Capítulo 4 Capítulo: Quédate conmigo
—Estoy cansado… debo ir a descansar. Continúen la fiesta.
La voz de Vittorio Mancini fue tranquila, pero cargada de autoridad. No necesitaba alzar el tono para que todos obedecieran.
El ambiente cambió en un instante, como si su presencia impusiera reglas invisibles.
Pasó a un lado de Aradia. Demasiado cerca.
Ella contuvo la respiración sin darse cuenta.
Su aroma —limpio, masculino, embriagador— la envolvió por un segundo, pero fue suficiente para que su piel se estremeciera.
Un escalofrío le recorrió la espalda, como si su cuerpo lo reconociera antes que su mente.
Bajó la mirada, incapaz de sostener la suya.
—Debo irme, Blake… no me siento bien —dijo, tratando de mantener la voz firme—. ¿Puedes llevarme a casa?
Blake apenas la miró. Tenía una copa en la mano, rodeado de gente, riendo.
—No seas aburrida, cariño —respondió con desdén—. Vete sola, si quieres… yo me quedaré.
Las palabras dolieron más de lo que esperaba.
Pero no discutió.
Asintió en silencio y se dio la vuelta, saliendo de la fiesta sin mirar atrás.
No notó que, desde el interior de la casa, unos ojos la seguían con atención.
El aire de la noche la recibió con un golpe frío.
Aradia respiró hondo, intentando calmar el torbellino en su pecho. Todo era demasiado: la fiesta, Blake, la humillación… y él, Vittorio.
Caminó hasta la entrada, pero pronto se dio cuenta de algo.
No había taxis. Ni uno solo.
Esa zona estaba demasiado alejada, demasiado exclusiva. Nadie subía hasta ahí a menos que tuviera permiso. Si quería conseguir transporte, tendría que bajar caminando varias cuadras.
Su estómago se encogió. Pero no tenía opción.
Se quitó los tacones, sosteniéndolos en la mano, y comenzó a caminar. El suelo estaba frío bajo sus pies, y el silencio de la zona le resultaba inquietante.
Solo se escuchaba el eco lejano de la música de la fiesta y el sonido de sus propios pasos.
Intentó pedir un taxi por aplicación. Sin señal.
—Genial… —murmuró, apretando los labios.
Siguió caminando. Cada paso la alejaba de la mansión… pero no del miedo.
Entonces, un auto se detuvo a su lado.
El sonido la hizo tensarse.
No miró de inmediato. Aceleró el paso.
—¿Eres una puta? —escuchó.
El corazón se le detuvo.
Giró ligeramente el rostro, solo lo suficiente para ver al hombre dentro del auto. Su mirada era desagradable, invasiva.
Aradia no respondió. Solo caminó más rápido.
—Vamos… —insistió él—. Puedo pagarte doscientos la hora.
El miedo empezó a crecer dentro de ella como una sombra.
Apretó los tacones en su mano y apuró el paso, sintiendo cómo el pulso le retumbaba en los oídos.
—¡Hey! —la voz del hombre se volvió más agresiva—. ¡No te hagas!
El auto avanzó junto a ella.
Y entonces… La puerta se abrió.
El hombre bajó.
Aradia sintió cómo el pánico la paralizaba por un segundo, pero reaccionó y trató de seguir caminando.
No llegó lejos. Él la alcanzó y la acorraló contra un costado del camino.
—Vamos, putita… —dijo, sujetándola del brazo—. Te pagaré más.
—¡Suéltame! —gritó, forcejeando.
El miedo la consumía. Su respiración era errática, su cuerpo temblaba.
Y entonces… El sonido de otro auto. Un vehículo elegante se detuvo junto a ellos.
La presencia se sintió de inmediato. Pesada. Autoritaria.
—¿Acaso ella no dijo que la soltaras?
La voz fue baja… pero suficiente para congelar el aire.
El hombre se giró y palideció.
—D-Don Vittorio… —balbuceó—. Perdóneme, yo… estaba bromeando…
Vittorio no respondió, solo chasqueó los dedos.
Fue un gesto simple. Pero devastador.
De la nada, hombres aparecieron. Firmes, silenciosos. Sujetaron al agresor sin dificultad.
—¡No! ¡Perdón! ¡Por favor! —gritaba mientras lo arrastraban—. ¡No sabía! ¡No sabía!
Aradia observó la escena sin poder moverse. Su cuerpo seguía temblando. Su mente… en blanco.
Vittorio caminó hacia ella. Se detuvo frente a ella.
La miró.
Y por primera vez, su expresión cambió apenas.
Una lágrima rodaba por la mejilla de Aradia.
Él la limpió con el pulgar, con una suavidad inesperada.
—Te llevaré a casa, sobrina —dijo, con una leve sonrisa que no lograba tranquilizarla.
Sobrina. La palabra sonó extraña. Irónica.
Aradia quiso negarse. Quiso decir que no. Pero no pudo.
No sabía si era miedo… o algo más. Asintió en silencio.
Y subió al auto.
El interior era silencioso.
Vittorio condujo sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus manos firmes sobre el volante, su postura relajada… como si nada de lo que acababa de pasar fuera relevante.
Aradia no sabía qué decir. No sabía cómo mirarlo.
Hasta que no pudo más.
—Señor… —su voz salió temblorosa—. Quiero decir… Don Mancini…
Él no respondió. Pero la escuchaba.
—Yo… le suplico que me perdone —continuó, sintiendo cómo las lágrimas regresaban—. Ayer… yo no soy así. Estaba mal... Era mi primera vez y… pensé que Blake vendría…
Las palabras se atropellaban.
—Yo se lo diré… —susurró—. Por favor… perdóneme…
El silencio se volvió más pesado.
Vittorio giró ligeramente la cabeza. La miró de reojo. Sus ojos eran oscuros. Profundos e impenetrables.
—Termina con mi sobrino.
La frase cayó como un golpe seco. Aradia lo miró, confundida.
—¿Qué…?
Su mente no lograba procesarlo.
—Yo… lo haré… —murmuró finalmente, bajando la mirada—. Porque… ya no soy digna de él…
Las lágrimas volvieron a caer.
Pero esta vez, él reaccionó. Extendió la mano.
Tomó su barbilla con firmeza, obligándola a mirarlo. Se inclinó ligeramente hacia ella, invadiendo su espacio.
—Termina con Blake… —repitió, su voz baja, dominante—… y quédate conmigo.
