a este hombre requeriría una precisión quirúrgica; su ego era una bomba de tiempo que podía estallar en mitad del estrado y destruirnos a ambos.
—De acuerdo. Nos enfocaremos en las inconsistencias de Brenda y en sus demandas desproporcionadas. Presentaremos tu imagen como la de un hombre que solo buscaba honestidad y respeto mutuo —concluí, cerrando el cuaderno.
Villarreal se puso de pie con una sonrisa satisfecha, como si el veredicto ya estuviera dictado.
—Perfecto. Confío en que sabrás cómo manejar a esa mujer y a sus abogados. No permitas que destruya lo que construí con tanto esfuerzo.
Se retiró con aire triunfal, dejando en mi oficina un rastro de perfume caro y una sensación de suciedad difícil de quitar. Me quedé solo, reflexionando. Villarreal era un cliente difícil, un hombre con una visión distorsionada de la realidad y un ego colosal.
Este juicio no sería solo una batalla de leyes, sino una guerra de voluntades. Y aunque el hombre me desagradara, mi reputación estaba ligada a la suya. Estaba preparado para ganar, pero algo en mi interior me decía que este caso me obligaría a cruzar líneas que nunca pensé tocar.
