Sangre y Redención

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Capítulo 2 La mano fría

El vacío la recibió.

No fue un impacto inmediato, ni una sensación brusca como esperaba. Fue algo más lento, más inquietante… como si la caída no fuera solo física, sino también emocional, como si todo lo que era —sus recuerdos, su dolor, su identidad— se estuviera desintegrando en ese descenso. El aire no parecía aire; era un abismo que la envolvía, que la tragaba, que le susurraba que ya no había vuelta atrás. Era una sensación de abandono absoluto, como si el mundo hubiera soltado su mano… y no tuviera intención de volver a buscarla.

El viento golpeó su rostro mientras su cuerpo descendía hacia la oscuridad… pero entonces—

Algo la atrapó.

No fue suave.

No fue humano.

Fue abrupto, preciso… imposible.

Una mano.

Firme. Fría. Inhumana.

No era el calor de una mano que salva, ni la desesperación de alguien que intenta ayudar. Era una sujeción absoluta, inquebrantable, como si esa mano no dudara, como si nunca hubiera dudado en su existencia. La presión en su cuerpo fue lo suficientemente fuerte como para detener su caída en seco, pero no para lastimarla. Era un control perfecto… aterradoramente perfecto.

El mundo se detuvo.

Literalmente.

El sonido del viento desapareció de golpe, como si alguien hubiera apagado el universo. El tiempo dejó de avanzar. No había caída, no había movimiento, no había dirección. Solo una suspensión imposible en medio de la nada, donde arriba y abajo dejaron de tener sentido.

Aurora abrió los ojos de golpe, jadeando.

El aire volvió a sus pulmones de manera violenta, como si su cuerpo no entendiera cómo debía respirar en ese instante. Sus manos se movieron instintivamente, buscando algo, cualquier cosa… pero no había suelo, no había estabilidad, no había lógica.

No estaba cayendo.

Estaba suspendida.

Y él la sostenía.

Demian Valmot.

Su figura emergía entre la niebla como una aparición imposible. No había llegado corriendo, no había saltado, no había hecho nada que pudiera explicarse. Simplemente… estaba ahí. Como si siempre hubiera estado ahí. Como si la caída de Aurora hubiera sido parte de algo que él ya conocía.

Alto, elegante, con una presencia que imponía sin esfuerzo. No necesitaba hablar para dominar el espacio; su sola existencia alteraba el entorno. La niebla parecía moverse a su alrededor, como si reaccionara a él, como si lo reconociera. Su postura era recta, segura, casi demasiado perfecta para ser natural.

Su cabello negro como el azabache contrastaba con su piel pálida, creando una imagen casi irreal, como si no perteneciera al mismo mundo que Aurora. No había imperfecciones visibles, no había señales de desgaste, de cansancio, de vida cotidiana. Era… inmutable.

Y sus ojos azules… eran fríos.

Demasiado fríos.

No era el frío de alguien distante o indiferente. Era un frío profundo, antiguo, que no reflejaba emoción alguna. No había curiosidad, no había compasión, no había juicio. Solo una quietud inquietante, como si esos ojos hubieran visto demasiado… o tal vez ya no sintieran nada.

Como si no pertenecieran a este mundo.

—Aún no —dijo con voz baja.

No levantó la voz. No hizo falta. Sus palabras no viajaron por el aire como un sonido normal; se sintieron más cercanas, más directas, como si hubieran sido colocadas dentro de ella. Su tono no era autoritario… pero tampoco admitía discusión.

Aurora tembló.

No era solo el frío. Era algo más profundo, algo que nacía en su pecho y se extendía hacia sus extremidades. Un temblor que no podía controlar, que no respondía al miedo común. Era como si su cuerpo reconociera algo que su mente no lograba comprender.

—Suéltame…

Su voz salió débil, fragmentada, como si cada palabra tuviera que abrirse paso entre el caos que aún llevaba dentro.

Pero él no lo hizo.

La observaba.

No como un hombre mira a una mujer.

No había deseo.

No había admiración.

No había siquiera interés superficial.

Sino como un depredador examina algo que no logra entender.

Su mirada no la recorría con intención de poseer… sino de descifrar. Como si Aurora fuera un enigma, una anomalía en un mundo que él creía conocer perfectamente. No había prisa en su análisis. No había urgencia. Solo una atención absoluta, incómoda, invasiva.

Descendieron lentamente hasta el borde del acantilado. No fue una caída ni un salto. Fue un descenso controlado, casi antinatural, como si la gravedad obedeciera reglas distintas en su presencia. El aire se volvió más denso, más pesado, y cada segundo parecía alargarse más de lo normal, como si el tiempo estuviera siendo estirado.

Sus pies tocaron tierra, pero la mano de él siguió en su cintura.

Un segundo más de lo necesario.

Ese segundo no fue casual. Fue deliberado. Fue una pausa que no tenía justificación lógica, pero que cargaba una tensión difícil de ignorar. La presión de su mano no aumentó, pero tampoco disminuyó. Era una presencia constante, firme… imposible de ignorar.

Aurora se apartó con brusquedad.

El movimiento fue casi torpe, impulsivo, como si necesitara recuperar control sobre su propio cuerpo, como si esa cercanía le resultara insoportable.

—¿Por qué…? —su voz se quebró— ¿Por qué no me dejaste morir?

Las palabras salieron con más fuerza de la que esperaba, cargadas de una mezcla de rabia, dolor y desesperación. No era una pregunta tranquila. Era un reclamo.

Demian inclinó ligeramente la cabeza.

No fue un gesto de duda ni de confusión. Fue un movimiento mínimo, casi elegante, como si estuviera considerando algo que ya sabía.

—Porque no te di permiso.

El aire se volvió más frío.

No era una sensación imaginaria. La temperatura realmente descendió, envolviendo el espacio en una frialdad que no pertenecía a la noche. Era un frío seco, cortante, que se metía bajo la piel.

Más pesado.

Como si cada respiración costara un poco más.

—No tienes derecho —dijo ella, con una fuerza que no sabía que le quedaba.

Su voz ya no era débil. Había algo nuevo en ella. Una resistencia que emergía desde lo poco que aún quedaba en pie dentro de Aurora.

Él dio un paso hacia ella.

No fue un movimiento brusco. Fue lento, medido, seguro. Pero cada centímetro que avanzaba parecía reducir el espacio disponible, como si la distancia misma se estuviera plegando.

—La muerte no es un escape… es un privilegio.

Sus palabras no sonaron crueles. Sonaron… ciertas. Como una verdad incómoda que no necesitaba adornos.

Aurora lo miró con odio.

Un odio genuino, nacido del dolor, del cansancio, de la impotencia. Sus ojos, que antes estaban vacíos, ahora ardían con una intensidad que no había mostrado antes.

—No sabes nada de mí.

Él inhaló profundamente.

El gesto fue sutil, pero significativo. Como si estuviera absorbiendo algo más que aire. Como si pudiera percibir lo que ella llevaba dentro sin necesidad de palabras.

—Dolor… desesperación… y algo más —susurró—. No. Sé lo suficiente.

Aurora retrocedió.

Un paso. Luego otro. No porque quisiera huir… sino porque necesitaba espacio, distancia, una barrera que la protegiera de lo que no entendía.

—Aléjate.

Pero él no obedecía órdenes.

Nunca.

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