Querido San Valentín

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Capítulo 7 ¿La misma Valeria?

Mis ojos se abren como si delante de mí acabara de aparecer un fantasma. Sé que no he podido disimular mi asombro, pero ¿cómo hacerlo cuando el hombre sentado al otro lado de la mesa es exactamente el mismo que me encontró llorando frente a la puerta de su habitación en aquel hotel?

¿Cómo es posible semejante casualidad?

Hasta hace unos días era un completo desconocido al que, en medio de la peor noche de mi vida, confundí la habitación que me habían asignado. Ahora está frente a mí, vestido con un traje impecable y esperando que sea yo quien le presente una propuesta comercial en nombre de mi empresa.

Por un momento considero disculparme y decir que me equivoqué de sala. Quizá podría inventar alguna excusa y dejar que otra persona se encargue de la reunión. El problema es que eso no solo sería poco profesional, también significaría admitir delante de mi jefe que estoy demasiado avergonzada como para enfrentar a un cliente.

Y después de todo lo que ha ocurrido estos últimos días, no pienso permitir que mi vida personal empiece a destruir también mi carrera.

Respiro profundamente y camino hacia la mesa.

Él permanece sentado detrás de ella, observándome con una expresión tranquila. Tiene una mano apoyada sobre la barbilla y los ojos clavados en mí, como si estuviera intentando confirmar que realmente soy la misma mujer de aquella noche.

Viste un traje oscuro y una camisa blanca. Su cabello está perfectamente arreglado y, aunque he conocido a muchos hombres que cuidan su apariencia, él tiene algo que llama inevitablemente la atención. Tal vez sea la seguridad con la que se comporta o la manera en que parece sentirse completamente cómodo en cualquier lugar, no lo sé.

Cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse, noto que su expresión cambia ligeramente. La sorpresa inicial desaparece y en su lugar aparece una especie de curiosidad divertida.

"Me ha reconocido" —Digo para mis adentros.

Me obligo a caminar hasta la mesa y tomo asiento frente a él. Acomodo las carpetas mientras intento que mis manos no delaten lo nerviosa que estoy.

—Buenos días.

—Buenos días.

Su voz es exactamente como la recuerdo y eso, lejos de ayudarme, consigue que me ponga todavía más nerviosa.

Aclaro la garganta y coloco la primera carpeta frente a mí.

—Soy Valeria Martínez. Estaré a cargo de la presentación y de la negociación del proyecto.

Una de sus cejas se eleva ligeramente.

—¿Valeria?

Siento que la vergüenza de aquella noche vuelve de golpe.

—Exactamente. Valeria.

Una sonrisa apenas perceptible aparece en sus labios.

—¿La misma Valeria de aquella noche?

Lo miro fijamente. No sé si está hablando en serio o simplemente disfruta viendo cuánto puede hacerme pasar vergüenza.

—Depende de qué Valeria esté hablando.

Su sonrisa se hace un poco más evidente.

—La de la habitación equivocada.

Cierro los ojos durante un instante y maldigo mentalmente el momento en que decidí decirle mi nombre.

—Ese incidente no forma parte de mi currículum.

Mis mejillas empiezan a calentarse.

Él deja escapar una pequeña risa.

—Una lástima.

Lo observo con cierta incredulidad. No sé si está coqueteando conmigo o si simplemente tiene un sentido del humor demasiado descarado para alguien que acaba de conocerme en circunstancias tan poco convencionales.

Decido ignorarlo y abro la carpeta.

—¿Podemos fingir que nunca ocurrió?

—Por supuesto.

Le dedico una pequeña sonrisa.

—Gracias.

Alexander asiente, pero su expresión deja claro que no piensa dejar el tema completamente atrás.

—Aunque debo admitir que fue una presentación bastante memorable.

Cierro la carpeta de golpe y lo miro.

—¿Siempre hace comentarios así con sus socios comerciales?

