Santo por accidente

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Capítulo 1 Pacto con el diablo

Sus piernas corrían tan rápido como se lo permitían… pero no era suficiente. Claro que no.

Una vez más, Camila miró hacia atrás y apretó el bolso fuerte contra su pecho. Pero era en vano, esos hombres no se cansaban.

—¡Será mejor que te detengas! —gritó uno—. O no querrás que una bala se me escape y termine en ese pequeño cerebro.

Camila se detuvo en seco al escucharlo.

Así de fácil… cualquiera se detenía. Ella levantó las manos lentamente, intentando controlar su respiración mientras se giraba hacia ellos.

—Ya les dije que yo no soy quien ustedes creen.

El hombre frente a ella arqueó una ceja, sonriendo de lado y dejando ver un reluciente diente de plata.

—Claro que sé quién eres —respondió con calma, dando un paso hacia ella—. Y vas a venir conmigo.

Él hizo una pausa, como si disfrutara el momento.

—A menos que quieras que tu madre sufra… un pequeño accidente —aseveró el hombre con arrogancia.

Camila sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones, mientras una lágrima rebelde escapaba por su mejilla, cerró los ojos y caminó sin decir una sola palabra más.

Dos de ellos la sujetaron sin delicadeza y la metieron al auto.

Quince minutos después, el vehículo se detuvo y Camila no pudo evitar fruncir el ceño al bajar, pues estaban al frente de un prestigioso club, uno donde solo iban los multimillonarios.

Uno de los hombres la arrastró prácticamente hasta el interior del lugar y la lanzó sobre un sofá sin el menor cuidado.

Camila soltó un quejido mientras intentaba incorporarse. Una bocanada de humo llenó sus pulmones.

Tosió levemente y levantó la mirada.

Y entonces su sorpresa fue aún mayor al darse cuenta de quien estaba sentado frente a ella.

—¿Señor Montenegro? —preguntó tartamudeando al reconocer a su jefe.

El hombre acomodó lentamente el cigarro entre sus dedos.

—Señorita Rivas.

Camila tragó saliva.

—Señor… no entiendo qué está pasando —dijo nerviosa—. ¿Por qué me trajeron aquí de esta manera?

León Montenegro sonrió apenas, una sonrisa fría, una de esas que hacían helar la sangre.

—Por supuesto que voy a explicártelo, señorita Rivas —respondió con tranquilidad—. Mis hombres te trajeron porque tengo un trabajo para ti.

Camila frunció el ceño.

—¿Qué trabajo?

León se levantó lentamente y empezó a caminar hacia ella.

—Es algo sencillo —dijo, como si hablara del clima—. Solo tienes que matar a alguien.

Camila parpadeó varias veces.

—¿Perdón?… Yo nunca he matado a nadie —ella respondió a la defensiva.

—Bueno, siempre hay una primera vez para todo —dijo él, con una medio sonrisa.

El hombre se detuvo frente a ella.

—Quiero que mates a mi sobrino.

Camila sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies, pues su jefe quería matar a su propio sobrino… a su sangre.

Y por una razón enfermiza había decidido convertirla a ella en parte de todo aquello.

—No —negó de inmediato—. Están locos si creen que voy a hacer eso. ¡Yo no soy una asesina!

León suspiró, como si ya esperara aquella respuesta. Luego sacó su teléfono y giró la pantalla hacia ella. Todo dentro de Camila se congeló.

Su madre estaba atada y lo peor, con los ojos vendados.

El aire abandonó sus pulmones, mientras llevaba una mano a su pecho.

—Ahora dime —murmuró él—… ¿sigues creyendo que tienes opción?

Las lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de Camila mientras negaba lentamente.

—Así me gusta… que cooperen —dijo León con una sonrisa ladina.

Él metió la mano en el bolsillo y sacó una fotografía y la sostuvo frente a ella.

—Este es el hombre al que tienes que matar. 

Camila bajó lentamente la mirada hacia la foto. Un hombre atractivo, elegante. Y con cara de ser exactamente el tipo de persona que le arruinaría la vida.

—Ah… y tienes quince días —añadió León con total calma— para encontrarlo… y matarlo.

Camila tragó saliva… Quince días.

Quince miserables días para convertirse en una asesina.

León volvió a tomar asiento y segundos después, agarró un paquete que estaba sobre la mesa.

Sin decir nada, lo lanzó a los pies de Camila.

—Debes ponerte eso.

Confundida, Camila tomó el paquete.

Y abrió los ojos de golpe, no podía ser, en sus manos tenía… un hábito de monja.

Ella parpadeó lentamente antes de volver a mirar a su jefe.

—¿Acaso usted quiere que me disfrace de monja para matar a su sobrino? eso es… eso es enfermizo. 

—Exactamente, eso es lo que quiero que hagas —respondió León con total tranquilidad—. Mi sobrino lleva pocos días escondido en ese lugar, así que no será difícil acercarte a él.

Camila sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Esto no podía estar pasando.

—Así que sedúcelo, envíame fotos para tener las pruebas de que lo hiciste y luego… —finalizó León— acaba con Mateo Montenegro de una buena vez.

Camila lo miró horrorizada.

Mientras tanto, a kilómetros de ahí, Mateo Montenegro lanzó el teléfono sobre la mesa con frustración.

Nada, absolutamente nada. Aún no había una sola pista de quién quería matarlo.

Y mientras menos respuestas tenía… más claro quedaba que salir de ese lugar sería un suicidio.

Pasó una mano por su rostro y soltó un suspiro pesado. Definitivamente su vida se había convertido en un mal chiste.

—Padre, ¿se encuentra usted bien?

Mateo alzó lentamente la mirada al escuchar a la madre superiora entrar en la habitación. La mujer no dijo nada,  simplemente caminó hasta el escritorio con un sobre en sus manos y dejó una carta sobre la mesa con una pequeña sonrisa tranquila.

Pero Mateo no prestó atención a la carta. Sus ojos se quedaron fijos en el sello marcado sobre el sobre. Ese mismo sello. El mismo que habían dejado en el auto, durante el atentado que le habían hecho días atrás.

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