Querido ex, ahora soy tu tía

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Capítulo 5 Capítulo: Ya no soy virgen

Aradia sintió un impulso de fuerza y desesperación al salir del auto; empujó a Vittorio Mancini con determinación, obligándolo a quedarse atrás mientras ella se alejaba.

Sus pasos eran rápidos, casi frenéticos, resonando en las calles vacías de la ciudad.

La respiración se le agitaba, y su corazón palpitaba con fuerza, como si quisiera salirse de su pecho.

Cada pensamiento se mezclaba con el miedo y la culpa, con la adrenalina que la empujaba a escapar, pero también con la certeza de que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Finalmente llegó frente a su edificio y subió por las escaleras hasta su departamento.

La llave temblorosa en sus manos parecía pesar toneladas.

Apenas abrió la puerta, su madrastra apareció como un relámpago, con los ojos llenos de furia.

—¿Qué está pasando, niña tonta? —gritó—. ¿Por qué no te quedaste a dormir con tu novio? ¡Aradia, estamos arruinados! Tu maldito padre es un alcohólico que no gana nada. No voy a mantenerte, así que tienes dos opciones: o te casas con el hijo de Don Mancini o te largas de aquí, ¡perra! Y te advierto… si no consigues al hijo de Mancini, quizás termine vendiéndote como puta.

La voz de la mujer retumbaba en las paredes, hiriente, cargada de desprecio y amenaza.

Aradia la miró, respirando con dificultad, y en un movimiento de fuerza pura, empujó a su madrastra, quien cayó al suelo con un grito de sorpresa y dolor.

Antes de que la mujer pudiera levantarse y atacarla nuevamente, Aradia corrió hacia su habitación y cerró la puerta de golpe.

Se apoyó contra la madera, temblando.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

Sollozó sin control, recordando a su madre, quien había muerto hacía años de un cáncer fulminante cuando Aradia tenía solo doce años. La ausencia de su madre había dejado un vacío que ni siquiera la firmeza de su espíritu podía llenar.

Esa noche, Aradia lloró pensando en todo lo que había perdido y en todo lo que le esperaba:

El sueño finalmente la alcanzó, pero no antes de que su mente imaginara la dura conversación que tendría al día siguiente.

Al día siguiente, Aradia llegó puntual a Mancini Global Defense, la empresa de defensa más importante del mundo, donde trabajaba como practicante pagada en el área financiera.

Las instalaciones eran impresionantes, con estrictas medidas de seguridad que incluían guardias armados, cámaras por doquier y controles de acceso biométricos.

Mientras revisaba los documentos de la jornada, su teléfono vibró. Era un mensaje de Blake:

"Hoy por la noche, iremos a un hotel elegante, haremos el amor por primera vez, cariño."

El corazón de Aradia se encogió. Sintió un peso en el pecho, una mezcla de ansiedad y culpa que la dejó sin aliento. Con manos temblorosas, escribió de vuelta:

"Blake, tenemos que hablar antes, por favor."

Un mensaje breve, directo, pero lleno de un significado que solo ellos dos podían comprender.

Blake respondió con un simple “Lo haremos”, sin sospechar aun lo que Aradia llevaba dentro.

En otra parte de la empresa, Blake reía en su oficina, acompañado de Kendra.

Era aprendiz del CEO, siguiendo los pasos de su tío y abuelo, y se sentía invencible.

—¡Estúpida! —dijo—, ella te cree todo. Entonces, ¿qué harás?

Mostró el video donde Aradia parecía entregarse, donde todo estaba manipulado para que pareciera culpable.

—¡Oh, mira! —dijo Kendra con un tono burlón—. Parece una gata en celo.

Blake sonrió, mostrando una malicia peligrosa.

—Es hermosa… —comentó mientras Kendra le apretaba las mejillas—. Pero ninguna como tú, mi amor.

—Entonces —continuó— me encargaré de esa… chica. Y en la fiesta de la fundación, ¡vamos a destruir su reputación! Si no se muda, terminará siendo una más, una más entre tantas.

Kendra rio, satisfecha, y Blake continuó:

—Recuerda cómo ella tuvo la culpa de que abusaran de mí y perdiera mi virginidad, y que no pudiera darte el gusto, amorcito.

—Ella lo pagará caro, Blake —dijo Kendra con un suspiro malévolo—. Aradia Muñoz va a pagar por lo que nos hizo.

Blake asintió, con una sonrisa fría.

**

Por la noche, al terminar su turno, Aradia esperaba frente al edificio. Vio el auto de Blake aproximarse y su corazón latió con fuerza. Él bajó la ventanilla y sonrió al verla.

—¿Estás lista? —preguntó.

Aradia bajó la mirada, luchando con cada palabra que deseaba pronunciar.

—Primero, detén el auto. Debemos hablar.

Blake frenó y detuvo el vehículo a un lado de la carretera. La miró, confundido, pero divertido:

—Aradia, ¿qué pasa, conejita?

Ella respiró hondo, dejando que las lágrimas escaparan mientras hablaba:

—Yo… perdóname, Blake —dijo, rompiendo en llanto—. El día que me dejaste plantada en el hotel, yo… pasó algo malo y…

—Pero… ¿qué? —preguntó Blake, con un hilo de preocupación y curiosidad.

—Un hombre irrumpió en mi habitación y yo… ya no soy virgen. Perdóname, por favor —sollozó, con la voz rota, incapaz de contener la culpa y el miedo.

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