—Solo cuando intentan entrar a mi habitación.

Aprieto los labios para evitar sonreír. No voy a darle el gusto de saber que me está haciendo gracia.

—Entonces supongo que tendré que asegurarme de no volver a equivocarme de puerta.

—Sería recomendable.

Niego con la cabeza y vuelvo a concentrarme en los documentos.

—Antes de comenzar...

Alexander extiende la mano hacia mí.

—Por cierto, no me he presentado formalmente. Soy Alexander Bennett.

Así que finalmente sé su nombre.

Estrecho su mano y siento un pequeño cosquilleo en los dedos. Lo atribuyo inmediatamente a los nervios y retiro la mano para colocarla sobre la carpeta.

—Mucho gusto.

—El gusto es mío.

Me acomodo en la silla.

—Bien, señor Bennett. Si está listo, podemos comenzar.

Su expresión cambia inmediatamente. La diversión desaparece y vuelve a aparecer el empresario que todos conocen.

—Adelante.

Y entonces hago lo que mejor sé hacer: trabajar.

Durante los siguientes cuarenta minutos, me concentro completamente en la presentación. Explico cada punto del proyecto, las proyecciones, los posibles mercados y las estrategias que nuestra empresa ha preparado para su expansión.

Alexander escucha con atención y hace preguntas precisas. En varias ocasiones cuestiona algunas cifras y me pide justificar determinados resultados, pero tengo las respuestas preparadas.

Poco a poco dejo de pensar en que me vio llorando frente a una puerta de hotel. También dejo de pensar en mi divorcio, en Richard y en todo aquello que durante los últimos días parece ocupar cada rincón de mi cabeza y resulta reconfortante descubrir que todavía soy buena en esto.

Cuando termino, cierro la carpeta y lo observo.

—Eso sería todo por mi parte.

Alexander permanece unos segundos revisando los documentos antes de levantar la mirada.

—Es impresionante.

La sorpresa me hace responder antes de pensarlo.

—¿Perdón?

Él señala la carpeta.

—La presentación.

Sonrío, un poco avergonzada por mi reacción.

—Ah. Gracias.

Alexander se recuesta ligeramente en la silla y vuelve a observarme.

—Quiero revisar algunos puntos antes de tomar una decisión final.

La posibilidad de haber cometido algún error me hace enderezarme.

—¿Tiene alguna duda?

—No exactamente. Son detalles que quiero revisar con mi equipo.

Asiento.

—Por supuesto.

Él toma nuevamente la carpeta.

—Pero hay algo que sí quiero solicitar.

—¿Qué cosa?

—Me gustaría que usted se encargara personalmente de la siguiente etapa del proyecto.

Lo miro sorprendida.

—¿Yo?

—Sí.

No sé si esperaba escuchar eso, pero la respuesta me resulta bastante agradable.

—Claro. No tengo ningún problema.

—Perfecto.

Cierra la carpeta y se pone de pie.

—Entonces nos veremos nuevamente.

Me levanto también.

—Que tenga un buen día, señor Bennett.

—Igualmente, Valeria.

Estoy a punto de salir cuando vuelve a llamarme.

—Y Valeria...

Me giro.

—¿Sí?

Me observa durante unos segundos antes de decir:

—Me alegra que finalmente encontrara su habitación.

Lo miro incrédula. Una parte de mí quiere avergonzarse y la otra quiere reír, pero termino haciendo ambas cosas.

—Voy a arrepentirme de haberle dicho mi nombre.

Una sonrisa divertida aparece en su rostro.

—Probablemente.

Niego con la cabeza y salgo de la sala.

Cuando cierro la puerta detrás de mí, dejo escapar el aire que llevaba varios segundos conteniendo.

—Qué vergüenza.

—¿Qué cosa?

Doy un pequeño salto al encontrar a mi jefe parado a pocos pasos de mí.

—Nada.

Me observa con expresión sospechosa.

—¿Ya se conocían?

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