Capítulo 4 4
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ALYSSA
Es oficial: cenar fue una mala idea.
Ver a Uri masticar es extrañamente sensual. Hasta la forma en que toma su copa y hace girar con seguridad el líquido rojo rubí resulta sexy, de alguna manera.
Los tipos con los que salí tomaban Coors Light tibia y eructaban entre sorbo y sorbo. Comían Cheetos y cenas congeladas, no foie gras y salmón sellado.
Todo eso pone una cosa en un foco insoportablemente claro: estoy muy, muy fuera de mi elemento aquí.
No tengo idea de cómo hablarle o cómo tratar con un hombre como Uri. Es tan… adulto. Y tiene confianza. Y da miedo, aunque no puedo precisar exactamente por qué. Tal vez sean todos esos rumores sobre su reputación dando vueltas en mi cabeza.
Vínculos con la mafia y tipos malos cerrando tratos corruptos en cuartos traseros llenos de humo.
Cuerpos apilados sobre cuerpos, ejecuciones al estilo de bandas, huesos ensangrentados disolviéndose en cubas de ácido.
Y dinero. Dinero saliéndole por cada poro, por cada rincón y rendija.
Pero el hombre acaba de limpiarme la herida después de que me metí sin permiso en su propiedad. No puede ser tan malo, ¿no?
… ¿No?
El problema soy yo, sobre todo. Estoy demasiado consciente de su cercanía, de cómo me mira como si yo fuera la única persona que existe. Me pregunto si siquiera se da cuenta de lo que esa mirada suya le hace a la gente. Algo me dice que lo sabe muy, pero muy bien.
—Bueno, esto es…—busco las palabras a tientas—… no es como esperaba que terminara mi noche.
La comisura de la boca de Uri se mueve en esa sonrisa apenas insinuada.
—Podría decir lo mismo.
—Debes conocer a mucha gente interesante viviendo en un lugar como este. No llegan muchas chicas como yo sin avisar.—Suelto una risita autocrítica.
—Nadie como tú—subraya, simple.
Hay algo en su voz que hace que le sostenga la mirada. Hay más sinceridad de la que espero. Me desequilibra.
El momento se alarga, ninguno de los dos aparta los ojos. Al final, Uri se aclara la garganta.
—¿Quieres vino?
—No, gracias. La verdad no tomo vino.
—¿Entonces qué tomas?
—Agua, casi siempre.
Hace una mueca.
—Te daré la oportunidad de pensar en una respuesta mejor.
Me encojo de hombros.
—Derrochar un montón de dinero en alcohol caro nunca tuvo mucho sentido para mí. Prefiero gastar mi dinero en experiencias.
La mueca se le queda mientras me sirve una copa del mismo vino que está tomando. Devuelve la botella a la cubeta con hielo y me pasa la copa.
—Tomar un vino así es una experiencia. Primero un sorbo pequeño.
Tomo la copa y hago girar el contenido como lo vi hacer a él. Solo que mi giro no es ni de lejos igual de seguro o elegante. De hecho, casi termino pintando la mesa con un derrame torpe de vino. Espero que se burle de mí o que, como mínimo, me eche a patadas, pero solo sigue mirando sin decir una palabra.
—Bien, ok. Eh…—Es muy distractor lo fijamente que me observa—. Entonces doy un sorbo y luego… Los que toman vino a veces lo escupen, ¿no?
¿Está sonriendo? Sí. Dios mío. Eso es un arma letal. Entre eso y esa mirada, a este hombre deberían tenerlo en alguna lista de vigilancia del FBI.
—Me pareces el tipo de chica que se lo traga.
Me atraganto de inmediato con nada más que aire. El rubor se me extiende como un incendio, así que escondo la tos y el calor en las mejillas detrás de un sorbo. Es sedoso en la lengua. Afrutado, seco, delicioso.
—¿Bien? —pregunta él, divertido.
—Delicioso. —Pero eso quizá tenga más que ver con él que con el vino—. Está realmente bueno. Sabe caro.
Él sonríe de lado y se humedece los labios. —No me meto cualquier cosa en la boca.
Tiene que estar haciéndolo a propósito, ¿no? La forma en que sus ojos se deslizan por mi cara me hace cosquillear el cuerpo. Nunca había sido tan consciente de mis propias extremidades como ahora.
Sigo retorciéndome en el asiento, reconociendo un latido repentino e innegable entre las piernas. ¿Esto es lo que significa excitarse? Y así, sin más, vuelvo a sonrojarme al darme cuenta de que, de alguna manera, he pasado veinticinco malditos años creyendo que me estaba excitando cuando, claramente, no estaba ni en el mismo universo que esto.
Lo que es todavía más alarmante es el cambio brusco de actitud. Ha pasado de ser discretamente amenazante a descaradamente coqueto en cuestión de segundos. Tiene que haber una trampa en alguna parte. Ojalá pudiera ver más allá de esos labios tan besables para averiguar cuál es.
—Eres bueno en esto, ¿verdad?
Él alza las cejas. —¿Bueno en qué?
—En hacer que las mujeres se sientan incómodas.
Él sonríe. —Soy bueno en hacer que las mujeres sientan toda clase de cosas.
—Oh, seguro. Tienes muchísima experiencia, por lo que puedo ver. Esa puerta giratoria no se detiene nunca.
Ahora parece divertido. Tiene una ceja arqueada y su sonrisa se ha torcido hacia un lado. —Me has estado observando.
Reprimo otro rubor y, en vez de eso, pongo los ojos en blanco. —O sea, somos vecinos. También me he fijado en las rutinas de la señora Heidegger, así que no te creas. Y me gusta leer por las noches junto a mi ventana mientras tú acompañas a tus… ejem… «citas» hasta sus taxis.
Inquieta lo concentrado que está en mí. Creo que no ha apartado la mirada en los últimos minutos. —¿Más vino? —dice en lugar de responder a lo que dije.
Bajo la mirada y descubro que casi me he terminado la primera copa. ¿Cómo diablos pasó eso?
—Claro, ¿por qué no?
¿Por qué no? ¿¡Por qué no?! Tengo tantas razones saltándome en la cabeza que no sé en cuál enfocarme.
¿Qué tal el hecho de que emborracharme en la propiedad de este hombre está muy lejos de ser mi mejor idea? ¿Qué tal el hecho de que, cuanto más bebo, más me relajo y más me desinhibo? ¿Qué tal el hecho de que siempre me afecta el alcohol con muy poco y que este es el peor momento posible para estar alimentando todas las demás tentaciones peligrosas que se arremolinan en mis pensamientos?
Pero cuando me vuelve a llenar la copa, no lo detengo. Solo chocamos las copas y doy otro sorbo.
Esto es, me regaña la vocecita insistente en mi cabeza. Última copa y luego te llevas tu trasero con Garfield de vuelta a casa.
Me equivoqué en una cosa: no es la última copa.
Pero acerté en otra: fue una idea muy, muy mala quedarme aquí.
Termino bebiendo tres más antes de que por fin empiece a decir que no a más recargas. Apenas ahora empiezo a darme cuenta de que quizá este fue su plan desde el principio.
Atraer a la pobre vecinita incauta a la casa y atiborrarla de vino carísimo antes de ir a por la presa. Vaya si se lo he puesto fácil.
