Santo por accidente

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Capítulo 2 Bienvenida al infierno

Mientras tanto, el camino se hacía cada vez más largo. Y por supuesto, la incertidumbre también.

La angustia de Camila al no saber como demonios iba a matar a un hombre sin terminar desmayándose primero, empezaba a consumirla lentamente.

Soltó un suspiro pesado mientras apretaba las manos sobre su regazo.Su madre estaba en peligro.

Y eso era lo único que realmente importaba.

Afortunadamente, León Montenegro la había dejado en libertad… al menos por ahora.

Porque según él, podía confiar plenamente en ella y en que su tarea la cumpliera al cien por ciento… porque de lo contrario, quedaría huérfana en menos de un mes.

Y Camila odiaba admitirlo… pero él tenía razón. Por su mamá, ella estaba dispuesta a hacer lo que fuera. 

—Señor, ¿ya casi llegamos? —dijo ella por enésima vez, mirando al pobre hombre que ya no sabía si seguir avanzando… o dejarla abandonada en mitad de la nada.

—Madrecita, ya le dije que este camino está lleno de piedras. No puedo poner a Guadalupe a correr.

Camila frunció el ceño de inmediato.

¿Guadalupe?

Abrió los ojos, confundida.

¿Quién demonios era Guadalupe?

—Señor… ¿y esa tal Guadalupe vive cerca? Porque si puede venir a ayudar a empujar este burro, se lo agradecería muchísimo.

El hombre se giró lentamente, con una cara de pocos amigos, justo cuando el animal bajo ella soltó un rebuzno indignado.

—Mire, madre… o novicia, o lo que sea usted —dijo entre dientes—. Guadalupe es esta burra en la que usted viene montada. Y créame… está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no lanzarla por ese barranco.

Camila parpadeó dos veces antes de dejar escapar un suspiro de derrota.

—Lo siento, Guadalupe… vas muy bien —murmuró mientras acariciaba al animal y empezaba a mover el abanico con desesperación—. Dios mío, qué calor hace aquí.

—Listo, madre. Llegamos.

—¿De verdad? —murmuró más para sí misma que para él mientras intentaba bajar de Guadalupe.

Camila se persignó dos veces antes de bajar de la burra.

Con ayuda del hombre, acomodó todo su equipaje, que aparentemente era demasiado más grande para alguien que solo pensaba quedarse quince días.

Alzó lentamente la mirada, y ahí estaba el Convento Santa Lucía.

Un edificio viejo, perdido en medio de la nada, inclinado ligeramente hacia un lado y aparentemente sostenido solo por obra y gracia divina, escondido en las afueras de Siena.

—¿Madre, se encuentra bien? —preguntó el hombre al verla tan quieta.

Camila tragó saliva rápidamente y forzó una sonrisa.

—Sí, sí… solo estoy un poco cansada.

Camila tomó aire profundamente antes de acercarse a la enorme puerta del convento.

Bien, ahora solo tenía que sonreír, actuar como una monja y por supuesto, encontrar la manera de matar al sobrino de su jefe.

Nada complicado, para alguien que nunca había matado ni una mosca. Lo que todavía no entendía era por qué León Montenegro quería muerto a un hombre que vivía escondido en medio de la nada.

Ella suspiró y luego levantó la mano y tocó suavemente la puerta.

Pero antes de que pudiera volver a hacerlo, el viento empujó lentamente la madera vieja, Camila tragó saliva.

Eso jamás era buena señal en ninguna película, bajó la mirada lentamente y entonces vio un enorme perro negro apareció detrás de la puerta.

El animal mostró los dientes mientras soltaba un gruñido bajo que prácticamente le congeló el alma.

—Ay, Diosito… —susurró.

Camila empezó a retroceder lentamente, muy lentamente, mientras tanto el perro avanzó un paso, y ella dio otro hacia atrás.

El perro volvió a gruñir.

Y el corazón de Camila prácticamente dejó de funcionar, sus piernas temblaban, al igual que sus manos. 

—Perrito bonito… tranquilo… yo amo los animales… desde lejos, pero los amo…

El enorme animal volvió a acercarse. Pero Camila retrocedió tan rápido que terminó chocando contra un cuerpo firme detrás de ella.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Antes de pensar siquiera en lo que hacía, llevó ambas manos hacia atrás, tocando varias veces aquello duro y musculoso que había detrás de ella.

Muy duro, demasiado duro, parpadeó confundida y un segundo después, una voz grave habló justo sobre su cabeza.

—Si piensa lanzarme al perro como carnada, déjeme decirle que todavía quiero vivir.

Camila se quedó completamente quieta y se giró lentamente, haciendo que su corazón se quedará congelado por completo.

—¿Usted? —murmuró Camila, llevándose una mano al pecho.

Mateo frunció ligeramente el ceño mientras la observaba con atención.

Camila intentó mantener la calma, si intentó. Porque en ese momento su cerebro parecía haberse desconectado por completo.

Volvió a llevarse la mano al pecho, intentando recuperar el aire. Pero no podía creerlo.

El hombre frente a ella era exactamente al que debía matar.

Pero eso no era lo peor, por supuesto que no. Lo peor era que aquel hombre estaba vestido de sacerdote.

—¿Hermana, se siente bien? —preguntó Mateo al notar cómo el color abandonaba lentamente el rostro de Camila.

Ella asintió rápidamente, o al menos lo intentó.

Porque segundos después cerró los ojos y todo a su alrededor empezó a dar vueltas.

Antes de que terminara cayendo al suelo, Mateo reaccionó rápido y la sostuvo entre sus brazos.

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