Seducción en el Bufete

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Capítulo 11 Estrategias

Nicolás Ortiz

La mañana se perfilaba como una de esas en las que el aire pesa y la tensión se puede cortar con un cuchillo. El juicio de Villarreal estaba a la vuelta de la esquina y el margen de error era, sencillamente, nulo. Mi reputación estaba sobre la mesa, y yo no me permito perder. Jamás.

Llegué a la oficina antes que el sol, decidido a desmenuzar cada carpeta. Tenía que preparar a Villarreal, y eso era un trabajo de alto riesgo; su arrogancia y su actitud de "dueño del mundo" no ayudaban en nada, pero yo soy el mejor manejando tipos difíciles.

—Buenos días, señor Ortiz. ¿Le traigo algo antes de empezar? —preguntó mi asistente en cuanto me vio entrar.

—Café cargado, y que no me interrumpa nadie. Si el edificio no se está quemando, no existo para nadie —respondí, tirando el maletín sobre el escritorio, que ya estaba sepultado en documentos.

Me hundí en la evidencia, pero el panorama era gris. Teníamos registros de llamadas y un acuerdo matrimonial que Brenda había pisoteado, pero nada más. Ni una foto, ni un video, nada que un juez no pudiera despachar como coincidencia. Teníamos suposiciones, y en un estrado, las suposiciones son basura.

Mientras leía, el recuerdo del bar me asaltó sin aviso. Isabel. Todavía podía sentir el sabor de su boca y la forma en que se esfumó sin decir ni adiós. Me tenía intrigado. No era solo que estuviera buenísima; era esa mezcla de frialdad y fuego que me desafiaba.

Sacudí la cabeza. Concéntrate, Nicolás. Tratando de enfocar mi mente nuevamente en el caso. No podía permitirme distracciones, no ahora.

—Señor Ortiz, el señor Villarreal está aquí —anunció mi asistente, interrumpiendo mis pensamientos.

—Que pase —dije, enderezándome y poniéndome la máscara de abogado implacable.

Villarreal entró como si el bufete fuera suyo. Nos dimos un apretón de manos rápido y seco. Se sentó frente a mí con esa sonrisa de superioridad que me daban ganas de borrarle de un puñetazo.

—Bien, Villarreal, vamos a empezar con lo que tenemos. Necesito que este completamente preparado —empecé, extendiendo los registros de llamadas sobre la mesa.

—No te preocupes, Nicolás. Sé qué decir. Brenda no me va a quitar ni el café —soltó con una suficiencia desesperante.

—Eso espero. Estas llamadas demuestran que hablaba con alguien a horas que no cuadran. No es una prueba reina de infidelidad, pero sirve para sembrar la duda. Necesito que tu testimonio sobre cómo descubriste esto sea impecable.

—Ella se creía muy lista, pero siempre supe que me veía la cara. Esas llamadas lo demuestran —dijo con un desprecio que le salía por los poros.

Repasamos el acuerdo. Villarreal controlaba cada palabra de su historia, era un manipulador experto, y aunque me cayera fatal, era exactamente lo que necesitaba para ganar. Pero sabía que no era suficiente. Brenda también tendría a alguien preparándola, y necesitaba un as bajo la manga.

—Necesitamos algo más, Alfonso. ¿Seguro que no tienes nada más?

—Es todo lo que hay. Pero confío en el apellido de tu padre. Si él me mandó contigo, es porque vas a ganar. Siempre lo hacen —respondió con esa confianza que roza la insolencia.

Asentí, aunque por dentro me hervía la cabeza. Cuando se fue, me quedé solo con mis pensamientos. E inevitablemente, volví a ella. Isabel era diferente. Físicamente era un escándalo; esas curvas peligrosas, ese trasero que desafiaba la gravedad y unos pechos que llenaban perfectamente mis manos en mi imaginación. Normalmente no me obsesiono con físicos tan voluptuosos, pero con ella... con ella todo era distinto. Era un reto intelectual envuelto en un cuerpo de infarto.

Volví mi mente al juicio terminando la preparación. Las cosas no pintaban del todo bien, pero tenía que encontrar una solución. Frustrado, decidí jugar mi última carta. Mi padre. El viejo tiene ojos en todas partes y una intuición que nunca falla.

No suelo hacer esto, pero por él ahora mismo tengo un dolor de cabeza con este expediente.

—Papá, necesito hablar contigo sobre el caso Villarreal —dije cuando contestó.

—Claro, hijo. ¿Qué sucede? —respondió con su voz calmada y segura.

—Papá, el caso está flojo —le dije—. Registros de llamadas y un papel firmado no van a bastar. Necesito algo más.

