Querido ex, ahora soy tu tía

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Capítulo 1 Capítulo: Una noche de pasión.

Aradia estaba en ese hotel, esperando a su novio Blake, quien había prometido que vendría.

La suite era elegante, impecable, y su corazón latía con fuerza mientras los nervios se enredaban con la anticipación.

Llevaban un año de novios, acababan de graduarse, y ella había decidido entregarle su primera vez después de la fiesta de graduación.

Cada segundo de espera hacía que su respiración se acelerara, y un calor suave recorría su cuerpo ante la expectativa.

Estaba ansiosa, luego bebió la copa de vino, casi nunca solía beber, pero quería estar tranquila y le dijeron que el vino era bueno para calmarse.

Lo que ella no sabía era que ese vino estaba adulterado por una potente droga.

Aradia bebió por completo la copa de vino.

Tenía 21 años y acababa de terminar la carrera de finanzas, destacándose como una prodigio. Incluso había finalizado antes que sus compañeros, gracias a su brillantez, pero la inteligencia no la había protegido de la ingenuidad ni de confiar demasiado en otros.

Los minutos pasaban y Blake no llegaba.

Su cuerpo comenzó a arder; el vino hacía efecto y la lujuria crecía en su piel, en cada nervio.

Sentía un calor profundo que la atravesaba, una necesidad que no podía comprender, un fuego que parecía vivir dentro de ella.

Un golpe seco afuera la hizo sobresaltarse. Miró hacia el balcón: alguien estaba allí, y algo en esa presencia le hizo erizar la piel. Su mente, alterada por la droga, no pensaba con claridad.

—¿Blake…? —susurró, con un temblor que escapaba de su garganta.

Se levantó, acercándose al balcón con pasos temblorosos, y abrió la puerta.

Un hombre estaba allí, con aire peligroso, con movimientos seguros y calculados.

La empujó suavemente hacia adentro, cerró la puerta y cubrió la ventana. Sus ojos se encontraron al instante.

Èl siseó, estaba algo golpeado, un pequeño moretón en su mejilla y sucio, como si viniera del infierno, aunque su traje, ya hecho jirones denotaba elegancia y lujo.

Ella, con un delicado vestido de seda, parecía frágil y a la vez provocativa; su cuerpo irradiaba una sensualidad que no podía esconder.

—No eres mi novio… ¿Quién eres? —exclamó, entre miedo y excitación.

Él la miró, evaluando cada curva, cada gesto de inseguridad y deseo. Tragó saliva. Su mano empuñaba una pistola, pero su mirada estaba más concentrada en ella que en cualquier arma.

—¿Acaso te dejaron plantada, pequeña? ¿Necesitas un hombre que te ayude, linda?

Su voz grave hizo que un escalofrío recorriera la piel de Aradia.

Él avanzó, y ella retrocedió, hasta que tropezó y cayó sobre la cama.

Él quedó sobre ella, su presencia abrumadora y tentadora al mismo tiempo.

—¿Quién eres? —preguntó, su voz un hilo de temor y deseo mezclados.

Él sonrió con calma, como si conociera el efecto que tenía sobre ella. Entonces su teléfono sonó, y respondió con un gesto rápido:

—Don Mancini, ya está a salvo. Nos hemos encargado de esas personas.

—Bien, estén atentos a todo el edificio. Saldré pronto.

Colgó, guardó el arma y volvió su mirada hacia Aradia.

—Bien, cariño, diviértete… espero que tu novio llegue pronto.

El hombre iba a irse, miró la botella de vino y bebió un largo sorbo.

— Ciao, piccola.

Estaba a punto de irse, cuando ella, aún afectada por el afrodisíaco, levantó la mano y lo detuvo. Su voz era un hilo profundo que lo atrajo sin remedio:

—Espera… te necesito…

Él se detuvo, y la tensión que emanaba de su cuerpo la hizo parecer irresistible.

—¿Piccola donnina? ¿Sabes lo que me estás pidiendo?

Ella sonrió, acercándolo con un movimiento que mezclaba desafío y deseo, sus manos aferrándose a su cinturón.

—Te necesito… tengo mucho calor… ¿puedes… ayudarme?

De pronto, el hombre sintió un mareo, supo que lo habían drogado, miró la botella.

—¿Quién eres? ¿Me drogaste? —la tomó del brazo con fuerza, mirándola bien.

Ella hizo un puchero adorable, parecía tan frágil y seductora, él no pensó mucho porque esa droga le hizo sentir tal calor y deseo, que no pudo contenerse más.

Se inclinó, empujándola suavemente sobre la cama, su cuerpo cubriendo el de ella.

—¿Me quieres dentro?

—¡Por favor… mi amor!

Él sonrió, con un brillo de posesión en los ojos.

—Entonces, ¡eres mía!

Su beso fue intenso, ardiente, y las manos de él recorrieron su piel con hambre y precisión, encendiendo cada nervio.

Aradia, vencida por la mezcla de afrodisíaco y deseo, dejó que su cuerpo respondiera sin resistencia, entregándose por completo a aquel fuego exquisito que la consumía.

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