Capítulo 5 Pecado andante
Mientras tanto, a pocos metros de ahí, Mateo limpió el sudor de su frente una vez más antes de bajar lentamente de la camioneta.
Había sido una semana agotadora, demasiado larga. Y sinceramente, ya no sabía cuánto tiempo más podría seguir escondido en aquel lugar sin perder completamente la cabeza, la paciencia, definitivamente no iba a durar mucho.
Cerró la puerta de la camioneta, y alzó la mirada hacia el convento.
Extrañamente… durante todo el viaje solo había podido pensar en una persona.
La hermana Camila, si. La misma mujer que parecía tropezarse con facilidad, desmayarse cada dos días o para ser exactos, cada vez que él estaba frente a ella y además mirarlo como si él fuera un pecado andante.
Mateo soltó una pequeña risa para sí mismo mientras negaba con la cabeza.
Porque, por más que intentara ignorarlo… no había logrado sacar de su mente aquellos labios suaves rozando accidentalmente los suyos. Eso definitivamente estaba siendo su condena, una condena que no era fácil de sobrellevar.
Mientras tanto, en el área del comedor el aroma de sopa caliente llenaba toda la cocina mientras Camila removía lentamente la enorme olla frente a ella. Escuchó que Mateo había vuelto, era el momento perfecto.
“Respira, todo iba a salir bien”.
Solo tenía que hacerlo rápido, ¿Que podía salir mal?.
León Montenegro quería muerto a Mateo… y aquella era probablemente la oportunidad perfecta.
Sacó lentamente el pequeño frasco escondido entre los bolsillos de su hábito mientras miraba nerviosa hacia la puerta.
Abrió la tapa rápidamente, pero los nervios le temblaban tanto en las manos que ni siquiera notó que había tomado el frasco equivocado de entre todas las cosas escondidas en su bolsillo.
Sin pensarlo demasiado, dejó caer varias gotas dentro del plato que acababa de servir.
—Bueno… —susurró tragando saliva—. Que Dios me perdone.
—Creo que eso debería decirlo yo.
Camila pegó un brinco tan fuerte que casi deja caer el plato al suelo.
Se giró de inmediato. Y ahí estaba él.
Mateo Montenegro, un Dios griego en medio de la nada.
Él estaba apoyado tranquilamente contra el marco de la puerta mientras la observaba con una sonrisa apenas ladeada.
Por Dios… ¿Por qué ese hombre siempre aparecía así?
Y lo peor… provocando que su corazón quisiera salirse de su pecho cada vez que la miraba de esa manera.
Camila tragó saliva lentamente mientras intentaba recuperar la compostura.
¿Acaso los nervios le estaban jugando en contra… o el verdadero problema empezaba a ser Mateo Montenegro?
—Pa… padre Mateo —balbuceó acomodándose el hábito rápidamente—. No lo escuché llegar.
—Eso noté —respondió él entrando lentamente a la cocina—. Aunque sinceramente pensé que iba a lanzar la sopa por la ventana del susto.
Camila soltó una risa nerviosa mientras intentaba recordar cómo respirar normalmente.
Maldito hombre, una semana, había pasado una maldita semana sin verlo… y seguía causando exactamente el mismo efecto en ella.
El mismo efecto que el primer día.
Mateo se acercó un poco más mientras observaba el plato que ella sostenía entre las manos.
—¿Eso es para mí?
Camila tragó saliva.
—Sí.
—Vaya… hermana Camila cocinando para mí. Empiezo a sentirme especial.
Especial.
Si él supiera que probablemente estaba a segundos de morir…
Camila le extendió el plato rápidamente.
—Tómelo antes de que se enfríe.
Mateo arqueó apenas una ceja ante la desesperación de ella, claramente divertido.
Pero justo cuando iba a probar la sopa…
El sonido de un bastón golpeando el suelo resonó en toda la cocina.
Mateo levantó la mirada.
—Adelante, padre Sebastián.
Camila sintió cómo el alma se le salía del cuerpo al ver entrar lentamente al otro sacerdote, al anciano.