—¿Conoces a Elian, el amigo de Villarreal? —preguntó mi padre tras un silencio corto.

—Sí, el socio de los negocios de logística. ¿Qué pasa con él?

—Villarreal sospecha de una aventura, ¿no? Bueno, Elian es un viejo conocido mío de los clubes de golf. Tengo su número privado. Haz lo que tengas que hacer, Nicolás, pero sácale la verdad. Yo no me meto, pero ahí tienes el hilo. Tira de él.

Colgué sintiendo una descarga de adrenalina. Marqué el número y Elian contestó al tercer tono, con voz de pocos amigos.

—Habla Elian. ¿Quién es?

—Nicolás Ortiz. Represento a Villarreal en el divorcio. Necesito hablar contigo, y te conviene escucharme.

—¿Y a mí qué me importa el divorcio de Alfonso? Somos amigos, no me metas en sus líos —respondió, a la defensiva.

—Escúchame bien, Elian. Sé que tú y Brenda eran... cercanos. No vengo a darte un sermón de moral. Vengo a ofrecerte una salida. Estoy dispuesto a compensarte muy, muy bien por cualquier prueba real de esa cercanía.

—¿Pero quién te crees? ¿Estás tratando de acusarme? ¿Sabes que Villarreal es mi amigo verdad? ¡Brenda es una santa al lado de ese animal! —responde claramente alterado.

Sonreí. Ya lo tenía.

—¿Por qué la defiendes, Elian? —le solté con veneno—. Deberías cuidar a tu socio, no a su mujer. ¿O es que ya no es solo su mujer? ¿Te la acostaste, verdad? ¿Sabes qué le hace Villarreal a los que le tocan lo suyo?

—¡Vete al carajo! —exclamó, desesperado—. No tienes pruebas de nada.

—No las tengo yo, pero Villarreal es un tipo impulsivo. Si se entera de que estás protegiendo a su ex esposa de esa manera... no creo que dures mucho en los negocios. Ni en la calle. Te ofrezco un trato: dame lo que tienes, toma el dinero y desaparece un tiempo. Es eso o esperar a que Alfonso pierda la cabeza.

Hubo una pausa antes de que Elian hablara de nuevo.

—¿Sabes lo que estás haciendo? Acusar a una persona sin fundamentos va en contra del código de ética de ustedes los abogaduchos —respondió sin más.

Ignore por completo lo que acaba de decir porque ¿qué sabe él? Además, me recertifica que entre ellos hubo algo. Lo primero: No lo acuse directamente, solo le dije que si tenía alguna evidencia y él solicitó hablo. Y lo segundo: La defiende más que a nada.

—No creo imaginarme si Villarreal se llega a enterar que estás defendiendo a su mujer... —susurre pensativo.

Hubo un silencio eterno. Podía oír su respiración agitada al otro lado de la línea. Estaba acorralado.

—Su ex esposa... —me corrigió.

Y ahí está... ¿Esta celoso?

—Creo que no vivirás, con lo impulsivo que puede llegar a ser. Ahora mismo entiendo que tienes un grave y serio problema por acostarte con la mujer de tu amigo —le confesé tratando de que pierda la cordura y me confiese todo lo que supongo.

—¡Joder! ¡Mierda...! ¿De cuánta plata estamos hablando? —preguntó finalmente con la voz rota.

—La suficiente para que te olvides de Brenda y de este país por unos meses. Pásame las fotos o los mensajes ahora mismo y el depósito cae en tu cuenta antes de que cuelgues.

Casi lo tenía.

—¿Quién te dio mi número? —me pregunta.

—¿Acaso crees que eso importa ahora...?

Volvió hacer una pausa nuevamente y si esa es mi señal para pensar que está considerando la oferta.

—De acuerdo. Te enviaré algunas fotos y mensajes que tengo guardados. Pero quiero el dinero en cuanto el caso termine, es más, ahora mismo. Te enviaré mi número de cuenta —dijo finalmente.

—Hecho. Envíamelo lo antes posible —respondí, sintiendo una mezcla de alivio y anticipación.

Dos minutos después, entró un correo. Fotos. Mensajes. Capturas de pantalla que no dejaban lugar a dudas: Elian y Brenda tenían una historia ardiente a espaldas de Villarreal. Procedí con la transferencia sin pestañear.

Me permití un momento de satisfacción. Ahora teníamos algo tangible.

¡Bingo!

Me eché hacia atrás en mi silla con una sonrisa de victoria. Ahora sí tenía el arma cargada. Brenda Contreras se creía muy lista, pero no contaba con que yo juego para ganar, cueste lo que cueste. En el juzgado, iba a ser una carnicería. Y yo iba a disfrutar cada segundo de su caída.

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