Capítulo 5 El acuerdo
El viento aún golpeaba su rostro cuando todo se detuvo.
No fue un descenso gradual, ni una calma natural. Fue abrupto. Como si alguien hubiera detenido el mundo con una sola decisión. El aire, que segundos antes la empujaba al abismo, quedó suspendido, denso, cargado de una tensión invisible que se adhería a la piel.
Aurora tambaleó, intentando recuperar el equilibrio mientras el vértigo seguía vibrando en su cuerpo. Sus piernas no respondían con firmeza. Sentía el pulso en las rodillas, en las manos, en la garganta. El suelo bajo sus pies era real… pero su mente aún caía.
El acantilado seguía allí.
Oscuro. Profundo. Esperando.
El mar golpeaba abajo con violencia contenida, como si reclamara lo que le había sido arrebatado. El aire se volvió más frío. Más pesado. Como si incluso la noche estuviera expectante.
—Tu familia —dijo él— está al borde del colapso.
El corazón de Aurora se contrajo.
—No te atrevas…
—Tu padre debe más de lo que puede pagar. Tu hermano… no sobrevivirá sin atención constante.
Las palabras no eran crueles por el tono.
Eran crueles porque eran verdad.
Aurora retrocedió.
—¿Cómo sabes eso?
Demian dio un paso.
—Porque yo soy a quien le debe.
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue devastador.
—No…
—Sí.
—Mi padre no haría eso…
—Tu padre haría cualquier cosa por mantenerlos con vida.
Y ahí se quebró.
No porque no lo creyera.
Sino porque lo hacía.
Aurora cerró los ojos un instante.
Y lo entendió.
No era casualidad.
Era control.
—¿Qué quieres? —preguntó, firme, aunque sus manos temblaban.
—A ti.
Aurora alzó la mirada.
—¿Para qué?
—Aún no lo sé del todo.
—No soy un experimento.
—No. Eres un misterio.
—¿Y si me niego?
Demian no apartó la mirada.
—Entonces tu familia pagará la deuda de otra forma.
Aurora dejó de respirar.
No hacía falta explicar.
Lo vio todo.
Su padre…
su hermano…
su hermana…
La ruina.
—Si voy contigo… ¿ellos estarán bien?
—Sí.
—¿Mi hermano vivirá?
—Recibirá lo que necesita.
—¿Mi familia no sabrá nada?
—No.
Aurora tragó saliva.
—Entonces esto… es entre tú y yo.
—Siempre lo fue.
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue una despedida anticipada.
Aurora respiró hondo.
Y decidió.
—Acepto.
Demian no sonrió.
Pero algo en su mirada cambió.
—Entonces… ve a despedirte.
El camino de regreso no tuvo palabras.
Aurora caminaba, pero no sentía el suelo. Sus pasos eran mecánicos, como si su cuerpo avanzara mientras su mente seguía atrapada en el acantilado.
La puerta estaba entreabierta.
Empujó.
—¿Aurora? —la voz de su hermana rompió el silencio.
Y ese simple sonido… la destruyó.
Su hermana corrió hacia ella.
—¡Estabas afuera! ¡Te extrañé…!
Se detuvo al verla.
—¿Qué te pasa…?
Aurora no respondió.
Solo la abrazó.
Fuerte.
Demasiado.
—Estoy aquí… —susurró.
Pero sabía que no se quedaría.
—¿Por qué estás así…?
—No pasa nada… todo va a estar bien…
La mentira le quemó la garganta.
—¿Quién es ese señor?
La voz de su padre lo cambió todo.
Aurora se congeló.
No necesitó girarse.
Lo sintió.
Detrás de ella.
Demian.
Se separó lentamente.
—Papá…
Pero él ya lo había visto.
—¿Quién es ese?
—Tengo que hablar contigo…
—No. Él habla primero.
—No vine a hablar contigo —dijo Demian.
El aire se tensó.
—Estás en mi casa.
—Por ahora.
—¿Quién te crees?
—¡Papá, por favor!
—¡TÚ CÁLLATE!
Aurora sintió el corazón en la garganta.
—Me voy con él…
El mundo se detuvo.
—¿Qué…?
—Repite eso.
—Se va conmigo —dijo Demian.
—No —respondió su padre—. No se va a ningún lado.
—No es tu decisión.
—Es mi hija.
—Ya no.
El silencio cayó pesado.
—¿De qué está hablando…?
—Papá…
—¡MÍRAME!
Ella lo hizo.
Y se rompió.
—Tengo que irme.
—No.
—Sí.
—¡NO!
—No sabes quién es.
—Sí lo sé.
—No, no lo sabes…
El padre la miró.
Y entendió.
Un poco.
—¿Qué te hizo?
—No es eso…
—¡ENTONCES QUÉ!
Aurora cerró los ojos.
—Puede ayudarlo…
—¿A quién?
—A Kendal…
El mundo se detuvo.
—No…
—Puede salvarlo…
—¡Eso es mentira!
El padre giró hacia Demian.
Miedo. Rabia. Instinto.
—Aléjate de mi hija.
—Ya no puedes protegerla.
Eso bastó.
El cuchillo apareció.
Frío. Brillante.
—¡TE DIJE QUE TE ALEJARAS!
—¡PAPÁ NO!
Aurora se interpuso.
—¡Baja eso!
—¡Quítate! ¡No sabes lo que es!
—¡Sí lo sé!
—¡NO!
El cuchillo temblaba.
—No te voy a perder… —dijo él, quebrándose—. No también a ti…
—Ya me estás perdiendo…
Silencio.
—No…
—No tengo opción…
—¡CLARO QUE LA TIENES!
—No.
—CÁLLATE.
Demian dio un paso.
—Inténtalo.
El peligro se volvió real.
—¡BASTA! —gritó Aurora—. ¡DETENTE!
Él no respondió.
—¡POR FAVOR!
Y algo cambió.
Apenas.
Pero suficiente.
Aurora miró a su padre.
Y se rompió.
—Cuida de ellos…
—No si eso significa perderte.
—Es la única forma…
—No.
—Sí.
—¡NO!
Aurora retrocedió.
—Lo siento…
Su hermana lloró.
—¡No te vayas! ¡No me dejes!
Aurora cerró los ojos.
—No puedo quedarme…
—¡YO TE NECESITO!
El mundo se quebró.
Pero Aurora no se detuvo.
Porque si lo hacía…
no podría irse.
Giró.
Y caminó.
Hacia él.
Sin que la tocara.
Sin que la obligara.
Por decisión propia.
Pero rota.
Y al cruzar la puerta…
no miró atrás.
Porque sabía…
que si lo hacía…
no sobreviviría a esa despedida.
Y esta vez…
no había regreso.