No, no, no, eso no estaba en el plan. El padre Sebastián sonrió con tranquilidad antes de sentarse lentamente frente a la mesa.
—Espero no interrumpir.
—Para nada —respondió Mateo tomando asiento también.
Camila sonrió falsamente mientras sentía un sudor frío recorrerle la espalda.
—Padre Mateo —dijo rápidamente—. La sopa… debería tomarla ya.
Mateo la miró confundido.
—¿Tan mala quedó?
—No, yo… digo… porque se enfría.
Mateo soltó una pequeña risa.
Y para absoluta desgracia de Camila… empujó el plato hacia el padre Sebastián.
—Entonces que el padre Sebastián me diga primero si sobreviviré después de probarla —bromeó con una sonrisa.
Camila se quedó completamente pálida.
El anciano tomó la cuchara lentamente.
No, Dios, no.
Camila empezó prácticamente a hiperventilar mientras veía cómo el hombre llevaba la sopa hacia su boca.
—Hermana Camila —dijo sor Juana entrando en ese momento—. ¿Se siente bien? Está blanca.
Mateo frunció el ceño de inmediato al verla tambalearse.
—Camila…
El padre Sebastián finalmente probó la sopa.
Camila cerró los ojos. Iba a matar accidentalmente al otro sacerdote. Definitivamente el infierno ya tenía su nombre reservado.
Mateo se levantó rápidamente y caminó hacia ella.
—Hermana, ¿qué sucede?
Camila abrió los ojos lentamente antes de mirar directamente el plato.
—Hermana, ¿qué sucede? —él repitió.
Camila abrió los ojos lentamente antes de mirar directamente el plato.
Y justo en ese instante, el padre Sebastián soltó un pequeño quejido.
—Ay… ay, Dios mío… —murmuró llevándose ambas manos al estómago.
El color abandonó el rostro de Camila de inmediato.
—No… no… no… —susurró sintiendo que el aire empezaba a faltarle otra vez.
El anciano volvió a encorvarse en la silla.
—Creo que esta sopa quiere mandarme directo con el señor…
Camila abrió los ojos horrorizada.
—¡Padre, no diga eso! —soltó al borde del colapso.
Mateo miró rápidamente al padre Sebastián y luego a Camila, completamente confundido.
Porque uno parecía a punto de morir… y la otra parecía a punto de acompañarlo.
—Hermana Camila… está temblando —dijo acercándose rápidamente hacia ella.
Camila dio un pequeño paso hacia atrás mientras negaba desesperadamente.
—Yo no quería… digo… yo no pensé…
Sus piernas volvieron a fallarle.
Mateo alcanzó a sostenerla justo a tiempo entre sus brazos.
—Respire despacio —murmuró intentando calmarla.
Pero entonces el padre Sebastián volvió a quejarse.
—Necesito un baño… inmediatamente.
Y segundos después salió apresuradamente de la cocina tan rápido como le permitían los años y el bastón.
Sor Juana observó toda la escena en silencio antes de suspirar profundamente.
—Definitivamente… hoy nadie tendrá una tarde tranquila —dijo Sor Juana mientras corría detrás del padre Sebastián
Mateo bajó lentamente la mirada hacia Camila, que seguía aferrada a su sótano mientras respiraba de manera desordenada,
—Hermana Camila… —murmuró con el ceño ligeramente fruncido—. ¿Qué fue lo que intentó decir hace un momento?
El corazón de ella golpeó con fuerza, porque nuevamente Mateo estaba demasiado cerca otra vez.
Podía sentir una de sus manos firmes sobre su cintura, sosteniéndola para que no volviera a caer, mientras la otra apartaba lentamente un mechón de cabello de su rostro.
Camila levantó apenas la mirada, un gravísimo error, porque sus labios quedaron peligrosamente cerca de los de Mateo.
Tan cerca… que su respiración se mezcló otra vez, con la de él.
—Yo… —susurró sintiendo cómo las piernas le temblaban— creo que voy a desmayarme otra vez.
Mateo soltó una pequeña risa apenas contenida.
—Empiezo a creer que eso solo le pasa cuando estoy cerca, hermana.
